A mí no me la suda que la gente no lea

El pasado domingo 1 de marzo, el diario El Nacional.cat publicaba una entrevista de Bernat Dedéu a Xavier Vidal, librero de la librería Nollegiu. Dicha librería es una de las más reputadas de la ciudad, y una de las librerías que mejor ejemplifica la búsqueda de ese nuevo modelo librero en el que las librerías ya no son sólo espacios donde vender libros, sino espacios donde “crear comunidad” (¿les suena esta idea de algo a los amigos bibliotecarios?).

Es una entrevista interesante, que refleja la agilidad intelectual y la pasión de Vidal… y también su capacidad para despertar polémica.

De hecho, el titular de la entrevista es llamativo a más no poder: “A mí, que la gente lea o no lea me la suda”. Así, tal cual. Sigue leyendo “A mí no me la suda que la gente no lea”

Manifiesto redneck, de Jim Goad

Manifiesto redneck

Simplificando, podríamos decir que hay dos grandes explicaciones sobre qué ha llevado a Donald Trump a la presidencia de EEUU.

La primera de ellas: millones de norteamericanos se han dejado engañar por la retórica de un farsante. Las noticias falsas (fake news) no habrían sido sino la expresión más burda de esta dinámica, que mostraría aquello de que la gente es muy capaz de votar en contra de sus propios intereses.

La segunda: la elección de Trump es el resultado de una respuesta, o más bien de un contraataque cultural por parte de un cierto sector de la sociedad estadounidense, que se han visto vilipendiados durante los últimos años. En concreto, hablamos de la clase media-baja blanca del país, y más en concreto de la clase media-baja de los estados del Sur, a menudo ridiculizados con el epíteto de rednecks.

El libro de Jim Goad Manifiesto redneck puede leerse en cierta manera como la profecía cumplida de esta segunda explicación. Sigue leyendo “Manifiesto redneck, de Jim Goad”

Nacionalismo banal, de Michael Billig

Nacionalismo banal

En apariencia contra pronóstico, el nacionalismo ha experimentado una notable vuelta a la escena política nacional e internacional. No son pocos los analistas que parecen haber sido cogidos por sorpresa por la tendencia: se acumulan los análisis para intentar dilucidar qué ha pasado, cómo es posible que la era en que la globalización parecía traer la promesa de un internacionalismo liberal hayamos visto renacer el nacionalismo, en ocasiones agresivo y excluyente.

Para Michael Billig en su obra Nacionalismo banal la respuesta es relativamente simple: el nacionalismo ha resurgido porque, en realidad, nunca se marchó. Sigue leyendo “Nacionalismo banal, de Michael Billig”

En defensa del abogado del diablo y del pensamiento matizado

Abogado del diablo

En lo que respecta al discurso público en sentido amplio, vivimos tiempos paradójicos. Y complejos.

Por una parte, la proliferación de las redes sociales vino acompañada de la promesa de crear una esfera pública en la que todo el mundo tuviera una voz, y en la que por tanto proliferarían las oportunidades para crear nuevo conocimiento, compartir datos e ideas, y dar visibilidad a personas y causas antes ausentes de los medios oficiales. Objetivos cumplidos, sin duda.

Por la otra, esas mismas redes sociales nos han dejado con fenómenos inquietantes. Por ejemplo, lo que se ha dado en llamar poscensura, esto es, los linchamientos digitales a los que periódicamente se somete a ciertos individuos por expresar públicamente ciertas opiniones en sus redes. O la proliferación de los trolls, que amparados en el anonimato que permiten las redes parecen campar a sus anchas para descreditar, desprestigiar, insultar y acosar.

A mí hay un fenómeno adicional que últimamente me preocupa: la falta de matices en el discurso. E incluso no tanto la falta de matices, como la aparente imposibilidad en la que a veces incurrimos de considerar que las cosas pueden no ser ni blancas ni negras. Sigue leyendo “En defensa del abogado del diablo y del pensamiento matizado”

Sobre la libertad en la elección del consumo cultural

La libertad es un concepto central para las sociedades liberales: libertad de culto, de creencia, de prensa, de asociación, y un largo etcétera. Por supuesto, ningún análisis mínimamente serio de lo que es una sociedad liberal debería quedarse ahí, en recordar lo obvio. Pero este escrito no es ese tipo de análisis serio, y para sus fines es más que suficiente que tengamos presente ese principio de libertad.

De lo que voy a hablar en este artículo es de, en mi opinión, una de las paradojas a las que son proclives las sociedades liberales con su énfasis en la libertad: una paradoja que tiene que ver con el consumo cultural, lo que éste implica y las actitudes de analistas, pensadores e incluso los mismos ciudadanos hacia el mismo.

Por una parte se considera que, en base a la libertad liberal, el público está legitimado a practicar el consumo cultural que mejor considere. Tanto si hablamos de ver fútbol, la llamada “telebasura” o fenómenos musicales o literarios hipermediáticos, el público es soberano. Un argumento para afianzar esa soberanía en el consumo es que las jerarquías entre lo que es el buen gusto o lo que es el mal gusto son ficticias. O más en concreto, son el producto de la dominación cultural, tal y como el sociólogo Pierre Bourdieu expresó en su influyente obra La Distinción.

Sólo por recordar muy rápidamente lo central de la idea de Bourdieu: quienes poseen los medios económicos, culturales y sociales suficientes son quienes, con su consumo, dictan lo que puede y debe considerarse como de buen gusto. Lo que queda fuera de esa esfera, la llamada cultura popular, se asimiló durante mucho tiempo a una cultura de menor calidad, sólo apta para un populacho no ilustrado. A su vez, el grueso del público acaba considerando como más legítimo el consumo de las élites, la “alta cultura”, porque las elites cuentan con los medios para acabar imponiendo su criterio estético. Como digo, es un rápido repaso que no hace justicia a la teoría de la distinción, pero para entendernos es más que suficiente.

Por tanto, si 1) la distinción alta / baja cultura es ficticia, un producto del prejuicio y de la dominación de clase; y 2) el público es libre de decidir qué consumo cultural ejercer; entonces se sigue que 3) todos los consumos culturales son igualmente válidos y deberían ser respetados sobre la base de la igualdad y de la libertad de elección.

Ésta es una postura paradójica desde dos puntos de vista.

Por una parte, desde una cierta crítica de la izquierda política se puede argumentar que la defensa de lo legítimo del consumo popular no es más que una especie de romantización de lo popular. Y es que hay expresiones culturales que pueden ser populares, pero que no por eso obtienen la aprobación de la crítica, de los intelectuales ni de buena parte del público: por ejemplo, las corridas de toros. Además, las industrias culturales podrían ejercer un notable control sobre cuáles son las expresiones culturales que llegan al gran público. Con esa función de filtro, la libertad para elegir queda limitada: en cierta manera, sólo podemos elegir entre un rango limitado de opciones, el que los responsables de las industrias consideran que pueden ser las más rentables, aquellas que más impacto pueden tener en el público. Y elegir sólo de entre un conjunto de opciones predefinido se parece poco a una elección libre.

Por otra parte, hay una idea que no está limitada a ninguna creencia política en particular, aunque de nuevo quizá la izquierda sea más sensible a la misma, según la cual una ciudadanía que se quiera considerar como tal es una ciudadanía informada. Se insiste en que los ciudadanos deben implicarse en la vida de sus sociedades por medio de un consumo informativo consciente, en especial en estos tiempos de difusión de noticias falsas y de posverdad. No obstante, ¿hasta qué punto es compatible esa insistencia con el ejercicio de la libertad en el consumo cultural?

Por poner un ejemplo irreal: supongamos que a partir de mañana el público decidiera limitar su consumo a leer la programación de televisión y a ver programas de telerrealidad. En base a la libertad de elección en cuanto al consumo, ¿no sería esta pauta un consumo igual de legítimo que cualquier otra? Por supuesto, siempre podríamos decir que sería un consumo con efectos negativos desde el punto de vista de una ciudadanía informada e implicada, pero desde el punto de vista de la supuesta legitimidad del consumo libre, por lógica del discurso habríamos de aceptar su legitimidad.

En nuestro escenario de ficción también podríamos argumentar que, en realidad, el público no está eligiendo libremente porque, tal y como habíamos comentado más arriba, sus opciones han sido limitadas por los guardianes de las industrias culturales. O quizá peor: esos guardianes podrían haber ejercido sofisticadas formas de ingeniería social para decantar el consumo del público hacia allí donde más les interesara.

La posibilidad de la manipulación puede ser real, aunque haría falta más que una sospecha para que dicha posibilidad fuera más allá del estatuto de teoría de la conspiración. Podríamos ver el problema de esta manera: ¿qué confirmaría que el público está siendo manipulado para elegir en contra de sus intereses?; ¿cuál sería la prueba que demostraría que el público está alienado en su capacidad de elegir, o que más bien está prefiriendo conscientemente esos productos (el teletodo, la telerrealidad, …) por encima de otros?

Las condiciones socioeconómicas de partida del público son muy importantes para entender las pautas de consumo cultural. No se presta atención a los mismos productos habiendo nacido en un barrio afortunado que en uno desfavorecido, entre otras cosas porque quizá el acceso a la educación, algo fundamental en el desarrollo del gusto y del aprecio por la cultura, no es el mismo en ambos entornos. Por ello, se hace bien en insistir en que la educación del público es fundamental para que se lleve a cabo la elección libre del consumo, y para tener una ciudadanía comprometida con un consumo informativo de calidad. Se abren bibliotecas, se invierte en museos, en centros cívicos, en casas de la cultura, …

Aun así, la realidad puede ser tozuda. Los espacios públicos dedicados a la cultura no siempre tienen por qué tener la excelente acogida entre el público que se les presupone (en especial si se presupone que el público está receptivo o incluso deseoso de un mayor acceso a las expresiones culturales). Lo cual, no seamos catastrofistas, no implica que esas iniciativas sean un fracaso o no cumplan su función, por supuesto que no. Pero, aun disponiendo de un amplio abanico de opciones para diversificar el consumo, podría suceder que el gran público, de una manera notable, prefiriese decantarse hacia ciertos tipos de consumo (repitamos lo de gran público: siempre habrá una distribución de público que se decante hacia un consumo fuera de lo más popular, aunque es probable que haciendo una analogía estadística el consumo en global corresponda a una distribución normal: unos valores de consumo elevados en unos productos populares que se situarían en el centro de la distribución).

Y entonces, ¿qué? ¿Se debería seguir insistiendo en que el problema es que el público no está lo suficientemente culturizado? ¿En que el problema está en que su consumo está siendo manipulado?

De hecho, puede ser más que probable que en algún momento tengamos que asumir que la elección del público es libre. Pensemos de nuevo en una pregunta que me parece pertinente y que planteaba más arriba: ¿en qué momento una sospecha plausible (la de que la elección del tipo de consumo cultural está constreñida y manipulada por las industrias culturales) se convierte más bien en una teoría de la conspiración incomprobable? Dicho de otra forma: ¿no sería posible que el público de verdad prefiriese un consumo cultural plano, sin aristas, acrítico y masivo, en lugar del sueño de los intelectuales de una ciudadanía crítica, activa y vigilante?

Si no cabe siquiera imaginar la posibilidad de que a pesar de nuestros esfuerzos, el público prefiera un consumo cultural acrítico, siempre se corre el riesgo de entrar en contradicción con el principio de la libertad de elección que se supone que rige en las sociedades liberales. Parafraseando la famosa expresión de Rousseau, forzar al público a ser culto podría ser una tentación muy real.

Una tentación bienintencionada y del todo comprensible. Bajo mi punto de vista, a pesar del énfasis de la libertad de elección, ésta puede ser incompatible con fines como los ya mencionados de una ciudadanía crítica, que parecen al menos necesarios en cierta medida para la existencia de una democracia sana (en qué medida exacta podría ser objeto de debate). Por poner otro ejemplo grueso: si alguien quiere estar bien informado sobre geopolítica y tomar decisiones en consecuencia, lo mejor que podría hacer es consumir expresiones culturales relacionadas (ensayos, reportajes de investigación, especiales informativos, …) en lugar de leer el último Premio Planeta.

Por supuesto que ambos extremos no son incompatibles. Repito que sólo es un ejemplo ficticio a modo de ilustración de un principio más general: el consumo cultural en cierta forma debería ir de acorde a los fines (sociales, individuales) perseguidos, y ello puede llegar a colisionar con la libertad en un sentido absoluto.

Y aquí tenemos una dura negociación: si optamos por la libertad de elección, una vez que ponemos al alcance del público los medios suficientes (bibliotecas, museos, …) todo consumo debería ser considerado legítimo, aunque eso entre en conflicto con otro tipo de valores superiores; y si optamos por la defensa de cierto tipo de valores superiores, entonces no todo consumo cultural podría ser equiparable de manera perfecta, sino que se podrían admitir matices y juicios de valor.

National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy, de Roger Eatwell y Matthew Goodwin

 

national-populism

Los populismos se han convertido en un desafio de primer orden para las democracias contemporáneas. Partidos y actitudes que se creían enterrados por el éxito del liberalismo han vuelto con fuerza a la palestra política de todo el mundo. ¿Cómo es posible? ¿Qué ha pasado para que los ciudadanos otorguen su confianza a Trump o al Brexit?

A esa pregunta es a lo que intenta responder el libro National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy, de Roger Eatwell y Matthew Goodwin (existe traducción al español, aunque la copia que manejo está en su original inglés). Y sus respuestas no van en la línea de los análisis más repetidos sobre el populismo. Sigue leyendo “National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy, de Roger Eatwell y Matthew Goodwin”

Por qué leer todavía

Por qué leer todavía: lectura, cultura, racionalidad es mi primer libro autoeditado en la plataforma de Amazon Kindle Direct Publishing. Por ello seguro que tiene las virtudes pero también los defectos de las primeras veces. En cualquier caso, es una satisfacción personal haberle podido dar forma y traerlo al mundo.

Es un libro breve, formado por una recopilación de artículos sobre el libro, la lectura y la cultura, escritos  en este último par de años. Todos los artículos han sido revisados y en algunos casos su contenido ha sido ampliado de forma notable.

Los escritos tratan aspectos diversos, siempre en el eje lectura – cultura: la posibilidad de prescribir cultura, la noción de buen y gusto, los límites de la crítica cultural, la relación entre genética y cultura,… Destaca en particular el artículo que da nombre a la colección: Por qué leer todavía, o por una nueva defensa de la lectura, en el que ensayo justo lo que título sugiere: una nueva defensa de la lectura en estos tiempos en los que parece que se ha impuesto cierto escepticismo en torno a los beneficios del acto lector.

La tabla de contenidos:

Por qué leer todavía, o por una nueva defensa de la lectura
Prescribir cultura: posible y necesario
Sobre la paradoja de la crítica al buen gusto
¿Deberíamos preocuparnos por una “brecha de lectura profunda”?
¿Leer ficción nos ayuda a aprender sobre el mundo?
¿Lo importante es que la gente lea?
Desacralicemos la cultura, pero no normalicemos la ignorancia
El conocimiento sigue estando en los libros
La falacia lógica del gusto, o ¿qué tienen de malo las historias Disney?
La lectura también es cuestión de genética
La rebelión contra los algoritmos y la vuelta del prescriptor
Leer “los Clásicos”: una pobre guía para la educación contemporánea
Leer mucho, leer bien, leer mejor
Acerca del autor

 

De momento, el libro está disponible en versión ebook. Lo podéis adquirir en Amazon al precio de 3 euros.

¿Por qué la gente odia la política?, de Ernesto Ganuza y Joan Font

No sé si se puede afirmar que la política ha sido alguna vez una actividad querida y respetada, pero si así lo ha sido sin duda que la época actual no parece un ejemplo de ello. La ciudadanía parece muy enfadada con la política y con los políticos, y motivos no faltan especialmente tras la manera en que se ha gestionado (muchos dirían en que no se ha gestionado) la enorme crisis económica de 2008.

Pero, ¿es cierto que a la ciudadanía ya no le interesa la política? ¿En qué se centra el descontento con los políticos y por qué? ¿Cuáles son las alternativas al sistema actual que reciben más apoyos?

Son algunas de las cuestiones que Ernesto Ganuza y Joan Font analizan en su libro ¿Por qué la gente odia la política?

por que la gente odia la politica

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La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé

Vivimos tiempos de reivindicaciones y polémicas protagonizadas por los más diversos colectivos. De hecho, el fenómeno ha adquirido tanta notoriedad que hace tiempo que ha recibido un nombre: política de la identidad.

La idea central del concepto es que los individuos han dejado de identificarse de forma principal con las grandes fuentes de sentido tradicional, como la religión o la clase social, para adscribirse a identidades cada vez más fragmentadas como la sexualidad o el sexo, la raza, las opciones de consumo alimentario,…

Varios analistas han señalado que el fenómeno es un peligro real para los intereses políticos de esas personas. Y es que la izquierda política siempre ha sacado buena parte de su fuerza de la identidad colectiva de la clase trabajadora. Por tanto si los individuos cada vez se identifican menos entre ellos, encerrados en sus identidades fragmentadas, la acción colectiva se torna cada vez más difícil e improbable.

Sin duda, la obra que más polémica ha levantado analizando la política de la identidad es La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé.

la trampa de la diversidad

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La superioridad moral de la izquierda, de Ignacio Sánchez-Cuenca

Una de las manifestaciones de la política que levanta más pasiones encontradas es la ideología, algo que puede entenderse de diversas maneras pero que a un nivel intuitivo podemos identificar como aquellos valores según los cuales las personas creen que debería conducirse la sociedad.

Las ideologías más notables suelen recibir las etiquetas de “izquierda” y “derecha”. Ambas suelen concentrar el grueso de las discusiones políticas, y protagonizan una especie de combate perpetuo por la hegemonía de sus planteamientos. Pero, ¿se puede decir que una de ellas es mejor en algún sentido absoluto que la otra?

El politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca parece tenerlo claro en una obra cuyo título deja bien claro el punto de partida: La superioridad moral de la izquierda.

la superioridad moral de la izquierda

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