Las supersticiones en las bibliotecas públicas: ¿vivas y coleando?

Ésa sería la traducción aproximada del artículo de Miroslaw Kruk The superstitions in public libraries: alive and well?, publicado en el año 2001 en The Australian Library Journal.

Las supersticiones a las que se refiere Kruk son lo que podemos denominar pseudociencias: feng shui, ayurveda, numerología,… y en general la mal llamada “medicina alternativa”. Kruk se pregunta si las bibliotecas deberían tener entre sus fondos obras de ese tipo, aunque la pregunta es más bien retórica: en su opinión dichas obras no deberían tener cabida en las bibliotecas. Y ello en base a la que para Kruk ha sido la misión tradicional de las bibliotecas: contribuir a la educación y la formación de las personas.

Es un artículo contundente, lleno de párrafos duros. En esta entrada voy a recoger, traducidos, algunos de esos párrafos como materia para la reflexión. Te invito a que consultes el artículo completo para tener más contexto, conocer los argumentos al completo y comprobar por ti mismo la veracidad de mis traducciones. 

Como suelo hacer en estos casos me apresuro a puntualizar que no comparto necesariamente el punto de vista de Kruk, no vaya a ser que algún exaltado ponga en mi boca ideas que puedo no apoyar al cien por cien (mi propio punto de vista sobre la cuestión puede leerse aquí).

Para Kruk la presencia de “libros supersticiosos” en las bibliotecas es una señal del irracionalismo que campa por la sociedad, e indica que se ha abandonado la visión de la biblioteca como una institución educativa:

La presencia de libros supersticiosos en las bibliotecas públicas es la señal de un cambio fundamental en su papel. El lector no tiene garantía que los libros de la biblioteca le vayan a hacer más sabio o le hagan adquirir más conocimiento. Su sentido común puede verse asaltado. Los lectores que respetan las bibliotecas públicas y que asumen que las bibliotecas siguen siendo “templos del conocimiento” puede que se sorprendan al encontrar libros que propagan las ideas más bizarras. 

Cómo no, para Kruk los bibliotecarios son responsables de esta situación:

Los bibliotecarios, carentes de un claro posicionamiento ético e influenciados por argumentos populistas dudan sobre qué estándares deberían utilizarse y se resisten a hacer juicios sobre los libros. Se deja a los lectores hacer la elección y evaluar la materia de su lectura. Desde esta perpectiva todos los libros son considerados iguales. Es generalmente aceptado que no se puede negar a los lectores la literatura que demandan incluso si ésta es trivial y vulgar (vulgaris: que pertenece a la multitud) y que interferir en las preferencias lectoras de alguien sería inaceptable. Por tanto, la selectividad en el desarrollo de la colección se está tornando sospechosa, y defender una mayor discriminación a la hora de seleccionar libros para las colecciones de las bibliotecas sería considerado elitista o un golpe de censura.

Kruk contempla este “relativismo” con preocupación en base a sus supuestas consecuencias: la colección podría sufrir por falta de un desarrollo lógico e intencional. Pero, además,…

querer satisfacer a todo lector traería como consecuencia la invasión de libros con cada vez más ideas bizarras […] si junto a una sección con libros sobre ciencia debe haber una colección de materiales pseudocientíficos, y si los libros sobre medicina deben compartir estante con publicaciones de medicina “alternativa”, los bibliotecarios pueden verse bajo la presión de crear colecciones para todo el mundo. Libros sobre Darwinismo tendrían que ser “compensados” con libros escritos por creacionistas; aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial tendrían que ser complementados con libros que presentaran la versión nazi de los hechos. 

Y continuando con el deseo de satisfacer a todos los lectores:

El modelo moderno de biblioteca pública que opera como un servicio a los clientes tiene una debilidad fatal. Si los clientes tienen siempre la razón su elección de libros debe ser respetada e implementada en las políticas de colección. Los libros que los clientes quieran les deben ser proporcionados independientemente de su valor intrínseco. Sin embargo, al hacerlo las bibliotecas se exponen a la tiranía del cliente. La calidad de la colección sufrirá en ese caso, aunque el número de usuarios de la biblioteca crezca.

Kruk cree que este último es un dilema serio, y las bibliotecas no están solas en el problema: otras instituciones como las escuelas, las universidades o los museos se enfrentan a disyuntivas parecidas. No obstante, para el autor si tanto las bibliotecas como esas otras instituciones no se han convertido ya en “campos de batalla en nuestras guerras culturales” es porque la mayoría de la gente cree que las ideas tienen pocas consecuencias. Kruk no comparte esa opinión:

Los libros supersticiosos en las bibliotecas públicas tienen un impacto real sobre los lectores. El estatus de la biblioteca entre sus usuarios sigue siendo tal que la disponibilidad de ciertas clases de libros en ella los cualifica como fuentes legítimas de información. Su presencia en las bibliotecas les proporciona credibilidad, especialmente si la biblioteca no ofrece la precaución de que no todos los libros en sus colecciones proporcionan información fiable. 

Pero si se proporcionase una advertencia semejante “ello despertaría preguntas sobre la honradez de aquellos que seleccionan el material para la adquisición”, por lo que para Kruk las bibliotecas se encuentran en una disyuntiva:

O bien vuelven a su noble misión civilizadora o se convertirá en un templo de la ignorancia.

Para Kruk no es factible pensar que los libros “cuya esencia es la falsedad y la desinformación desaparecerán de las bibliotecas en un futuro cercano”, por lo que en su opinión lo mínimo que se puede hacer es discutir estos problemas públicamente:

Los bibliotecarios tienen la obligación social de explicar los motivos para adquirir materiales supersticiosos si deciden gastar el dinero público de esa manera. 

Como puedes ver, y como advertía al comienzo, son unos párrafos duros, incluso diría que excesivos en algunos momentos: uno de los imperativos éticos de los bibliotecarios es no censurar información y velar porque las colecciones presenten una amplia variedad de materiales. Es injusto acusar a los bibliotecarios de querer velar por ese principio. Aun así, el artículo de Kruk es una materia más que jugosa para despertar las propias reflexiones…

Imagen via GuerrillaPop

La reinvención de la… ¿”biblioteca”?

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La necesidad de que las bibliotecas cambien, se reinventen y se adapten a nuevos entornos es uno de los temas candentes en la profesión. Y lo lleva siendo desde hace bastante. Hace poco, y gracias a la serendipia que a veces comporta el navegar por la web, di con un artículo de Annoyed Librarian de 2010 que trata sobre este tema. Pero lo hace en el lenguaje cínico y sarcástico que suelen tener sus entradas (lo cual le ha valido más de una crítica).

Lo que me ha parecido interesante del artículo de Annoyed Librarian (AL para abreviar) es que cuestiona hasta qué punto podemos seguir hablando de una “biblioteca” si ésta lleva a cabo según qué cambios. No estoy necesariamente de acuerdo con las ideas de la entrada, pero sin duda que es un material interesante para incitar a la propia reflexión. Leer más “La reinvención de la… ¿”biblioteca”?”

Las bibliotecas y los encuentros inesperados 

Uno de los blogs que sigo con más interés en tiempos recientes es Cambiando de tercio, de Txetxu Barandiaran. Su autor es consultor en el mundo del libro, la cultura y el tercer sector. Sus reflexiones siempre son a tener en cuenta, porque permiten acercarse al complejo estado actual de esos sectores. Y en mi caso, algunas de sus ideas me despiertan otras reflexiones paralelas aplicadas al mundo de las bibliotecas  (un paralelismo que el mismo Barandiaran ha realizado en varias ocasiones).

​Dos ejemplos de lo que digo. En el primero, Txetxu recoge unas declaraciones de Calixto Bieito, que actualmente es el Director Artístico del Teatro Arriaga, en las que dice:

Un teatro público tiene la obligación de proporcionarnos algo que todavía no sabemos si nos gusta, llevarnos a sitios a los que no sabíamos que queríamos ir, y por descontado, sacudirnos, abrir nuestras mentes, hacernos más tolerantes y sobre todo hacernos sentir mejores personas.

Después, en su artículo, Txetxu se pregunta a cuento de las librerías:

Qué vamos a plantear como nuevo y/o rompedor para estimular la curiosidad y proponer contenidos novedosos que todavía no sabemos si gustarán.

Unas líneas que creo que son totalmente aplicables a las bibliotecas públicas. Sin duda que éstas basan su éxito en darle a los usuarios aquello que demandan. Y aun así, eso deja unos espacios considerables al descubrimiento, al gozo intelectual, a la sorpresa, a encontrar aquellas cosas que no sabíamos que nos gustaban hasta que damos con ellas. Aunque para ello también sería necesario que las bibliotecas se plantearan la misma pregunta: ¿hacemos algo por estimular la curiosidad y proponer esos contenidos, aunque no sepamos si gustarán a los usuarios?

Seguro que en la mayoría de bibliotecas se llevan a cabo acciones que van en esa dirección, aunque no estaría de más abrir el abanico de lo que se ofrece. En este sentido, es relevante el segundo ejemplo que quiero mencionar. En su artículo Txetxu recoge unas declaraciones de Roger Chartier, entre las que saco estas líneas:

[…] en internet usted compra un libro sobre la Inquisición en el siglo XVI y Amazon le va a indicar que debería comprar otros libros sobre la Inquisición, del mismo autor o sobre el Siglo de Oro, es una lógica temática. En cambio, usted entra a una librería para comprar un libro sobre la Inquisición en el siglo XVI, y es posible que salga con una antología poética o con una novela, porque hay una organización horizontal sobre las mesas, de la oferta de libros. En este mundo tal vez es más difícil encontrar lo que busca, pero es más fácil tener encuentros que el lector no buscaba.

A lo que añade Txetxu:

Es claro también, en esta misma línea, que tampoco es igual comprar en cualquier librería porque en cada caso el viaje entre los libros que nos propondrá o que saldrán a nuestro encuentros será  incluso dentro de esa “organización horizontal” distinto.

De nuevo, unas palabras que me hacen pensar en las bibliotecas. Sin duda que estas instituciones también poseen la capacidad de proporcionar ese descubrimiento horizontal para que el lector tenga esos felices encuentros inesperados. Aunque para ello es necesario mover fondo, buscar espacios donde las distintas secciones del mismo tengan visibilidad y tratamiento que les ofrezca una oportunidad de fomentar la curiosidad y el gozo intelectual. Y, por descontado, hace falta que los bibliotecarios nos tomemos en serio el conocimiento de la colección como un deber profesional, y no como una opción o un añadido.

Como digo, sin duda las bibliotecas son centros que se deben a sus usuarios, y por tanto han de buscar lo que éstos quieren o necesitan. Pero también creo que se sigue cumpliendo que dadas las misiones de una biblioteca pública, es posible e incluso necesario buscar esos espacios para huir de la cultura de escaparate, ni que sea de vez en cuando (y no te asustes: no se trata de imponer nada a nadie, nuestro criterio al criterio del lector, sino actuar como polinizadores para aquellas personas que se sientan receptivas y que quieran dialogar con nosotros). 

El descenso de público presencial en las bibliotecas no pone fácil esta tarea, pero nada impide (o no debería) que podamos buscar, como complemento, espacios virtuales para llevarla a cabo. No todos los usuarios se sentirán concernidos, sin duda. Aunque también sin duda que habrá algunos que sí, y eso en sí mismo ya merece el esfuerzo.

Imagen via El Español

ALFIN contra las noticias falsas: necesaria, pero insuficiente 


Una de las consecuencias del escándalo de las noticias falsas que pueblan Internet ha sido la renovada preocupación por cómo evaluamos la información digital (si es que la evaluamos). El ejemplo más notable es el citadísimo estudio de la Universidad de Stanford: de una muestra de 7.804 escolares, un 82% fue incapaz de distinguir “contenidos patrocinados” de noticias reales.

Y con esa renovada preocupación algunos medios han puesto bajo el foco público a los bibliotecarios y a su posible papel para combatir las noticias falsas. En concreto, se habla de lo que los usuarios pueden aprender de las habilidades de los bibliotecarios para buscar y evaluar información, y de lo necesarios que son los programas de Alfabetización Informacional (ALFIN). Algunos titulares son llamativos, como How librarians can save us from fake news o In the war on fake news, school librarians have a huge role to play.

Sin duda que me parece excelente esta tendencia: la ALFIN realmente puede aportar competencias beneficiosas para ayudar a crear una ciudadanía responsable y bien informada. Pero, aunque necesaria, en mi opinión la ALFIN se queda corta a la hora de combatir las noticias falsas. 

La ALFIN se centra básicamente en ayudar a las personas a desarrollar una evaluación más precisa de las fuentes de información, prestando atención a aspectos como el dominio de la página web, la autoría, la actualización de la información y la presencia o no de enlaces a las fuentes que se puedan mencionar en el artículo. Como digo, habilidades como éstas me parecen necesarias pero la lucha contra las noticias falsas me parece una tarea bastante más compleja, porque intervienen otros factores sociales, psicológicos y filosóficos complejos. Se me ocurren tres de esos factores.

En primer lugar, en alguna otra entrada de este blog ya he mencionado los efectos perniciosos que la corriente de pensamiento postmoderno ha tenido sobre el conocimiento. El postmodernismo puede haber aportado cosas valiosas a diversos ámbitos de reflexión, pero las ideas de que “todo es relativo” y la duda del concepto de autoridad en cuanto al conocimiento no me parecen dos de ellas. 

En un artículo para The Conversation, Donald A. Barclay recoge esta preocupación por los efectos del postmodernismo sobre la noción de autoridad, puesta en relación con la ALFIN y el combate contra las noticias falsas. Barclay comenta que la Association of College and Research Libraries (ACRL) ha incluído en sus nuevas pautas de ALFIN para la educación superior una sección referida a la cuestión de la autoridad:

Para los estudiantes esto implica más que a) aceptar simplemente la autoridad sin cuestionarla, o b) rechazar toda autoridad como un anacronismo en un mundo de post-verdad. 

A pesar de celebrarlo, para Barclay dicho cambio no es suficiente: en su opinión un progreso verdadero en ALFIN vendría de la mano de un trabajo conjunto entre bibliotecarios, miembros de las facultades y administradores. Sea como fuere, lo cierto es que la erosión de la autoridad propiciada por el postmodernismo puede que sea una tendencia social demasiado arraigada como para ser confrontada mediante las estrategias usuales de ALFIN. Como dice Barclay, sería necesario incluir la cuestión de manera explícita en los programas de ALFIN, lo que implica abrir la puerta a interesantes cuestiones en cuanto a teoría de conocimiento que no suelen tener cabida en los programas de ALFIN.

En segundo lugar, la ALFIN busca fomentar el uso del pensamiento crítico entre los usuarios de la información. No obstante, cualquier buen manual de pensamiento crítico puede decirnos que para ponerlo en práctica se necesita más que utilizar estrategias como evaluar el dominio o los enlaces. El pensamiento crítico también pasa por aspectos como ser capaces de evaluar los argumentos, detectar las premisas implícitas o los sesgos de los mismos, formular de manera clara las conclusiones que se nos pretende hacer creer, detectar cuándo el uso de los datos o de las estadísticas es correcto y cuándo no,… Aspectos todos ellos que se incluyen en los estándares de ALFIN, aunque quizá no de manera tan sistemática como sería deseable.

En tercer lugar, hay un aspecto preocupante en cuanto a las noticias falsas que tiene que ver con nuestra naturaleza humana. Un artículo de Voz Populi trata la cuestión bajo el llamativo título Por qué los datos ya no convencen a nadie. El artículo cita las opiniones de varios investigadores, según las cuales las personas somos muy hábiles seleccionando las partes de la información que consumimos para llegar a las conclusiones que queremos que sean ciertas. Así, el problema no sería tanto si nos llega la información rigurosa, sino si la procesamos “de forma equilibrada”. Un párrafo significativo del artículo:

Lo que sucede, indican estos expertos, es que hablar de “pruebas” o “datos” no suele cambiar la opinión de nadie sobre un tema, ya sea el cambio climático, los antitransgénicos o las vacunas. La gente utiliza los hechos científicos para apoyar sus opiniones particulares y dejarán de lado aquellos hechos que no coincidan con estas. De alguna manera, es como si el planeta sufriera una especie de epidemia global de “cuñadismo” y se dejaran de lado los grandes logros que nos han permitido llegar a un cierto grado de civilización, como son el uso de la razón y los argumentos basados en evidencias.

Stephanie Pappas, en Live Science, también lleva a cabo una síntesis de algunos descubrimientos de la psicología cognitiva sobre cómo procesamos la información de manera sesgada, en este caso la información científica. Según nos cuenta Pappas, no es tanto que las personas rechacen de plano la ciencia o que se rechacen totalmente los hechos, como que somos capaces de seleccionar las evidencias en función de otras motivaciones (la motivación política es la más obvia, pero también cuenta la protección de la identidad social). Con todo ello, los investigadores trabajan en la línea de enmarcar los mensajes de diferente manera según el público al que se dirijan, más que intentar combatir las resistencias iniciales de base (lo que puede producir una cerrazón defensiva en las personas que se sientan prejuzgadas).

Por los tres factores que he mencionado, la ALFIN puede representar una importante aportación contra las noticias falsas pero a mi juicio, y a pesar de lo que digan algunos titulares, no creo que los bibliotecarios puedan salvar al público de las mismas.

Reintermediación: la buena salud de los intermediarios de la información 

reintermediation

Dos de las primeras entradas que publiqué en este blog fueron Las bibliotecas públicas como nodo de difusión de ideas y En las redes, el intermediario está bien vivo: el caso de la música. En ellas trataba de argumentar que, a pesar de lo que llevamos escuchando hace años, los intermediarios de la información no han desparecido, sino que han reforzado su papel. Ello, a mi juicio, dejaba un cierto espacio para que las bibliotecas pudieran continuar con su labor de intermediarias de la información, a condición de que se modificara la manera en que se ha venido contemplando esa actividad.

El caso es que estos últimos días me he ido encontrando con varios artículos que tratan, de una manera u otra, sobre el retorno de los intermediarios de la información, entendiendo “información” en un sentido amplio. Leer más “Reintermediación: la buena salud de los intermediarios de la información “

La piedra en la que tropieza la prescripción bibliotecaria

lectura

 

Club Editor es una de las editoriales más reputadas de Cataluña. Su línia editorial es una clara apuesta por la calidad de las obras, algo que se expresa a la perfección en su página web: “No somos aficionados a las líneas sino a las obras que vale la pena leer. Ni somos especialistas en best- sino en long-sellers. Nuestra divisa: el Tiempo es el único juez”. La editorial fue fundada por dos auténticos pesos pesados de las letras catalanas, Joan Sales y Xavier Benguerel, y en la actualidad está dirigida por la nieta de Sales, María Bohigas.

Bohigas es una activa figura en la vida cultural en torno al libro y a la literatura, y su actividad en ocasiones también está relacionada con el ámbito de las bibliotecas públicas. Y precisamente en torno a éstas gira un artículo que Bohigas publicó en su blog, uno de esos escritos que dan que pesar sobre el papel y las competencias actuales de los bibliotecarios.

El artículo lleva por título La gran insurreció dels clàssics demana asil a les biblioteques (La gran insurrención de los clásicos pide asilo en las bibliotecas). Me gustaría destacar algunos puntos de su escrito, que traduciré al castellano del original en catalán, porque me parecen dignos de ser comentados y considerados con atención. Tras ello añadiré un comentario personal.

Bohigas comienza su escrito destacando las diferencias en el plan de estudios entre la actual Facultad de Información y Documentación de Barcelona y la original Escola de Bibliotecàries:

[…] las personas destinadas hoy a trabajar en las bibliotecas públicas de Cataluña no reciben formación ni en ciencias, ni en artes, ni en lenguas con las que descubrir aquello que no se ha dado en la propia. Se les inculca un saber técnico relacionado con el almacenaje de ítems. Que los ítems sean libros, […] eso no tiene importancia, no incide en la formación, no implica la necesidad de una cultura.

Bohigas se pregunta si ese déficit formativo puede “iluminar” el hecho de que de la totalidad de los usuarios de las bibliotecas públicas de Cataluña, tan sólo un 8% consulte libros.

En el artículo también encontramos un reflexión poderosa sobre la vocación y la función social de los bibliotecarios actuales, comparada con la de las primeras bibliotecas populares en Cataluña:

[…] la vocación de las bibliotecas, ¿es responder a las demandas sociales y culturales de la ciudadanía, si es que podemos saber cuáles son? En todo caso, no creo que esta vocación tenga continuidad con la que inspiraba las bibliotecas populares de hace cien años, puestas al servicio no de un concepto comercial disfrazado de democrático (la demanda), sino de un cierta noción de cultura que tienen la misión de transmitir a la mayor parte posible de ciudadanos. El objetivo era educar, con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis).

Para la editora la situación de antaño es muy diferente a la de ahora. Ya no se pretende educar a las masas  sino “adiestrarlas”, un cambio que viene de la mano de la ideología de la adaptación a los cambios. Una ideología que se refleja en la educación, donde ya no se habla de cultura ni de conocimiento, sino de competencias básicas, pero que también se muestra en la biblioteca pública:

No puedo evitar un sentimiento de inquietud cuando leo, en una carta del Servicio de Bibliotecas, que “hay la necesidad de adquirir continuamente nuevos conocimientos y habilidades que nos permitan hacer frente a los cambios acelerados que estamos viviendo”. ¿Es que también en las bibliotecas tiene que producirse el drama? ¿También allí se liquidará la cultura como instrumento al servicio de la persona, y las personas se convertirán en instrumentos al servicio de una cosa a la que tanto podemos llamar sociedad como mercado?

En este panorama, María Bohigas defiende la importancia de las obras clásicas de la literatura, tal como si fuesen un medio idóneo para recuperar la reflexión de aquello que nos hace humanos:

Olvidemos los cambios y pensemos en un momento en todo aquello que no varía, por ejemplo, el abuso, la crueldad, la venganza como modus vivendi aceptado por la gran mayoría de los hombres. Todo esto es antiguo como el mundo y de todo esto tratan […] los “clásicos”, que no lo son porque alguien haya hecho una lista arbitraria sino porque hablan fundamentalmente de la especie humana, siempre idéntica a sí misma y nunca explorada del todo. Por eso los clásicos son la primera fuente en la que deberíamos beber si lo que queremos no es adquirir destrezas de mono amaestrado sino comprender alguna cosa.

Es aquí donde la editora realiza una conexión directa con la tarea bibliotecaria:

Una biblioteca necesida dos cosas sin las cuales haría falta cambiar el nombre: un fondo de libros nutrido por las diversas disciplinas intelectuales y no sujeto a la inmediatez sino a la perspectiva del tiempo, y un peronal capaz de guiar a los usuarios en su exploración de la cultura escrita.

Desafortunadamente, en su opinión no parecen cumplirse ninguno de los dos requisitos. En lo que respecta a los bibliotecarios ya hemos visto cómo para Bohigas la formación recibida queda muy lejos de la necesaria para llevar a cabo esa labor de guía. A pesar de ello, la editora ve una realidad más esperanzadora: la de aquellos bibliotecarios “que trabajan mucho más allá de lo que se les pide” y la de aquellos usuarios que “responden inmediatamente a sus propuestas”. Esa realidad se concreta de doble manera: por un lado, en los clubes de lectura, cuyo éxito para Bohigas “indica una necesidad de guía”; por otro, en el deseo de muchos bibliotecarios de poseer más conocimientos para guiarlos.

Si me he extendido al recoger ideas del artículo original, es porque como decía al inicio son unos párrafos que tocan varias fibras sensibles en la actualidad, tanto desde un punto de vista social amplio como en lo que refiere a la labor de los bibliotecarios. Es difícil no simpatizar con el enfoque social de Bohigas, al remarcar cómo la veneración del cambio se está convirtiendo en una centrifugadora que expulsa las reflexiones sobre las preocupaciones humanas más fundamentales, y con ellas a cada vez más personas a los márgenes de la sociedad.

Quizá podríamos debatir si los clásicos son de verdad la “primera fuente” a la que acudir si queremos “comprender alguna cosa”, o si ese papel podría cumplirlo mejor la literatura de no-ficción. Pero en esta entrada me interesa comentar las ideas en torno a los bibliotecarios.

Estoy convencido que los bibliotecarios, tal y como comenta Bohigas, poseemos un déficit en cuanto a conocimientos culturales, y en cuanto a cómo éstos se han plasmado en la cultura del libro (¡y no sólo del libro!). Creo que nos falta conocimiento del fondo, de sus principales temáticas y secciones. Y no sólo de los clásicos: también hay un desconocimiento de partes importantes de la colección de no-ficción. No podemos saber de todo, por lo que siempre hay que contar con las normales limitaciones en cuanto a tiempo e interés. Pero en mi opinión es muy importante que no se normalice esa ignorancia, que no se acepte alegremente que se puede desconocer casi todo de la colección, que no se vea como un problema personal y profesional a superar, y que por contra se le dé carta plena de ciudadanía.

En ese sentido es una buena notícia constatar cómo el Servicio de Bibliotecas de la Generalitat ha puesto en marcha varias iniciativas notables para mejorar los conocimientos de los bibliotecarios, iniciativas recogidas recientemente por Carme Fenoll en la plataforma Núvol.

No obstante, y aunque repito que estoy convencido que mejorar los conocimientos culturales es algo imprescindible, durante los últimos tiempos he llegado a pensar que hay algunos problemas más profundos.

Es cierto que hay profesionales muy comprometidos con la mejora en los conocimientos, y con la labor de guía y prescripción. Pero creo que no es menos cierto que la mayoría de bibliotecarios se sienten extraordinariamente incómodos con la noción misma de “prescripción”, y ello quizá esté relacionado con la distancia generacional a la que Bohigas se refiere al inicio de su artículo.

Las generaciones más actuales de bibliotecarios hemos crecido intelectualmente en un ambiente social viciado por el postmodernismo: la idea de que las grandes narraciones que daban sentido a las sociedades se han acabado, de que la autoridad para decidir qué está bien o qué es la verdad se ha finiquitado, y que las opiniones personales, incluídas las que tienen que ver con el gusto cultural, son sagradas. Que el postmodernismo está lleno de agujeros teóricos, de inconsistencias y de banalidades es algo que se lleva denunciando desde la década de 1980, pero a pesar de ello su difusión social ha sido extraordinaria. Y sus efectos catastróficos: no hay más que recordar que el término “postverdad” ha sido una de las palabras clave del pasado 2016, y que ha sido ese fenómeno el que nos ha traído desgracias como la presidencia de Donald Trump.

Esa herencia postmoderna parece cristalizar en la repulsa atávica que muchos bibliotecarios sienten hacia la misma idea de “prescribir” o de “recomendar”. De hecho, una frase de Bohigas es del todo pertinente en este punto: el objetivo de las primeras bibliotecas populares era educar, “con todo lo que eso implica de autoridad (y de autoritarismo, si queréis)”. Es esa autoridad, y la percepción de que eso es equivalente al autoritarismo, lo que dificulta e impide una labor prescriptora plena.

Una prueba de ello sería que no se considere problemático que en una biblioteca pública, una institución que también está dedicada a la educación y al conocimiento, pueda haber materiales que contradigan abiertamente el consenso científico de maneras graves, descuidas o directamente falsas. Ello no es más que otro reflejo del postmodernismo, en su expresión de relativismo en cuanto al conocimiento: si, como dice el tópico, la verdad es relativa, ¿quiénes somos nosotros para pronunciarnos en ese respecto?

Por supuesto que los bibliotecarios no han de convertirse en árbitros del gusto público. Pero es que ése es el punto clave: entender que unas cosas no implican la otra. Es por eso por lo que creo que, además de reforzar el conocimiento cultural, es del todo necesario abordar discusiones más amplias, que son más de fondo. En concreto, se me ocurren algunas de esas cuestiones (sin un orden en particular):

Prescribir no implica “decirle a la gente lo que tiene que leer”

Prescribir no tiene nada que ver con la censura

Adquirir materiales en base a unas políticas de selección públicas no tiene nada que ver con la censura

Prescribir no implica una posición de poder ni de autoridad suprema por parte del bibliotecario

Prescribir no es una actividad en un sólo sentido: puede ser una conversación con los usuarios

Lo que importa a la hora de prescribir son las razones para ello, y no un argumento de autoridad

Y todo esto sin entrar a considerar o a valorar si los bibliotecarios creen o no que la prescripción es una tarea (una más) que puede ser vital para el futuro de las bibliotecas y del mismo perfil profesional de bibliotecario. Algo en lo que, de nuevo, tengo mis dudas.

Mientras no se aborden esas cuestiones, de una manera ponderada, razonable, sin dramatismos, y sin argumentos capciosos, los intentos de animar a los bibliotecarios a prescribir siempre acabarán tropezando en la misma piedra.

Imagen via Fundacio DRISSA

Sobre las bibliotecas y los casos de éxito

En la pasada temporada navideña, el diario La Nación publicaba un artículo de llamativo título: Bibliotecas del siglo XXI: de custodiar libros a abrir espacios de encuentro. A pesar de que ya han pasado unos días desde su publicación, me había quedado con las ganas de hacer un breve comentario a cuento de los casos de éxito en el mundo de la gestión de las organizaciones.

Vaya por delante que me parece de lo más interesante poder disponer de manera pública de experiencias de éxito. Siempre son una inspiración, y una manera propicia para la reflexión conjunta. Pero en ocasiones los casos de éxito pueden iniciar una dinámica peligrosa: quererlos aplicar de manera literal a otras situaciones en las que esas experiencias puede que resulten menos propicias. Me explicaré mejor comentando brevemente el artículo de La Nación:

El escrito nos habla de cómo el problema del futuro de la biblioteca lleva a Hannelore Vogt, directora de la Biblioteca Municipal de Colonia (Alemania), a “dictar charlas en distintas ciudades sobre los desafíos que deben enfrentar las bibliotecas públicas en el contexto actual”. Se nos informa de las principales actividades y servicios que ofrece la Biblioteca Municipal de Colonia (BMC), la cual “en 2015 fue distinguida la mejor del año en Alemania”. El artículo tiene reflexiones interesantes, aunque a mi juicio los programas de la BMC son llevados a cabo por un buen número de bibliotecas de nuestro entorno. Pero fijémonos en el entorno de la BMC, es decir, la ciudad de Colonia. La entrada de la Wikipedia nos informa de que Colonia es la cuarta ciudad más grande de Alemania, además de otros datos más que remarcables:

[Colonia] Es un importante centro económico y cultural de importancia internacional y representa uno de los enclaves más importantes del mundo artístico. Es famoso por ser la sede del carnaval más espectacular del país. Además es la sede de muchas asociaciones, empresas mediáticas y numerosas cadenas de televisión, discográficas y editoriales. Su importancia reside en parte en su monumento más emblemático: la catedral, su historia de más de 2000 años, sus números [sic] eventos internacionales, como su cultura y su gastronomía que lo hacen uno de los destinos más visitados de Europa. La Universidad de Colonia (alrededor de 50 000 estudiantes), la Escuela Técnica Superior de Colonia (alrededor de 25 000 estudiantes) y demás escuelas superiores representa la gran importancia educativa y de investigación dentro de la región del Rin-Ruhr.

Sin duda que los profesionales de la BMC deben llevar a cabo un gran trabajo, pero con ese entorno social, económico y cultural creo que no se me puede acusar de ser cínico si digo que lo difícil sería no convertirse en una biblioteca de referencia. 

Repito lo dicho al inicio de la entrada: bienvenidas sean las charlas de Hannelore Vogt y la difusión de otros casos de éxito, porque al final todo suma. Pero con ese entorno tan particular, ¿en qué sentido el caso de la BMC puede iluminar las problemáticas de otros centros, y ser un modelo a seguir para las (como dice el artículo) “bibliotecas del siglo XXI”? Y lo más importante: ¿tú que opinas?