¿Están los bibliotecarios legitimados para combatir las noticias falsas?


Las fake news están de moda. Parece que se ha normalizado el creer que son el peligro por antonomasia para las democracias contemporáneas, y abundan las llamadas a la necesidad de combatirlas.

A los bibliotecarios también se les reserva un papel en esa lucha. Ha sido muy difundida la pintoresca infografía de la IFLA, pero además diversas voces del ámbito no bibliotecario defienden lo mucho que los bibliotecarios podrían aportar al combate.

Pero yo tengo unas dudas
a las que llevo dándole vueltas unos días.

Por supuesto no pretendo zanjar el asunto de manera definitiva en esta breve entrada, pero sí que me gustaría hacer algunos apuntes de lo que creo que es una postura incongruente respecto a la lucha contra las fake news.

Comencemos por recordar un par de principios éticos de la actuación bibliotecaria. Los tomaré de la estupenda entrada que Julián Marquina elaboró al respecto:

– Fomenta y respeta la neutralidad de la información, la libertad intelectual y la libre circulación de información e ideas.

– Promueve el desarrollo entre los usuarios de competencias críticas […]: búsqueda, comprensión, selección y evaluación de fuentes.

Tomemos el primer principio. Los bibliotecarios

debemos ser neutrales respecto a las fuentes que seleccionamos para los fondos bibliotecarios. No debemos “censurar”, puesto que la biblioteca no es una máquina de la verdad sino un reflejo de la diversidad de ideas de la sociedad. Eso implica que un fondo bibliotecario puede y debe tener contenidos que sean falsos, inexactos o erróneos.

Ni que decir tiene que la lucha contra las noticias falsas se basa justamente en lo contrario: la no neutralidad de los contenidos. Y es que si se lucha contra las noticias falsas es porque, en fin, se supone que son falsas. Pero, ¿no debemos ser, por definición, neutrales en cuanto a los contenidos? ¿Qué más da entonces que las noticias falsas sean falsas? Otra manera de verlo: ¿debemos ser neutrales en cuanto a los fondos, pero no en cuanto a la información que circula por Internet? Es un tanto peculiar: no debemos preocuparnos por la calidad de la información que los usuarios consuman en nuestros centros, pero sí por la calidad de la información que los usuarios consuman fuera de ellos.

Supongo que por eso en parte se suele argumentar que lo importante es el segundo principio que apuntaba más arriba: que lo importante es dotar a los usuarios con las competencias informacionales para que desarrollen un criterio en el consumo informativo. Inmiscuirse directamente en lo que el público ha de leer se considera paternalista.

Pero, ¿por qué pensar que el público no tiene ya un criterio? Es muy citado el estudio que daba a entender que los jóvenes no tienen las competencias necesarias para examinar la información que hallan por Internet. Pero a su manera esos jóvenes tenían un criterio propio, que podríamos formalizar como algo así: créete lo primero que encuentres en internet. No es un criterio que yo recomendaría a nadie, pero oye, es su criterio. ¿No sería también paternalista insistir en que los bibliotecarios saben qué es un buen criterio, pero los usuarios no? En casos así gusto de citar al periodista Esteban Hernández:

La idea de fondo es la siguiente: hay unos hombres muy malos difundiendo información falsa, y como la gente es mentalmente limitada y se cree todo lo que le dicen en internet en lugar de leer los diarios en papel, pasa lo que pasa: que la democracia se deteriora y ganan los populistas y los rusos. Pero nada de esto ocurriría si los paletos siguieran leyendo la información que nosotros les proporcionamos. En fin, suena raro.

Suena raro, sí. Cambiemos la frase ” leyendo la información que nosotros les proporcionamos” por “el criterio que nosotros le proponemos” y sonaría igual de raro.

Por supuesto, el insistir en el desarrollo de un criterio informativo tiene que ver con el hecho de que no todos los criterios son iguales, puesto que unos nos llevarían a consumir información falsa y otros a consumir información veraz. Pero esto nos deja justamente en el punto de partida: ¿no habíamos quedado en que debíamos ser neutrales respecto a la información? ¿Por qué entonces preocuparse siquiera por si las noticias falsas son en efecto falsas y por si el público las consume libremente?

Desde un punto de vista lógico, la única postura verdaderamente coherente con una estricta neutralidad respecto a la información y al no paternalismo en cuanto al consumo es dejar que cada cual consuma la información que guste con todas las consecuencias que de ello se derive.

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