Leer mucho, leer bien, leer mejor

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Hace unos días, Txetxu Baradiarán publicaba en su blog Cambiando de tercio una breve pero jugosa reflexión sobre uno de los aspectos del estudio Hábitos de lectura y compra de libros 2017.

Txetxu recogía la definición de lo que en el informe se entiende por “lectura”, una definición que se ha mantenido desde el año 2012. De los tres párrafos que conforma la definición, recojo el primero por ser el que da que pensar:

¿Qué entendemos por lectura? Por lectura se entiende al proceso de aprehensión de determinadas clases de información contenidas en un soporte particular que son transmitidas por medio de ciertos códigos, como lo puede ser el lenguaje. Es decir, un proceso mediante el cual se traducen determinados símbolos para su entendimiento.

En base a lo anterior, Txetxu se pregunta si los datos que recogen el informe “son capaces realmente de medir si existe esa aprehensión y si esos símbolos son entendidos”. Una cuestión importante, porque parece ser que el objetivo general del estudio es guiar la formulación de políticas y planes de lectura.

Mi repaso del estudio de Hábitos 2017 se ha quedado en un plano superficial, sin entrar a analizar en detalle gran parte de la información, y resaltando sólo algún aspecto puntual. Aun así creo que no me equivocaría demasiado si afirmara que los datos, como sospecha Txetxu, no miden si se da esa aprehensión o comprensión. Hasta es más que probable que ni siquiera se intente relacionar de ninguna manera ambos fenómenos (el de la lectura y el de la compresión).

Seguro que parte de la respuesta a por qué no se tiene en cuenta la comprensión la da el mismo Txetxu en su entrada:

En próximas entradas iré viendo si hay algo realmente sugerente y novedoso más allá de ese aparente afán de intentar o demostrar, falsamente creo, que se lee más y no si se lee mejor, sobre todo si pensamos que lo importante es la aprehensión y el entendimiento.

Sin duda, la manía de asumir que leer más es lo importante es una de las claves del asunto.

Por supuesto que todos nos alegramos cuando estudios, datos o estadísticas diversas muestran que la gente lee, y que se produce algún aumento en los índices de lectura de una año o edición del estudio al siguiente.

No obstante, a la lectura (y por extensión a la educación y a la cultura) se les supone una serie de beneficios o de poderes. No sólo se espera que la gente lea para que esté muy entretenida o que pase un muy buen rato (que obviamente también), sino que además se espera y desea que la lectura nos abra las puertas del entendimiento, que nos permita ser de alguna forma mejores personas y mejores ciudadanos, menos presa de los prejuicios, de los errores, de la falsedad.

Aunque esa visión de lo que es y lo que permite la lectura tiene mucho de mistificación, no es menos cierto que a pesar de los retrocesos y los conflictos el progreso existe y es real. Pero es difícil apostar por ese progreso si la cuestión se reduce a cuánto leemos, y no a qué leemos, a si a leemos bien o si podríamos hacerlo mejor. Y es que ni que decir tiene que los beneficios que puede brindar la lectura tienen mucha relación con la manera en cómo leemos.

Aunque el informe Hábitos 2017 no recoja datos sobre el cómo se lee, sí existen otros estudios que nos dan una imagen al respecto (una imagen parcial e incompleta, como la que dan todos los estudios).

Así, en diciembre del pasado 2017 la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA) publicaba un estudio internacional sobre el progreso en comprensión lectora. Para España, la buena noticia es que se experimentó el segundo mayor crecimiento en comprensión de todo el estudio. La mala es que la puntuación sigue siendo menor que la media de los países de la OCDE.

¿Por qué importa? La reseña del estudio en ABC contiene un párrafo a destacar:

«Los estudiantes con habilidades de lectura o matemáticas más sólidas también tienden a ser mejores en la resolución colaborativa de problemas, simplemente porque la gestión e interpretación de la información y el razonamiento complejo siempre son necesarios para resolver problemas. Los países con mejores resultados en PISA, como Japón, Corea y Singapur en Asia, Estonia y Finlandia en Europa, o Canadá en América del Norte, también salen bien en la evaluación PISA de solución de problemas en colaboración», explicó a este periódico Andreas Schleicher, máximo responsable del famoso informe.

Otro párrafo significativo, en este caso de la reseña en el diario CTXT:

[…] la evolución de los datos en cuanto a porcentaje de alumnos en niveles avanzados de comprensión lectora continúa siendo deficiente. Tan solo un 6% de los estudiantes españoles obtienen una puntuación por encima de los 625, un porcentaje que contrasta con el 11% del total UE y con el 12% del promedio OCDE.

Y otro párrafo más, éste de El Periódico:

La Comprensión Lectora es una competencia clave -“esencial”, la califica [Xavier] Bonal- para el aprendizaje de cualquier menor, pese al avance que en los últimos tiempos han experimentado otras formas de comunicación, como la audiovisual, y los cambios que estos nuevos lenguajes han introducido en la manera de ver e interpretar los textos escritos. La lectura ( y entender bien lo que se lee) sigue condicionando, pese a ello, la adquisición de la mayoría de conocimientos que adquiere un niño en otras materias.

Los anteriores datos hacen referencia a alumnos en edad escolar. En lo que hace a adultos parece más difícil encontrar datos sobre compresión lectora (seguro que haberlos haylos: si el lector los conoce, no dude en compartirlos). Pero indicios hay. Por ejemplo:

En 2016, El Diario publicaba una noticia que afirmaba que los adultos españoles son los segundos de Europa que peor entienden lo que leen. Más atrás en el tiempo, en 2013 el equivalente al informe PISA para adultos afirmaba que los adultos españoles estaban a la cola en comprensión lectora. La reseña en rtve afirmaba:

El dato más preocupante es que el 27% de los españoles está al nivel más bajo (uno o por debajo del uno) en comprensión lectora, que implica que solo pueden completar tareas de lectura simples. Son capaces de localizar información en un texto corto pero tienen dificultades para extraer información de textos más largos y complejos.

Como digo, lo que he mencionado es un conjunto reducido de estudios no todo lo actuales que sería deseable. Pero al menos dibujan un cuadro a tener en cuenta si lo que nos preocupa es la lectura como proceso de aprehensión.

Ya apuntaba arriba que el hecho de que a pesar de las implicaciones no nos preguntemos más a menudo qué valor en sí tiene el leer más, está relacionado con la normal buena acogida con la que recibimos los incrementos en los índices de lectura. Pero creo que quizá haya dos razones adicionales que suelo mencionar siempre que tengo ocasión, aunque sólo sea como hipótesis razonables.

La primera es que la imagen del hecho lector está claramente sesgada hacia la lectura de ficción. Nada en contra de que el público lea lo que quiera, pero estaremos de acuerdo en que no todos los textos proporcionan las mismas habilidades, las mismas competencias ni los mismos conocimientos. Quizá ni mejores ni peores, pero sí que puede que claramente diferentes.

La segunda razón, relacionada con la primera, es que las reflexiones sobre si podemos leer mejor están siempre bajo la sospecha de elitismo cultural. En el imaginario colectivo se ha implantado la idea de que reflexionar sobre la lectura, sobre lo que nos proporciona y sobre lo que nos puede proporcionar, equivale a querer arbitrar el gusto público, a decir a la gente qué es lo que tiene que leer. En suma, equivale a chauvinismo cultural.

Y es una lástima, porque son cosas que nada tienen que ver. Y es más: si como lectores y como profesionales relacionados con la lectura queremos que el acto de leer nos brinde sus beneficios en un sentido amplio, es necesario incorporar al discurso sobre la lectura la idea de que lo importante no siempre es que la gente lea, a secas.

Para acabar, recojo la manera en que Ramón González expresaba esta idea en El Confidencial, algo que suscribo y con lo que coincido:

Por alguna razón extraña, los libros sobre economía, tribunales, ideas políticas, ciencia en general o ciencias cognitivas en particular son considerados algo no del todo perteneciente a la cultura, sino trabajos técnicos ajenos al interés general o mera divulgación. […]

Está bien que la imaginación tenga mucho prestigio. Pero también tiene sus límites, y si queremos comprender mínimamente al ser humano, cómo funciona y qué cosas hace -en un mundo brutalmente complejo en el que los mercados financieros y las decisiones de la política hacen y deshacen nuestras vidas, en el que la ciencia nos va diciendo más sobre nosotros de lo que jamás habríamos podido soñar, en el que nadie puede saber de todo a pesar de que los tertulianos sean los nuevos tribunos-, no basta con la imaginación. Ésta es un mecanismo innegablemente interesante para saber cómo podrían haber sido las cosas en el pasado, cómo podrían ser en el presente y el futuro, y un magnífico entretenimiento. Pero necesitamos más que eso. Necesitamos realidad, realidad bien contada. Y comprender que ésta forma parte de la cultura tanto como cualquier fruto de la imaginación.

 

 

 

 

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2 comentarios en “Leer mucho, leer bien, leer mejor”

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