La piedra en la que tropieza la prescripción bibliotecaria

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Club Editor es una de las editoriales más reputadas de Cataluña. Su línia editorial es una clara apuesta por la calidad de las obras, algo que se expresa a la perfección en su página web: “No somos aficionados a las líneas sino a las obras que vale la pena leer. Ni somos especialistas en best- sino en long-sellers. Nuestra divisa: el Tiempo es el único juez”. La editorial fue fundada por dos auténticos pesos pesados de las letras catalanas, Joan Sales y Xavier Benguerel, y en la actualidad está dirigida por la nieta de Sales, María Bohigas.

Bohigas es una activa figura en la vida cultural en torno al libro y a la literatura, y su actividad en ocasiones también está relacionada con el ámbito de las bibliotecas públicas. Y precisamente en torno a éstas gira un artículo que Bohigas publicó en su blog, uno de esos escritos que dan que pesar sobre el papel y las competencias actuales de los bibliotecarios.

El artículo lleva por título La gran insurreció dels clàssics demana asil a les biblioteques (La gran insurrención de los clásicos pide asilo en las bibliotecas). Me gustaría destacar algunos puntos de su escrito, que traduciré al castellano del original en catalán, porque me parecen dignos de ser comentados y considerados con atención. Tras ello añadiré un comentario personal.

Bohigas comienza su escrito destacando las diferencias en el plan de estudios entre la actual Facultad de Información y Documentación de Barcelona y la original Escola de Bibliotecàries:

[…] las personas destinadas hoy a trabajar en las bibliotecas públicas de Cataluña no reciben formación ni en ciencias, ni en artes, ni en lenguas con las que descubrir aquello que no se ha dado en la propia. Se les inculca un saber técnico relacionado con el almacenaje de ítems. Que los ítems sean libros, […] eso no tiene importancia, no incide en la formación, no implica la necesidad de una cultura.

Bohigas se pregunta si ese déficit formativo puede “iluminar” el hecho de que de la totalidad de los usuarios de las bibliotecas públicas de Cataluña, tan sólo un 8% consulte libros.

En el artículo también encontramos un reflexión poderosa sobre la vocación y la función social de los bibliotecarios actuales, comparada con la de las primeras bibliotecas populares en Cataluña:

[…] la vocación de las bibliotecas, ¿es responder a las demandas sociales y culturales de la ciudadanía, si es que podemos saber cuáles son? En todo caso, no creo que esta vocación tenga continuidad con la que inspiraba las bibliotecas populares de hace cien años, puestas al servicio no de un concepto comercial disfrazado de democrático (la demanda), sino de un cierta noción de cultura que tienen la misión de transmitir a la mayor parte posible de ciudadanos. El objetivo era educar, con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis).

Para la editora la situación de antaño es muy diferente a la de ahora. Ya no se pretende educar a las masas  sino “adiestrarlas”, un cambio que viene de la mano de la ideología de la adaptación a los cambios. Una ideología que se refleja en la educación, donde ya no se habla de cultura ni de conocimiento, sino de competencias básicas, pero que también se muestra en la biblioteca pública:

No puedo evitar un sentimiento de inquietud cuando leo, en una carta del Servicio de Bibliotecas, que “hay la necesidad de adquirir continuamente nuevos conocimientos y habilidades que nos permitan hacer frente a los cambios acelerados que estamos viviendo”. ¿Es que también en las bibliotecas tiene que producirse el drama? ¿También allí se liquidará la cultura como instrumento al servicio de la persona, y las personas se convertirán en instrumentos al servicio de una cosa a la que tanto podemos llamar sociedad como mercado?

En este panorama, María Bohigas defiende la importancia de las obras clásicas de la literatura, tal como si fuesen un medio idóneo para recuperar la reflexión de aquello que nos hace humanos:

Olvidemos los cambios y pensemos en un momento en todo aquello que no varía, por ejemplo, el abuso, la crueldad, la venganza como modus vivendi aceptado por la gran mayoría de los hombres. Todo esto es antiguo como el mundo y de todo esto tratan […] los “clásicos”, que no lo son porque alguien haya hecho una lista arbitraria sino porque hablan fundamentalmente de la especie humana, siempre idéntica a sí misma y nunca explorada del todo. Por eso los clásicos son la primera fuente en la que deberíamos beber si lo que queremos no es adquirir destrezas de mono amaestrado sino comprender alguna cosa.

Es aquí donde la editora realiza una conexión directa con la tarea bibliotecaria:

Una biblioteca necesida dos cosas sin las cuales haría falta cambiar el nombre: un fondo de libros nutrido por las diversas disciplinas intelectuales y no sujeto a la inmediatez sino a la perspectiva del tiempo, y un peronal capaz de guiar a los usuarios en su exploración de la cultura escrita.

Desafortunadamente, en su opinión no parecen cumplirse ninguno de los dos requisitos. En lo que respecta a los bibliotecarios ya hemos visto cómo para Bohigas la formación recibida queda muy lejos de la necesaria para llevar a cabo esa labor de guía. A pesar de ello, la editora ve una realidad más esperanzadora: la de aquellos bibliotecarios “que trabajan mucho más allá de lo que se les pide” y la de aquellos usuarios que “responden inmediatamente a sus propuestas”. Esa realidad se concreta de doble manera: por un lado, en los clubes de lectura, cuyo éxito para Bohigas “indica una necesidad de guía”; por otro, en el deseo de muchos bibliotecarios de poseer más conocimientos para guiarlos.

Si me he extendido al recoger ideas del artículo original, es porque como decía al inicio son unos párrafos que tocan varias fibras sensibles en la actualidad, tanto desde un punto de vista social amplio como en lo que refiere a la labor de los bibliotecarios. Es difícil no simpatizar con el enfoque social de Bohigas, al remarcar cómo la veneración del cambio se está convirtiendo en una centrifugadora que expulsa las reflexiones sobre las preocupaciones humanas más fundamentales, y con ellas a cada vez más personas a los márgenes de la sociedad.

Quizá podríamos debatir si los clásicos son de verdad la “primera fuente” a la que acudir si queremos “comprender alguna cosa”, o si ese papel podría cumplirlo mejor la literatura de no-ficción. Pero en esta entrada me interesa comentar las ideas en torno a los bibliotecarios.

Estoy convencido que los bibliotecarios, tal y como comenta Bohigas, poseemos un déficit en cuanto a conocimientos culturales, y en cuanto a cómo éstos se han plasmado en la cultura del libro (¡y no sólo del libro!). Creo que nos falta conocimiento del fondo, de sus principales temáticas y secciones. Y no sólo de los clásicos: también hay un desconocimiento de partes importantes de la colección de no-ficción. No podemos saber de todo, por lo que siempre hay que contar con las normales limitaciones en cuanto a tiempo e interés. Pero en mi opinión es muy importante que no se normalice esa ignorancia, que no se acepte alegremente que se puede desconocer casi todo de la colección, que no se vea como un problema personal y profesional a superar, y que por contra se le dé carta plena de ciudadanía.

En ese sentido es una buena notícia constatar cómo el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat ha puesto en marcha varias iniciativas notables para mejorar los conocimientos de los bibliotecarios, iniciativas recogidas recientemente por Carme Fenoll en la plataforma Núvol.

No obstante, y aunque repito que estoy convencido que mejorar los conocimientos culturales es algo imprescindible, durante los últimos tiempos he llegado a pensar que hay algunos problemas más profundos.

Es cierto que hay profesionales muy comprometidos con la mejora en los conocimientos, y con la labor de guía y prescripción. Pero creo que no es menos cierto que la mayoría de bibliotecarios se sienten extraordinariamente incómodos con la noción misma de “prescripción”, y ello quizá esté relacionado con la distancia generacional a la que Bohigas se refiere al inicio de su artículo.

Las generaciones más actuales de bibliotecarios hemos crecido intelectualmente en un ambiente social viciado por el postmodernismo: la idea de que las grandes narraciones que daban sentido a las sociedades se han acabado, de que la autoridad para decidir qué está bien o qué es la verdad se ha finiquitado, y que las opiniones personales, incluídas las que tienen que ver con el gusto cultural, son sagradas. Que el postmodernismo está lleno de agujeros teóricos, de inconsistencias y de banalidades es algo que se lleva denunciando desde la década de 1980, pero a pesar de ello su difusión social ha sido extraordinaria. Y sus efectos catastróficos: no hay más que recordar que el término “postverdad” ha sido una de las palabras clave del pasado 2016, y que ha sido ese fenómeno el que nos ha traído desgracias como la presidencia de Donald Trump.

Esa herencia postmoderna parece cristalizar en la repulsa atávica que muchos bibliotecarios sienten hacia la misma idea de “prescribir” o de “recomendar”. De hecho, una frase de Bohigas es del todo pertinente en este punto: el objetivo de las primeras bibliotecas populares era educar, “con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis)”. Es esa autoridad, y la percepción de que eso es equivalente al autoritarismo, lo que dificulta e impide una labor prescriptora plena.

Una prueba de ello sería que no se considere problemático que en una biblioteca pública, una institución que también está dedicada a la educación y al conocimiento, pueda haber materiales que contradigan abiertamente el consenso científico de maneras graves, descuidas o directamente falsas. Ello no es más que otro reflejo del postmodernismo, en su expresión de relativismo en cuanto al conocimiento: si, como dice el tópico, la verdad es relativa, ¿quiénes somos nosotros para pronunciarnos en ese respecto?

Por supuesto que los bibliotecarios no han de convertirse en árbitros del gusto público. Pero es que ése es el punto clave: entender que unas cosas no implican la otra. Es por eso por lo que creo que, además de reforzar el conocimiento cultural, es del todo necesario abordar discusiones más amplias, que son más de fondo. En concreto, se me ocurren algunas de esas cuestiones (sin un orden en particular):

Prescribir no implica “decirle a la gente lo que tiene que leer”

Prescribir no tiene nada que ver con la censura

Adquirir materiales en base a unas políticas de selección públicas no tiene nada que ver con la censura

Prescribir no implica una posición de poder ni de autoridad suprema por parte del bibliotecario

Prescribir no es una actividad en un sólo sentido: puede ser una conversación con los usuarios

Lo que importa a la hora de prescribir son las razones para ello, y no un argumento de autoridad

Y todo esto sin entrar a considerar o a valorar si los bibliotecarios creen o no que la prescripción es una tarea (una más) que puede ser vital para el futuro de las bibliotecas y del mismo perfil profesional de bibliotecario. Algo en lo que, de nuevo, tengo mis dudas.

Mientras no se aborden esas cuestiones, de una manera ponderada, razonable, sin dramatismos, y sin argumentos capciosos, los intentos de animar a los bibliotecarios a prescribir siempre acabarán tropezando en la misma piedra.

Imagen via Fundacio DRISSA

No será Internet quien mate a las bibliotecas públicas

En estos últimos días me he dedicado a releer algunos argumentos sobre la, se dice, futura muerte de las bibliotecas públicas. He creado algunos esbozos al vuelo que quizá tomen una forma más extensa en el futuro. De momento, en este post me gustaría ofreceros de forma apresurada algunas reflexiones sobre el la cuestión del peligro que la existencia de Internet supone para las bibliotecas. Leer más “No será Internet quien mate a las bibliotecas públicas”

Pasar la página de un libro es acariciar el tiempo

Son muchas las personas que no acaban de decidirse por la lectura en libro digital. Puede que por nostalgia o por resistencia a los cambios a los que nos induce la tecnología. Aunque nuestra manera de procesar la información también tiene algo que ver: parece que el libro en papel facilita la comprensión de lo leído gracias a su dimensión física. Tal y como si necesitáramos sentir las páginas, poder pasarlas con nuestros dedos, para poder recordar mejor lo leído.

Esos dos ejes, la memoria y la dimensión física del libro, están bien presentes en algunos pasajes del libro de ensayos de Emilio Lledó Los libros y la libertad. Lledó es filósofo y filólogo, con una más que amplia carrera como docente e investigador, y es miembro de la Real Academia Española, por lo que sus reflexiones adquieren formas muy líricas. Leer más “Pasar la página de un libro es acariciar el tiempo”

Las claves del éxito de Maria Popova (Brain Pickings) como content curator

brainpickingsSin duda Maria Popova, gracias a su plataforma Brain Pickings, se ha convertido en el ejemplo por excelencia de lo que es un content curator. La historia de Brain Pickings a estas alturas es bien conocida: Brain Pickings comenzó en el año 2006 como una lista de correo elaborada y gestionada por Popova para los compañeros de la agencia de marketing para la que trabajaba por aquel entonces; 10 años después, Brain Pickings es visitado por cientos de miles de personas al día, y cuenta con miles de seguidores en redes sociales y de suscriptores.

Lo que me propongo hacer en este post es hacer un análisis de su trabajo y su estilo como content curator. Leer más “Las claves del éxito de Maria Popova (Brain Pickings) como content curator”