La piedra en la que tropieza la prescripción bibliotecaria

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Club Editor es una de las editoriales más reputadas de Cataluña. Su línia editorial es una clara apuesta por la calidad de las obras, algo que se expresa a la perfección en su página web: “No somos aficionados a las líneas sino a las obras que vale la pena leer. Ni somos especialistas en best- sino en long-sellers. Nuestra divisa: el Tiempo es el único juez”. La editorial fue fundada por dos auténticos pesos pesados de las letras catalanas, Joan Sales y Xavier Benguerel, y en la actualidad está dirigida por la nieta de Sales, María Bohigas.

Bohigas es una activa figura en la vida cultural en torno al libro y a la literatura, y su actividad en ocasiones también está relacionada con el ámbito de las bibliotecas públicas. Y precisamente en torno a éstas gira un artículo que Bohigas publicó en su blog, uno de esos escritos que dan que pesar sobre el papel y las competencias actuales de los bibliotecarios.

El artículo lleva por título La gran insurreció dels clàssics demana asil a les biblioteques (La gran insurrención de los clásicos pide asilo en las bibliotecas). Me gustaría destacar algunos puntos de su escrito, que traduciré al castellano del original en catalán, porque me parecen dignos de ser comentados y considerados con atención. Tras ello añadiré un comentario personal.

Bohigas comienza su escrito destacando las diferencias en el plan de estudios entre la actual Facultad de Información y Documentación de Barcelona y la original Escola de Bibliotecàries:

[…] las personas destinadas hoy a trabajar en las bibliotecas públicas de Cataluña no reciben formación ni en ciencias, ni en artes, ni en lenguas con las que descubrir aquello que no se ha dado en la propia. Se les inculca un saber técnico relacionado con el almacenaje de ítems. Que los ítems sean libros, […] eso no tiene importancia, no incide en la formación, no implica la necesidad de una cultura.

Bohigas se pregunta si ese déficit formativo puede “iluminar” el hecho de que de la totalidad de los usuarios de las bibliotecas públicas de Cataluña, tan sólo un 8% consulte libros.

En el artículo también encontramos un reflexión poderosa sobre la vocación y la función social de los bibliotecarios actuales, comparada con la de las primeras bibliotecas populares en Cataluña:

[…] la vocación de las bibliotecas, ¿es responder a las demandas sociales y culturales de la ciudadanía, si es que podemos saber cuáles son? En todo caso, no creo que esta vocación tenga continuidad con la que inspiraba las bibliotecas populares de hace cien años, puestas al servicio no de un concepto comercial disfrazado de democrático (la demanda), sino de un cierta noción de cultura que tienen la misión de transmitir a la mayor parte posible de ciudadanos. El objetivo era educar, con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis).

Para la editora la situación de antaño es muy diferente a la de ahora. Ya no se pretende educar a las masas  sino “adiestrarlas”, un cambio que viene de la mano de la ideología de la adaptación a los cambios. Una ideología que se refleja en la educación, donde ya no se habla de cultura ni de conocimiento, sino de competencias básicas, pero que también se muestra en la biblioteca pública:

No puedo evitar un sentimiento de inquietud cuando leo, en una carta del Servicio de Bibliotecas, que “hay la necesidad de adquirir continuamente nuevos conocimientos y habilidades que nos permitan hacer frente a los cambios acelerados que estamos viviendo”. ¿Es que también en las bibliotecas tiene que producirse el drama? ¿También allí se liquidará la cultura como instrumento al servicio de la persona, y las personas se convertirán en instrumentos al servicio de una cosa a la que tanto podemos llamar sociedad como mercado?

En este panorama, María Bohigas defiende la importancia de las obras clásicas de la literatura, tal como si fuesen un medio idóneo para recuperar la reflexión de aquello que nos hace humanos:

Olvidemos los cambios y pensemos en un momento en todo aquello que no varía, por ejemplo, el abuso, la crueldad, la venganza como modus vivendi aceptado por la gran mayoría de los hombres. Todo esto es antiguo como el mundo y de todo esto tratan […] los “clásicos”, que no lo son porque alguien haya hecho una lista arbitraria sino porque hablan fundamentalmente de la especie humana, siempre idéntica a sí misma y nunca explorada del todo. Por eso los clásicos son la primera fuente en la que deberíamos beber si lo que queremos no es adquirir destrezas de mono amaestrado sino comprender alguna cosa.

Es aquí donde la editora realiza una conexión directa con la tarea bibliotecaria:

Una biblioteca necesida dos cosas sin las cuales haría falta cambiar el nombre: un fondo de libros nutrido por las diversas disciplinas intelectuales y no sujeto a la inmediatez sino a la perspectiva del tiempo, y un peronal capaz de guiar a los usuarios en su exploración de la cultura escrita.

Desafortunadamente, en su opinión no parecen cumplirse ninguno de los dos requisitos. En lo que respecta a los bibliotecarios ya hemos visto cómo para Bohigas la formación recibida queda muy lejos de la necesaria para llevar a cabo esa labor de guía. A pesar de ello, la editora ve una realidad más esperanzadora: la de aquellos bibliotecarios “que trabajan mucho más allá de lo que se les pide” y la de aquellos usuarios que “responden inmediatamente a sus propuestas”. Esa realidad se concreta de doble manera: por un lado, en los clubes de lectura, cuyo éxito para Bohigas “indica una necesidad de guía”; por otro, en el deseo de muchos bibliotecarios de poseer más conocimientos para guiarlos.

Si me he extendido al recoger ideas del artículo original, es porque como decía al inicio son unos párrafos que tocan varias fibras sensibles en la actualidad, tanto desde un punto de vista social amplio como en lo que refiere a la labor de los bibliotecarios. Es difícil no simpatizar con el enfoque social de Bohigas, al remarcar cómo la veneración del cambio se está convirtiendo en una centrifugadora que expulsa las reflexiones sobre las preocupaciones humanas más fundamentales, y con ellas a cada vez más personas a los márgenes de la sociedad.

Quizá podríamos debatir si los clásicos son de verdad la “primera fuente” a la que acudir si queremos “comprender alguna cosa”, o si ese papel podría cumplirlo mejor la literatura de no-ficción. Pero en esta entrada me interesa comentar las ideas en torno a los bibliotecarios.

Estoy convencido que los bibliotecarios, tal y como comenta Bohigas, poseemos un déficit en cuanto a conocimientos culturales, y en cuanto a cómo éstos se han plasmado en la cultura del libro (¡y no sólo del libro!). Creo que nos falta conocimiento del fondo, de sus principales temáticas y secciones. Y no sólo de los clásicos: también hay un desconocimiento de partes importantes de la colección de no-ficción. No podemos saber de todo, por lo que siempre hay que contar con las normales limitaciones en cuanto a tiempo e interés. Pero en mi opinión es muy importante que no se normalice esa ignorancia, que no se acepte alegremente que se puede desconocer casi todo de la colección, que no se vea como un problema personal y profesional a superar, y que por contra se le dé carta plena de ciudadanía.

En ese sentido es una buena notícia constatar cómo el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat ha puesto en marcha varias iniciativas notables para mejorar los conocimientos de los bibliotecarios, iniciativas recogidas recientemente por Carme Fenoll en la plataforma Núvol.

No obstante, y aunque repito que estoy convencido que mejorar los conocimientos culturales es algo imprescindible, durante los últimos tiempos he llegado a pensar que hay algunos problemas más profundos.

Es cierto que hay profesionales muy comprometidos con la mejora en los conocimientos, y con la labor de guía y prescripción. Pero creo que no es menos cierto que la mayoría de bibliotecarios se sienten extraordinariamente incómodos con la noción misma de “prescripción”, y ello quizá esté relacionado con la distancia generacional a la que Bohigas se refiere al inicio de su artículo.

Las generaciones más actuales de bibliotecarios hemos crecido intelectualmente en un ambiente social viciado por el postmodernismo: la idea de que las grandes narraciones que daban sentido a las sociedades se han acabado, de que la autoridad para decidir qué está bien o qué es la verdad se ha finiquitado, y que las opiniones personales, incluídas las que tienen que ver con el gusto cultural, son sagradas. Que el postmodernismo está lleno de agujeros teóricos, de inconsistencias y de banalidades es algo que se lleva denunciando desde la década de 1980, pero a pesar de ello su difusión social ha sido extraordinaria. Y sus efectos catastróficos: no hay más que recordar que el término “postverdad” ha sido una de las palabras clave del pasado 2016, y que ha sido ese fenómeno el que nos ha traído desgracias como la presidencia de Donald Trump.

Esa herencia postmoderna parece cristalizar en la repulsa atávica que muchos bibliotecarios sienten hacia la misma idea de “prescribir” o de “recomendar”. De hecho, una frase de Bohigas es del todo pertinente en este punto: el objetivo de las primeras bibliotecas populares era educar, “con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis)”. Es esa autoridad, y la percepción de que eso es equivalente al autoritarismo, lo que dificulta e impide una labor prescriptora plena.

Una prueba de ello sería que no se considere problemático que en una biblioteca pública, una institución que también está dedicada a la educación y al conocimiento, pueda haber materiales que contradigan abiertamente el consenso científico de maneras graves, descuidas o directamente falsas. Ello no es más que otro reflejo del postmodernismo, en su expresión de relativismo en cuanto al conocimiento: si, como dice el tópico, la verdad es relativa, ¿quiénes somos nosotros para pronunciarnos en ese respecto?

Por supuesto que los bibliotecarios no han de convertirse en árbitros del gusto público. Pero es que ése es el punto clave: entender que unas cosas no implican la otra. Es por eso por lo que creo que, además de reforzar el conocimiento cultural, es del todo necesario abordar discusiones más amplias, que son más de fondo. En concreto, se me ocurren algunas de esas cuestiones (sin un orden en particular):

Prescribir no implica “decirle a la gente lo que tiene que leer”

Prescribir no tiene nada que ver con la censura

Adquirir materiales en base a unas políticas de selección públicas no tiene nada que ver con la censura

Prescribir no implica una posición de poder ni de autoridad suprema por parte del bibliotecario

Prescribir no es una actividad en un sólo sentido: puede ser una conversación con los usuarios

Lo que importa a la hora de prescribir son las razones para ello, y no un argumento de autoridad

Y todo esto sin entrar a considerar o a valorar si los bibliotecarios creen o no que la prescripción es una tarea (una más) que puede ser vital para el futuro de las bibliotecas y del mismo perfil profesional de bibliotecario. Algo en lo que, de nuevo, tengo mis dudas.

Mientras no se aborden esas cuestiones, de una manera ponderada, razonable, sin dramatismos, y sin argumentos capciosos, los intentos de animar a los bibliotecarios a prescribir siempre acabarán tropezando en la misma piedra.

Imagen via Fundacio DRISSA

“La infoxicación” no existe

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El término infoxicación (o alguna de sus variantes) forma parte del léxico que se acostumbra a utilizar para describir el mundo de hoy. Se publica tal cantidad de información, se nos dice, que estamos saturados de ella y esa saturación se ve como un peligro siempre acechante para las diferentes esferas de nuestra vida, y como una nueva causa de ansiedad moderna.

Pero bien podría ser que hayamos estado dando demasiada importancia al concepto, y que sus supuestos efectos perniciosos no sean tan generalizados. Eso es lo que sugiere un estudio realizado en EEUU por Pew Research Center y publicado en su página web el 7 de diciembre de este 2016, al que he llegado gracias a Natalia Arroyo. Leer más ““La infoxicación” no existe”

Amazon Go y el “análisis” de Enrique Dans

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Hace unos pocos días Amazon volvió a dejar a mucha gente con la boca abierta gracias al lanzamiento de su proyecto Amazon Go, el intento de la empresa de desembarcar en el negocio del comercio de la alimentación. Para no pocos analistas, la sorpresa está teñida de preocupación: Amazon Go sería un servicio fundamentado en alta tecnología que promete eliminar las cajas y las colas, y con ellas los empleos de las personas que ocupan las cajas.

Como es natural, la iniciativa ha espoleado numerosos artículos en medios de diversa índole. De entre ellos me ha sorprendido el escrito por Enrique Dans, y me ha sorprendido para mal.

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Solucionismo tecnológico contra las bibliotecas

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La situación de las bibliotecas públicas en el Reino Unido sigue siendo trágica, y sigue dando que hablar. Y mucho.

Hace unos días el ayuntamiento de la localidad de Walsall lanzaba la propuesta de cerrar 15 de sus 16 bibliotecas públicas (además de su galería de arte). Es una propuesta así que de momento no hay nada en firme, pero ahí está, sobre la mesa.

Es otro ejemplo de que las bibliotecas están en el punto de mira de mucha gente, pero la noticia más llamativa al respecto de la crisis la publicaba The Guardian este 27 de octubre. Según su artículo, una organización benéfica que apuesta por la inclusión digital, The Tinder Foundation (nada que ver con la app de citas), ha declarado sin reparos que algunas bibliotecas merecen ser cerradas. Y lo hace pocos días después de que se celebrase un debate en el parlamento inglés sobre la situación de las bibliotecas de la nación. Leer más “Solucionismo tecnológico contra las bibliotecas”

Ni Sci-Hub es una biblioteca, ni un bot un bibliotecario

Funny robot sit with headphones

Hace unos días que di con un articulo del que me había quedado con ganas de comentar un par de ideas. Al fin he encontrado un poquito de tiempo e inspiración, así que vamos allá…

El artículo en cuestión fue publicado el 16 de mayo de 2016 por la popular página de tecnología Xataka Móvil. El texto, escrito por el redactor Samuel F., se titula: SciHubBot, el bot de Telegram conectado a Sci-Hub, la biblioteca científica alternativa.

Es un buen texto, y reseña una herramienta curiosa: SciHubBot, un bot que permite buscar artículos en la web Sci-Hub. Como digo, el artículo me parece útil e informativo, pero hay un par de detalles nada menores que me hicieron frotarme los ojos.

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Leer en digital reduce la comprensión general del texto

Parece inevitable que cada cierto tiempo aparezca un estudio que compare algún aspecto relacionado con la lectura entre papel y formato digital. Un nuevo estudio, presentado en la conferencia Computer Human Interaction (CHI) 2016, y también arroja datos polémicos.

Según los autores, Geoff Kaufman y Mary Flanagan, leer en digital reduce la comprensión abstracta y general del texto; por contra, mejora el recuerdo de detalles concretos. Leer más “Leer en digital reduce la comprensión general del texto”

Piratería digital: ¿razones débiles, consecuencias fuertes?

Mucho se está hablando estos días sobre Sci-Hub, el mayor sitio pirata de descarga de artículos académicos. En ars technica y en Big Think podéis encontrar un par de estupendos artículos nos ofrecen un retrato de su fundadora, Alexandra Elbakyan, de qué es Sci-Hub y de las motivaciones que la llevaron a crearlo.

Sci-Hub es un ingenioso método automático para descargar directamente de las páginas web de las principales editoriales científicas miles de artículos. Especialmente perjudicada ha resultado la editora Elsevier, que ha interpuesto una demanda a Sci-Hub alegando daños irreparables de miles y miles de dólares. Puesto que Elbakyan no es ciudadana estadounidense, no está claro hasta qué punto ha de temer a la demanda de Elsevier. De todas maneras, como explican en Big Think, Elbakyan remitió una carta al juez del proceso defendiendo sus actos con argumentos éticos.

Como estudiante en la Universidad de su natal Kazajistán, Elbakyan no podía permitirse el pagar los 32 dólares que suelen costar los artículos académicos para llevar a cabo su investigación. Una situación en la que se encuentran miles de jóvenes estudiantes de todo el mundo, especialmente de los países en vías de desarrollo. Así pues, Elbakyan creó Sci-Hub, lo que ha permitido a todos esos estudiantes un acceso rápido, fácil y gratuito a miles de preciados artículos científicos.

Las motivaciones de Elbakyan encajan a la perfección con las reivindicaciones del movimiento Open Access en la ciencia. Los resultados de la ciencia, dicen, deberían estar disponibles para todo aquel científico que los necesitara porque la ciencia es una empresa común, de la que potencialmente pueden beneficiarse millones de personas. Es injusto que las editoriales impidan el acceso a los resultados de las investigaciones tras muros de suscripción que están fuera del alcance de miles de investigadores. Por si fuera poco, se insiste, los trabajos pasan a ser propiedad de las editoras, por lo que los investigadores dejan de poseer los derechos sobre su propio trabajo. En otras palabras, es como si las editoriales se lucraran con el esfuerzo de otros. No es de extrañar que Elbakyan haya sido comparada con Aaron Schwartz, otro célebre pirata defensor del conocimiento abierto, que tuvo un trágico final.

El éxito aplastante de Sci-Hub queda reflejado en una investigación de Science, en la que la publicación, gracias a un trabajo conjunto con la propia Elbakyan, nos muestra un mapa con las zonas del mundo de mayor actividad de uso de la plataforma pirata.

Imagen de Science Magazine

El caso de Sci-Hub es muy relevante por el ámbito afectado, los artículos científicos. Pero la creación de Elbakyan es otro eslabón en esa cadena que no parece tener fin que es la piratería digital. Y es que todos parecemos tener buenos motivos para producir, consumir o difundir contenidos piratas. Aunque quizá no sean tan buenos como pensamos.

Hace unos años, el psicólogo Dan Ariely publicaba su libro The Honest Truth About Dishonesty. Según Ariely, tendemos a pensar que las personas mentidos en base a un cálculo racional basado en tres factores: 1) el posible beneficio; 2) la posibilidad de que nos descubran; 3) el posible castigo. No obstante, a lo largo de su obra Ariely muestra que las personas solemos mentir no en base a un cálculo racional, sino gracias a nuestra capacidad de racionalizar: queremos aprovecharnos de la deshonestidad, pero al mismo tiempo queremos considerarnos personas honestas. Y esa capacidad de seguir viéndonos con buenos ojos, aunque hayamos mentido, está afectada por factores como el cansancio, los conflictos de interés, el entorno y cómo nos relacionamos con él, el recordatorio de códigos de conducta,… En fin, una multitud de factores que poco tienen que ver con el cálculo racional.

Para Ariely, el fenómeno de la racionalización se encuentra en la base del fenómeno de la piratería digital.  Una vez que comenzamos a consumir contenidos piratas, nos vamos deslizando por una pendiente de racionalizaciones en la que tendemos a disculpar cada vez más nuestro comportamiento, argumentando que otras personas también lo hacen, y asumiendo cada vez más esa parte poco ética de nuestra naturaleza (por decirlo así).

Como podemos leer en un post de Blaze International, las racionalizaciones están a la orden del día en la piratería digital:

[…] los estudios cobran demasiado, es difícil encontrar contenido legal, sólo descargo grandes producciones que harán un montón de dinero de todas maneras, el contenido libre beneficia a los artistas porque sirve para promover su obra, y etcétera. Estos tipos de racionalizaciones explican en buena parte por qué personas ordinarias, ciudadanos respetuosos de la ley (y probablemente personas buenas y generosas) violan consistentemente la ley en lo que a descargas se refiere.

[…] the studios charge too much, it’s too hard to find content legally, I only download big productions that will make a lot of money anyway, free content benefits artists because it promotes their work, and so on. These types of rationalisations go a long way to explaining why ordinary, law abiding (and probably good natured and generous) citizens consistently break the law when it comes to downloading.

En el caso de Sci-Hub, los datos aportados por Science parecen corroborar el fenómeno de las racionalizaciones. Así, aunque uno de los argumentos que más se utiliza para defender a Sci-Hub es el que tiene que ver con las limitaciones de acceso de los países emergentes, lo cierto es que los datos muestran una dinámica interesante:

[…] los usuarios de Sci-Hub no están limitados al mundo en desarrollo. Algunos críticos han lamentado que muchos usuarios pueden accede a los mismos artículos a través de sus bibliotecas pero en lugar de ello acuden a Sci-Hub: por conveniencia más que por necesidad. Los datos ofrecen algo de apoyo a esta idea. Los EEUU es el quinto mayor país en descargas por detrás de Rusia, y un cuarto de las peticiones a Sci-Hub vienen de 34 miembros de la Organization for Economic Cooperation and Development, las naciones más ricas con, supuestamente, los mejores accesos a publicaciones. De hecho, algunos de los usos más intensos de Sci-Hub parecen estar teniendo lugar en los campus de universidades de EEUU y Europa.

[…] Sci-Hub users are not limited to the developing world. Some critics of Sci-Hub have complained that many users can access the same papers through their libraries but turn to Sci-Hub instead—for convenience rather than necessity. The data provide some support for that claim. The United States is the fifth largest downloader after Russia, and a quarter of the Sci-Hub requests for papers came from the 34 members of the Organization for Economic Cooperation and Development, the wealthiest nations with, supposedly, the best journal access. In fact, some of the most intense use of Sci-Hub appears to be happening on the campuses of U.S. and European universities.

Aparte del interesante apunte sobre las motivaciones, el párrafo de arriba es un claro toque de atención a las bibliotecas universitarias: parece que sus plataformas de acceso a las publicaciones científicas no son del agrado de los universitarios, que prefieren métodos más simples de acceso. Algo que también remarca Kalev Leetaru en Forbes:

El alto coste de acceso a las publicaciones y las engorrosas y complejas interfaces que las bibliotecas proporcionan a sus suscripciones, ha alimentado a un movimiento alternativo de piratería de literatura académica. […] Tras pasar más de una década y media en la academia en múltiples instituciones tanto múltiples como privadas, puedo atestiguar lo difícil que puede ser navegar por los portales universitarios para localizar un artículo en concreto.

The high cost of journal access and the cumbersome and complex interfaces that libraries provide to their subscription holdings, has fed an underground movement to pirate academic literature. […] Having spent more than a decade and a half in academia at multiple institutions from public to private, I can personally attest to just how difficult it can be to navigate library portal systems to locate a particular paper.

Las racionalizaciones no sólo tienen que ver con el uso de Sci-Hub, claro. Por ejemplo, el diario ABC recogía las conclusiones del estudio sobre piratería digital en España en 2014, resaltando en un párrafo los motivos para la piratería:

Uno de cada dos consumidores que acceden a contenidos ilegales lo justifica argumentando: «Ya pago mi conexión a internet». Además, entre los motivos expuestos destacan la «rapidez y facilidad de acceso» (46 %), «no pago por un contenido que posiblemente luego no me guste» (39 %), «no estoy haciendo daño a nadie» (19 %) y «no hay consecuencias legales para el que piratea, no pasa nada» (19 %).

En cuanto a la música, uno de los sectores más castigados por la piratería, Emilio de Gorgot escribía en JotDown:

La actitud del público es algo sobre lo que la industria musical ya no se engaña. No esperan un gasto destinado a apoyar un bien cultural. Ni siquiera en directo. […] si la gente puede evitar pagar por la música, aunque para ello haya de perjudicar los intereses de la industria y de los propios músicos, lo hará.

Eso no quiere decir que no haya buenas razones detrás de movimientos como los del Open Access, compartidas por piratas como Elbakyan: ¿quién podría negar el bien que para mucha gente podría suponer el acceso abierto a los resultados de miles de investigaciones? Pero incluso aquí puede haber disputa. Y es que como escribe Marcia McNutt en Science, el uso de Sci-Hub puede provocar daños de tipos diversos: colaterales, porque se pierden datos estadísticos valiosos sobre el uso de artículos (tanto para los investigadores como para las bibliotecas); y directos, porque las publicaciones tienen costos reales de un amplio tipo (desde revisores, hasta editores, pasando por ilustradores y comunicadores científicos).

Aunque suene a monserga oficialista, la piratería tiene costes reales. En el caso de las bibliotecas, McNutt señala la pérdida de estadísticas valiosas en el caso de Sci-Hub. Para otro tipo de bibliotecas, las públicas, la piratería también es un gran problema: el libro electrónico parece ser responsable de una pérdida notable de usuarios de las bibliotecas, pero no el libro que se compra, sino el que se piratea (el diario El Periódico señala que la proporción es 1 libro comprado, 7 pirateados). Mientras los lectores consiguen sus materiales piratas las bibliotecas, esas costosas y formidables instituciones pagadas con el dinero público y pensadas para el bien público, van languideciendo poco a poco.

La piratería digital tiene difícil solución, aunque quizá el mecanismo de las racionalizaciones de Ariely ofrezca alguna luz para aquellas personas que le quieren poner coto. Eso es lo que se defiende en el artículo de Blaze International, y también lo que defiende un artículo de Plagiarism Today: un atisbo de solución podría ser hacer pedagogía del concepto “integridad de contenido” (content integrity), es decir: explicar por qué el contenido creado es importante, cuáles son los daños provocados por su plagio / piratería y no criminalizar a la inmensa mayoría de ciudadanos, por lo demás honrados y respetables, que consumen contenidos piratas.

 

Como apuntaba arriba, no se trata de demonizar a nadie. Todos los que somos internautas intensivos nos beneficiamos de alguna manera del contenido pirata. Quizá de lo que sí se trataría es de revisar nuestros motivos para consumir contenidos piratas, y de tener bien claras las posibles consecuencias de nuestros actos (para creadores e instituciones varias, como las bibliotecas), y si hay vías alternativas de comportamiento. Quizá.