Sobre la libertad en la elección del consumo cultural

La libertad es un concepto central para las sociedades liberales: libertad de culto, de creencia, de prensa, de asociación, y un largo etcétera. Por supuesto, ningún análisis mínimamente serio de lo que es una sociedad liberal debería quedarse ahí, en recordar lo obvio. Pero este escrito no es ese tipo de análisis serio, y para sus fines es más que suficiente que tengamos presente ese principio de libertad.

De lo que voy a hablar en este artículo es de, en mi opinión, una de las paradojas a las que son proclives las sociedades liberales con su énfasis en la libertad: una paradoja que tiene que ver con el consumo cultural, lo que éste implica y las actitudes de analistas, pensadores e incluso los mismos ciudadanos hacia el mismo.

Por una parte se considera que, en base a la libertad liberal, el público está legitimado a practicar el consumo cultural que mejor considere. Tanto si hablamos de ver fútbol, la llamada “telebasura” o fenómenos musicales o literarios hipermediáticos, el público es soberano. Un argumento para afianzar esa soberanía en el consumo es que las jerarquías entre lo que es el buen gusto o lo que es el mal gusto son ficticias. O más en concreto, son el producto de la dominación cultural, tal y como el sociólogo Pierre Bourdieu expresó en su influyente obra La Distinción.

Sólo por recordar muy rápidamente lo central de la idea de Bourdieu: quienes poseen los medios económicos, culturales y sociales suficientes son quienes, con su consumo, dictan lo que puede y debe considerarse como de buen gusto. Lo que queda fuera de esa esfera, la llamada cultura popular, se asimiló durante mucho tiempo a una cultura de menor calidad, sólo apta para un populacho no ilustrado. A su vez, el grueso del público acaba considerando como más legítimo el consumo de las élites, la “alta cultura”, porque las elites cuentan con los medios para acabar imponiendo su criterio estético. Como digo, es un rápido repaso que no hace justicia a la teoría de la distinción, pero para entendernos es más que suficiente.

Por tanto, si 1) la distinción alta / baja cultura es ficticia, un producto del prejuicio y de la dominación de clase; y 2) el público es libre de decidir qué consumo cultural ejercer; entonces se sigue que 3) todos los consumos culturales son igualmente válidos y deberían ser respetados sobre la base de la igualdad y de la libertad de elección.

Ésta es una postura paradójica desde dos puntos de vista.

Por una parte, desde una cierta crítica de la izquierda política se puede argumentar que la defensa de lo legítimo del consumo popular no es más que una especie de romantización de lo popular. Y es que hay expresiones culturales que pueden ser populares, pero que no por eso obtienen la aprobación de la crítica, de los intelectuales ni de buena parte del público: por ejemplo, las corridas de toros. Además, las industrias culturales podrían ejercer un notable control sobre cuáles son las expresiones culturales que llegan al gran público. Con esa función de filtro, la libertad para elegir queda limitada: en cierta manera, sólo podemos elegir entre un rango limitado de opciones, el que los responsables de las industrias consideran que pueden ser las más rentables, aquellas que más impacto pueden tener en el público. Y elegir sólo de entre un conjunto de opciones predefinido se parece poco a una elección libre.

Por otra parte, hay una idea que no está limitada a ninguna creencia política en particular, aunque de nuevo quizá la izquierda sea más sensible a la misma, según la cual una ciudadanía que se quiera considerar como tal es una ciudadanía informada. Se insiste en que los ciudadanos deben implicarse en la vida de sus sociedades por medio de un consumo informativo consciente, en especial en estos tiempos de difusión de noticias falsas y de posverdad. No obstante, ¿hasta qué punto es compatible esa insistencia con el ejercicio de la libertad en el consumo cultural?

Por poner un ejemplo irreal: supongamos que a partir de mañana el público decidiera limitar su consumo a leer la programación de televisión y a ver programas de telerrealidad. En base a la libertad de elección en cuanto al consumo, ¿no sería esta pauta un consumo igual de legítimo que cualquier otra? Por supuesto, siempre podríamos decir que sería un consumo con efectos negativos desde el punto de vista de una ciudadanía informada e implicada, pero desde el punto de vista de la supuesta legitimidad del consumo libre, por lógica del discurso habríamos de aceptar su legitimidad.

En nuestro escenario de ficción también podríamos argumentar que, en realidad, el público no está eligiendo libremente porque, tal y como habíamos comentado más arriba, sus opciones han sido limitadas por los guardianes de las industrias culturales. O quizá peor: esos guardianes podrían haber ejercido sofisticadas formas de ingeniería social para decantar el consumo del público hacia allí donde más les interesara.

La posibilidad de la manipulación puede ser real, aunque haría falta más que una sospecha para que dicha posibilidad fuera más allá del estatuto de teoría de la conspiración. Podríamos ver el problema de esta manera: ¿qué confirmaría que el público está siendo manipulado para elegir en contra de sus intereses?; ¿cuál sería la prueba que demostraría que el público está alienado en su capacidad de elegir, o que más bien está prefiriendo conscientemente esos productos (el teletodo, la telerrealidad, …) por encima de otros?

Las condiciones socioeconómicas de partida del público son muy importantes para entender las pautas de consumo cultural. No se presta atención a los mismos productos habiendo nacido en un barrio afortunado que en uno desfavorecido, entre otras cosas porque quizá el acceso a la educación, algo fundamental en el desarrollo del gusto y del aprecio por la cultura, no es el mismo en ambos entornos. Por ello, se hace bien en insistir en que la educación del público es fundamental para que se lleve a cabo la elección libre del consumo, y para tener una ciudadanía comprometida con un consumo informativo de calidad. Se abren bibliotecas, se invierte en museos, en centros cívicos, en casas de la cultura, …

Aun así, la realidad puede ser tozuda. Los espacios públicos dedicados a la cultura no siempre tienen por qué tener la excelente acogida entre el público que se les presupone (en especial si se presupone que el público está receptivo o incluso deseoso de un mayor acceso a las expresiones culturales). Lo cual, no seamos catastrofistas, no implica que esas iniciativas sean un fracaso o no cumplan su función, por supuesto que no. Pero, aun disponiendo de un amplio abanico de opciones para diversificar el consumo, podría suceder que el gran público, de una manera notable, prefiriese decantarse hacia ciertos tipos de consumo (repitamos lo de gran público: siempre habrá una distribución de público que se decante hacia un consumo fuera de lo más popular, aunque es probable que haciendo una analogía estadística el consumo en global corresponda a una distribución normal: unos valores de consumo elevados en unos productos populares que se situarían en el centro de la distribución).

Y entonces, ¿qué? ¿Se debería seguir insistiendo en que el problema es que el público no está lo suficientemente culturizado? ¿En que el problema está en que su consumo está siendo manipulado?

De hecho, puede ser más que probable que en algún momento tengamos que asumir que la elección del público es libre. Pensemos de nuevo en una pregunta que me parece pertinente y que planteaba más arriba: ¿en qué momento una sospecha plausible (la de que la elección del tipo de consumo cultural está constreñida y manipulada por las industrias culturales) se convierte más bien en una teoría de la conspiración incomprobable? Dicho de otra forma: ¿no sería posible que el público de verdad prefiriese un consumo cultural plano, sin aristas, acrítico y masivo, en lugar del sueño de los intelectuales de una ciudadanía crítica, activa y vigilante?

Si no cabe siquiera imaginar la posibilidad de que a pesar de nuestros esfuerzos, el público prefiera un consumo cultural acrítico, siempre se corre el riesgo de entrar en contradicción con el principio de la libertad de elección que se supone que rige en las sociedades liberales. Parafraseando la famosa expresión de Rousseau, forzar al público a ser culto podría ser una tentación muy real.

Una tentación bienintencionada y del todo comprensible. Bajo mi punto de vista, a pesar del énfasis de la libertad de elección, ésta puede ser incompatible con fines como los ya mencionados de una ciudadanía crítica, que parecen al menos necesarios en cierta medida para la existencia de una democracia sana (en qué medida exacta podría ser objeto de debate). Por poner otro ejemplo grueso: si alguien quiere estar bien informado sobre geopolítica y tomar decisiones en consecuencia, lo mejor que podría hacer es consumir expresiones culturales relacionadas (ensayos, reportajes de investigación, especiales informativos, …) en lugar de leer el último Premio Planeta.

Por supuesto que ambos extremos no son incompatibles. Repito que sólo es un ejemplo ficticio a modo de ilustración de un principio más general: el consumo cultural en cierta forma debería ir de acorde a los fines (sociales, individuales) perseguidos, y ello puede llegar a colisionar con la libertad en un sentido absoluto.

Y aquí tenemos una dura negociación: si optamos por la libertad de elección, una vez que ponemos al alcance del público los medios suficientes (bibliotecas, museos, …) todo consumo debería ser considerado legítimo, aunque eso entre en conflicto con otro tipo de valores superiores; y si optamos por la defensa de cierto tipo de valores superiores, entonces no todo consumo cultural podría ser equiparable de manera perfecta, sino que se podrían admitir matices y juicios de valor.