Un lugar difícil, de Karmelo C. Iribarren

Un lugar dificil

La larga trayectoria del poeta Karmelo C. Iribarren está obteniendo un (en mi opinión) merecido reconocimiento en los últimos años. Una prueba de ello es la publicación en la prestigiosa editorial Visor de su Poesía Completa (1993-2018) y de algunos poemarios más recientes, siendo el último hasta el momento este Un lugar difícil.

Iribarren ha mencionado en más de una ocasión que la crítica especializada no ha sabido muy bien qué hacer con él. Su poesía es minimalista, de lenguaje cercano, próxima a aquello que se conoce como realismo sucio. Pero ésta sería una etiqueta del todo engañosa si la tomáramos al pie de la letra: sus poemas tratan de la vida corriente de las personas corrientes, y siendo esto así no pueden faltar emociones ni escenas de corte “sucio”; pero lo de Iribarren es más bien la sensibilidad, la ternura, el pesimismo teñido de socarronería y la aguda observación que te deja desarmado por la vía de la resolución poética más que de la emoción al límite.

Todas esas características han hecho que su labor de años haya ido calando en un público cada vez más receptivo y más amplio, hasta llegar a este punto de la vida del poeta en el que ya cuenta con 60 años. Como nos pasa a tantas personas al cumplir cierta edad, Iribarren parece haber decidido apegarse al regalo que es la vida, a sus pequeñas felicidades más que a la melancolía y la tristeza. Y eso se nota en Un lugar difícil.

El tono general de la obra es otro comparado: cierta luminosidad, aunque siempre teñida por la peculiar manera de observar del autor, aunque ni tan gris ni tan cínica como en otros trabajos. Algo sobre lo que el propio poeta ironiza en el poema Nunca he dejado de esperarte:

Puede que se resienta

mi pequeño prestigio literario

– qué fue, dirán algunos,

de aquel tipo descreído, huraño

y pesimista -, pero no importa,

no puedo silenciarlo por más tiempo.

 

La conocí ayer, en la playa, paseando

por la orilla, aunque lo cierto

es que su cara me sonaba de algo.

 

Fue muy sencillo, no me hizo falta

ni bañarme: las olas morían

a mis pies, haciéndome cosquillas,

el aire acariciaba, y yo lo miraba

todo – no sólo a las bañistas –

como si lo estuviese viendo por primer vez.

 

Nunca he dejado de esperarte, me dijo.

Soy yo, ¿no me recuerdas?, la vida.

 

 

Como digo, los elementos que han caracterizado la poesía de Iribarren siguen bien presentes: esa especie de tristeza sosegada, el distanciamiento frente al mundo y a la vida que da observarlo todo desde cierto perspectiva al margen, la necesidad y casi imposibilidad de reconciliarse con el pasado y con lo que nos pedimos a nosotros mismos. Y también están los temas que son casi una obsesión: el mar, los recuerdos y siempre la lluvia.

Pero incluso cuando trata esos temas, parece haber una aceptación más estoica que un desgarro emocional. Quizá eso que llamamos sosiego y que en ocasiones es el simple resultado de, por qué no decirlo, envejecer.

Puede que no sea el tono más querido por un sector de seguidores de Iribarren. A mí me gusta, creo que le sienta bien. Y me alegra que nuestro autor haya apostado por la vida.

 

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