La “crítica a la crítica” y la prescripción bibliotecaria

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El siempre incisivo Esteban Hernández publicaba hoy día 31 de agosto un interesante artículo en El Confidencial con el que, como suelo hacer a veces, voy a trazar un paralelismo con una cuestión bibliotecaria.

El artículo de Hernández lleva por título Los nuevos reaccionarios: cómo han conseguido eliminar toda crítica, y la cuestión bibliotecaria a la que me gustaría hacer referencia es la prescripción cultural. Leer más “La “crítica a la crítica” y la prescripción bibliotecaria”

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Respetar al público, o ¿habría que darle a la gente sólo lo que quiere leer?

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“Las bibliotecas deben darle a sus usuarios aquello que quieren”; “Hay que satisfacer las demandas de los usuarios”; “Los bibliotecarios no somos quien para juzgar el consumo cultural de los usuarios”;… Son ideas recurrentes que suelen aparecer en la también recurrente cuestión de si las bibliotecas han de formar sus fondos con los documentos que demanden (o parezcan hacerlo) los usuarios o si han de apostar por algo más. Es decir: el problema de si hay que privilegiar la demanda sobre la calidad.

Me he tropezado con un interesante artículo de hace ya unos años de Bob Usherwood, profesor emérito de la University of Sheffield que trata sobre este dilema. En realidad, la postura de Usherwood es bien clara (una postura que desarrolla en extenso en su libro Equity and Excellence in the Public Library: Why Ignorance is Not our Heritage), y vale la pena recoger aquí algunos fragmentos que hablan por sí solos (los fragmentos son una traducción propia del original inglés). Leer más “Respetar al público, o ¿habría que darle a la gente sólo lo que quiere leer?”

El papel insuficiente de las bibliotecas en el Plan de Fomento de la Lectura 


​El nuevo Plan de Fomento de la Lectura del Ministerio de Cultura del Gobierno de España está, como aquel que dice, recién salido del horno. Tiempo habrá, pues, para analizar la utilidad o lo acertado de sus propuestas, así como su grado de éxito en esa compleja tarea que es “fomentar la lectura”.

De todas maneras, me gustaría hacer un par de reflexiones rápidas sobre unos aspectos del Plan que me han llamado la atención.

La primera de ellas me la ha quitado de la boca (virtual) Txetxu Barandiarán con un artículo de su blog titulado Las lecturas y la vida. Quizás mejor en singular. En su entrada Txetxu nos habla sobre la imagen y el lema del Plan, que reza “Leer te da vidas extras”. Ante esa supuesta pluraridad de vidas que, según el Ministerio, parece ofrecernos la lectura, Txetxu comenta que más acertado sería remarcar cómo la lectura afecta a la propia vida, cómo ésta enriquece nuestra experiencia vital al proporcionarnos nuevas experiencias y sentimientos, sin por ello tener que “renunciar a la misma o tener que buscarla en otros”. 

En alguna conversación informal con buenos amigos he mantenido algo muy parecido a esto que escribe Txetxu:

¿No hay con ese mensaje [Leer te da vidas extras] una invitación implícita a reconocer que la vida real que cada uno está viviendo no merece la pena y hay que buscar fuera de uno mismo algo que le dé sentido o vidilla?

El lema de la campaña es muy parecido a esos memes con los que a veces los bibliotecarios tratan de difundir por las redes el valor de la lectura. 

Es un dinámica que responde a la eterna identificación de “leer” con “leer novelas”. Nada en contra de leer novelas, pero como comenta Txetxu no estaría de más ni que sea de vez en cuando evocar un discurso en el que lo principal de la lectura no sea el escapismo. La lectura sirve para eso, sin duda, pero no sólo para eso: sus otras vertientes, la de la reflexión, el autoexamen, el pensamiento, son tanto o más lícitas que el entretenimiento, e igual o más necesarias en los tiempos que vivimos.

La segunda reflexión viene a cuento de la atención que el Plan dedica a las bibliotecas. Para éstas, el Plan centra sus líneas de actuación en “la difusión del servicio de biblioteca pública” y la “mejora del acceso a la lectura a través de bibliotecas”.

Me parece curioso que el Plan dedique a las librerías unas líneas de actuación que en principio caen plenamente dentro del ámbito de las bibliotecas, a saber:

[…] las librerías centren parte de sus esfuerzos en la prescripción de libros y en el desarrollo de actividades de dinamización cultural dentro de sus comunidades.

No pretendo decir que con ello se esté pisando las competencias de las bibliotecas, y que éstas deberían encargarse en exclusiva de la prescripción y de la dinamización cultural. Al contrario: creo que el que cada vez más librerías apuesten por esas tareas es algo que potencialmente nos beneficia a todos, seamos lectores o profesionales relacionados con la lectura.

Lo que me da que pensar es que esas actuaciones no se incluyan también en el ámbito de las bibliotecas. ¿Es quizá porque se da por supuesto que ya se hacen? Puede que sí, pero quizá sería buena idea enfatizarlas. Un artículo Peio Riaño en El Español me servirá para argumentarlo.

Comenta Riaño que aunque se espera que se incremente el presupuesto para la compra de libros para las bibliotecas públicas del Estado, en realidad nadie sabe todavía de qué cantidad se está hablando, ni siquiera el propio Ministro. Aun así esa promesa de incremento ha sido bien recibida, como era de esperar, después de unos años de completa sequía. Riaño recoge las declaraciones al respecto de Juancho Pons, presidente de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías:

Hay que volver a dotalas [a las bibliotecas] con novedades. Necesitan presupuesto y necesitamos que estén a rebosar. Las bibliotecas necesitan actualizar sus fondos, porque en los últimos años no han tenido esa oportunidad. Estamos esperanzados, pero no tenemos ninguna partida prometida.

Sin duda que las bibliotecas necesitan “renovar sus fondos”, pero la compra de novedades no tiene necesariamente que ver con el fomento de la lectura, y ello por dos motivos.

El primero es un motivo práctico. Es obvio que gran parte del público acude a la biblioteca para obtener la última novela de moda, y por tanto hay que hacer lo posible para satisfacer esas demandas. Pero pasado el tiempo de la moda, las bibliotecas quedan con un stock global de obras con una circulación baja (salvo las obras más afortunadas y que, por lo que sea, resisten el paso del tiempo). Si lo que se quiere es que las bibliotecas, además de satisfacer las novedades, sean sostenibles en el tiempo es necesario repensar en formas de poner en circulación esos fondos, de incitar a su consulta y de despertar la curiosidad hacia ellos. Es decir, es necesario repensar en la necesidad de prescribir.

El segundo motivo es más de principios, por llamarlo así. Para animar a la lectura las novedades editoriales son un añadido, pero mal vamos si consideramos que son el fin en sí mismo. Las bibliotecas no sólo tienen la misión de ofrecer novedades editoriales a sus usuarios, sino de fomentar cosas como la educación, la cultura, el patrimonio artístico y científico. Y para ello las novedades no son imprescindibles (aunque sí muy necesarias, claro está). Para conseguir esas misiones nos volvemos a encontrar con la prescripción: es difícil fomentar la educación y la cultura si no se apuesta activamente por difundir los fondos, sean en el formato que sean, y más importante aún, si no se apuesta por divulgar las ideas que contienen.

Sobre el futuro de las bibliotecas: ¿un largo rodeo?

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Ya se han cumplido 10 años desde que comencé mis estudios en Biblioteconomía y Documentación (cuando todavía se llamaban así) en la Universidad de Barcelona. Aparte de hacerme sentir viejo, es un tiempo que me viene a la memoria con frecuencia en este presente al leer lo que se dice sobre el futuro de la biblioteca pública. Leer más “Sobre el futuro de las bibliotecas: ¿un largo rodeo?”

La piedra en la que tropieza la prescripción bibliotecaria

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Club Editor es una de las editoriales más reputadas de Cataluña. Su línia editorial es una clara apuesta por la calidad de las obras, algo que se expresa a la perfección en su página web: “No somos aficionados a las líneas sino a las obras que vale la pena leer. Ni somos especialistas en best- sino en long-sellers. Nuestra divisa: el Tiempo es el único juez”. La editorial fue fundada por dos auténticos pesos pesados de las letras catalanas, Joan Sales y Xavier Benguerel, y en la actualidad está dirigida por la nieta de Sales, María Bohigas.

Bohigas es una activa figura en la vida cultural en torno al libro y a la literatura, y su actividad en ocasiones también está relacionada con el ámbito de las bibliotecas públicas. Y precisamente en torno a éstas gira un artículo que Bohigas publicó en su blog, uno de esos escritos que dan que pesar sobre el papel y las competencias actuales de los bibliotecarios.

El artículo lleva por título La gran insurreció dels clàssics demana asil a les biblioteques (La gran insurrención de los clásicos pide asilo en las bibliotecas). Me gustaría destacar algunos puntos de su escrito, que traduciré al castellano del original en catalán, porque me parecen dignos de ser comentados y considerados con atención. Tras ello añadiré un comentario personal.

Bohigas comienza su escrito destacando las diferencias en el plan de estudios entre la actual Facultad de Información y Documentación de Barcelona y la original Escola de Bibliotecàries:

[…] las personas destinadas hoy a trabajar en las bibliotecas públicas de Cataluña no reciben formación ni en ciencias, ni en artes, ni en lenguas con las que descubrir aquello que no se ha dado en la propia. Se les inculca un saber técnico relacionado con el almacenaje de ítems. Que los ítems sean libros, […] eso no tiene importancia, no incide en la formación, no implica la necesidad de una cultura.

Bohigas se pregunta si ese déficit formativo puede “iluminar” el hecho de que de la totalidad de los usuarios de las bibliotecas públicas de Cataluña, tan sólo un 8% consulte libros.

En el artículo también encontramos un reflexión poderosa sobre la vocación y la función social de los bibliotecarios actuales, comparada con la de las primeras bibliotecas populares en Cataluña:

[…] la vocación de las bibliotecas, ¿es responder a las demandas sociales y culturales de la ciudadanía, si es que podemos saber cuáles son? En todo caso, no creo que esta vocación tenga continuidad con la que inspiraba las bibliotecas populares de hace cien años, puestas al servicio no de un concepto comercial disfrazado de democrático (la demanda), sino de un cierta noción de cultura que tienen la misión de transmitir a la mayor parte posible de ciudadanos. El objetivo era educar, con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis).

Para la editora la situación de antaño es muy diferente a la de ahora. Ya no se pretende educar a las masas  sino “adiestrarlas”, un cambio que viene de la mano de la ideología de la adaptación a los cambios. Una ideología que se refleja en la educación, donde ya no se habla de cultura ni de conocimiento, sino de competencias básicas, pero que también se muestra en la biblioteca pública:

No puedo evitar un sentimiento de inquietud cuando leo, en una carta del Servicio de Bibliotecas, que “hay la necesidad de adquirir continuamente nuevos conocimientos y habilidades que nos permitan hacer frente a los cambios acelerados que estamos viviendo”. ¿Es que también en las bibliotecas tiene que producirse el drama? ¿También allí se liquidará la cultura como instrumento al servicio de la persona, y las personas se convertirán en instrumentos al servicio de una cosa a la que tanto podemos llamar sociedad como mercado?

En este panorama, María Bohigas defiende la importancia de las obras clásicas de la literatura, tal como si fuesen un medio idóneo para recuperar la reflexión de aquello que nos hace humanos:

Olvidemos los cambios y pensemos en un momento en todo aquello que no varía, por ejemplo, el abuso, la crueldad, la venganza como modus vivendi aceptado por la gran mayoría de los hombres. Todo esto es antiguo como el mundo y de todo esto tratan […] los “clásicos”, que no lo son porque alguien haya hecho una lista arbitraria sino porque hablan fundamentalmente de la especie humana, siempre idéntica a sí misma y nunca explorada del todo. Por eso los clásicos son la primera fuente en la que deberíamos beber si lo que queremos no es adquirir destrezas de mono amaestrado sino comprender alguna cosa.

Es aquí donde la editora realiza una conexión directa con la tarea bibliotecaria:

Una biblioteca necesida dos cosas sin las cuales haría falta cambiar el nombre: un fondo de libros nutrido por las diversas disciplinas intelectuales y no sujeto a la inmediatez sino a la perspectiva del tiempo, y un peronal capaz de guiar a los usuarios en su exploración de la cultura escrita.

Desafortunadamente, en su opinión no parecen cumplirse ninguno de los dos requisitos. En lo que respecta a los bibliotecarios ya hemos visto cómo para Bohigas la formación recibida queda muy lejos de la necesaria para llevar a cabo esa labor de guía. A pesar de ello, la editora ve una realidad más esperanzadora: la de aquellos bibliotecarios “que trabajan mucho más allá de lo que se les pide” y la de aquellos usuarios que “responden inmediatamente a sus propuestas”. Esa realidad se concreta de doble manera: por un lado, en los clubes de lectura, cuyo éxito para Bohigas “indica una necesidad de guía”; por otro, en el deseo de muchos bibliotecarios de poseer más conocimientos para guiarlos.

Si me he extendido al recoger ideas del artículo original, es porque como decía al inicio son unos párrafos que tocan varias fibras sensibles en la actualidad, tanto desde un punto de vista social amplio como en lo que refiere a la labor de los bibliotecarios. Es difícil no simpatizar con el enfoque social de Bohigas, al remarcar cómo la veneración del cambio se está convirtiendo en una centrifugadora que expulsa las reflexiones sobre las preocupaciones humanas más fundamentales, y con ellas a cada vez más personas a los márgenes de la sociedad.

Quizá podríamos debatir si los clásicos son de verdad la “primera fuente” a la que acudir si queremos “comprender alguna cosa”, o si ese papel podría cumplirlo mejor la literatura de no-ficción. Pero en esta entrada me interesa comentar las ideas en torno a los bibliotecarios.

Estoy convencido que los bibliotecarios, tal y como comenta Bohigas, poseemos un déficit en cuanto a conocimientos culturales, y en cuanto a cómo éstos se han plasmado en la cultura del libro (¡y no sólo del libro!). Creo que nos falta conocimiento del fondo, de sus principales temáticas y secciones. Y no sólo de los clásicos: también hay un desconocimiento de partes importantes de la colección de no-ficción. No podemos saber de todo, por lo que siempre hay que contar con las normales limitaciones en cuanto a tiempo e interés. Pero en mi opinión es muy importante que no se normalice esa ignorancia, que no se acepte alegremente que se puede desconocer casi todo de la colección, que no se vea como un problema personal y profesional a superar, y que por contra se le dé carta plena de ciudadanía.

En ese sentido es una buena notícia constatar cómo el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat ha puesto en marcha varias iniciativas notables para mejorar los conocimientos de los bibliotecarios, iniciativas recogidas recientemente por Carme Fenoll en la plataforma Núvol.

No obstante, y aunque repito que estoy convencido que mejorar los conocimientos culturales es algo imprescindible, durante los últimos tiempos he llegado a pensar que hay algunos problemas más profundos.

Es cierto que hay profesionales muy comprometidos con la mejora en los conocimientos, y con la labor de guía y prescripción. Pero creo que no es menos cierto que la mayoría de bibliotecarios se sienten extraordinariamente incómodos con la noción misma de “prescripción”, y ello quizá esté relacionado con la distancia generacional a la que Bohigas se refiere al inicio de su artículo.

Las generaciones más actuales de bibliotecarios hemos crecido intelectualmente en un ambiente social viciado por el postmodernismo: la idea de que las grandes narraciones que daban sentido a las sociedades se han acabado, de que la autoridad para decidir qué está bien o qué es la verdad se ha finiquitado, y que las opiniones personales, incluídas las que tienen que ver con el gusto cultural, son sagradas. Que el postmodernismo está lleno de agujeros teóricos, de inconsistencias y de banalidades es algo que se lleva denunciando desde la década de 1980, pero a pesar de ello su difusión social ha sido extraordinaria. Y sus efectos catastróficos: no hay más que recordar que el término “postverdad” ha sido una de las palabras clave del pasado 2016, y que ha sido ese fenómeno el que nos ha traído desgracias como la presidencia de Donald Trump.

Esa herencia postmoderna parece cristalizar en la repulsa atávica que muchos bibliotecarios sienten hacia la misma idea de “prescribir” o de “recomendar”. De hecho, una frase de Bohigas es del todo pertinente en este punto: el objetivo de las primeras bibliotecas populares era educar, “con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis)”. Es esa autoridad, y la percepción de que eso es equivalente al autoritarismo, lo que dificulta e impide una labor prescriptora plena.

Una prueba de ello sería que no se considere problemático que en una biblioteca pública, una institución que también está dedicada a la educación y al conocimiento, pueda haber materiales que contradigan abiertamente el consenso científico de maneras graves, descuidas o directamente falsas. Ello no es más que otro reflejo del postmodernismo, en su expresión de relativismo en cuanto al conocimiento: si, como dice el tópico, la verdad es relativa, ¿quiénes somos nosotros para pronunciarnos en ese respecto?

Por supuesto que los bibliotecarios no han de convertirse en árbitros del gusto público. Pero es que ése es el punto clave: entender que unas cosas no implican la otra. Es por eso por lo que creo que, además de reforzar el conocimiento cultural, es del todo necesario abordar discusiones más amplias, que son más de fondo. En concreto, se me ocurren algunas de esas cuestiones (sin un orden en particular):

Prescribir no implica “decirle a la gente lo que tiene que leer”

Prescribir no tiene nada que ver con la censura

Adquirir materiales en base a unas políticas de selección públicas no tiene nada que ver con la censura

Prescribir no implica una posición de poder ni de autoridad suprema por parte del bibliotecario

Prescribir no es una actividad en un sólo sentido: puede ser una conversación con los usuarios

Lo que importa a la hora de prescribir son las razones para ello, y no un argumento de autoridad

Y todo esto sin entrar a considerar o a valorar si los bibliotecarios creen o no que la prescripción es una tarea (una más) que puede ser vital para el futuro de las bibliotecas y del mismo perfil profesional de bibliotecario. Algo en lo que, de nuevo, tengo mis dudas.

Mientras no se aborden esas cuestiones, de una manera ponderada, razonable, sin dramatismos, y sin argumentos capciosos, los intentos de animar a los bibliotecarios a prescribir siempre acabarán tropezando en la misma piedra.

Imagen via Fundacio DRISSA

Personalizar la prescripción: ¿una vía de futuro para las bibliotecas?

 

Hace unos días me suscribí a la newsletter de la versión web New Scientist, una estupenda publicación de divulgación científica. El proceso es fácil y breve, de apenas un par de minutos. Aquí podéis ver la interfície:

Si hacemos un poquito de zoom, podéis leer qué nos ofrece New Scientist por suscribirnos a su newsletter:

newsletter new scientist detalle

Una selección de artículos hecha por los editores me pareció algo demasiado como para decir que no… y, además, me dió que pensar: ¿por qué las bibliotecas no aplican la personalización en la difusión de contenidos?

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