¿Y si la culpa no fuera sólo de Llovet?, o los peligros del pensamiento de grupo

pensamiento de grupo

El día 7 de septiembre, el (entre otras cosas) crítico literario Jordi Llovet publicaba en el diario El País un artículo en catalán titulado Les biblioteques pervertides (Las bibliotecas pervertidas).

Llovet escribía su artículo a cuento de otro artículo publicado en el mismo diario, titulado Biblioteques: ja no només per anar a llegir (Bibliotecas: ya no sólo para ir a leer). El dicho escrito era una exposición de la nueva tendencia a considerar las bibliotecas ya no sólo como un “mero almacén de libros”, sino como un espacio que incluye los llamados bibliolabs (o makerspaces), unos nuevos servicios gracias a los cuáles se quiere conseguir reforzar la función socializadora e innovadora del espacio físico de los centros bibliotecarios.

El tono del artículo de Llovet es cínico, cáustico y sarcástico, por lo que era de esperar que despertara pasiones enfrentadas. Lo que sí choca, o al menos a mí, es la desproporción en la respuesta que algunos bibliotecarios/as han propinado a Llovet. Su artículo ha sido tachado de ignorante, tendencioso, parcial, apocalíptico, rancio, manipulador, y no sé cuántas lindezas más. Y todo para regocijo de la grada bibliotecaria.

Lo cierto es que Llovet patina gravemente en algunos momentos de su escrito, como cuando escribe que en el mencionado artículo sobre los bibliolabs se mantiene que “las bibliotecas de Cataluña ya no se plantean prestar libros a nadie”. Eso no es inexacto, sino falso, dados los importantes recursos que se dedican a la compra de libros y los (todavía) importantes números del préstamo en las bibliotecas.

También patina Llovet cuando comenta que “pronto los chicos y chicas del país no sabrán lo que es la literatura, no se les ocurrirá entrar en una librería y, por descontado, si las bibliotecas no se acaban de pervertir en el sentido que ya hemos señalado, entonces tampoco irán”. Los esfuerzos por contagiar el hábito lector que se llevan a cabo en las bibliotecas son muchos y muy variados, por lo que considerar sin más que “pronto” los jóvenes dejarán de ir a las bibliotecas a leer es como poco aventurado.

Pero vamos a tomarnos unos segundos de respiro y a considerar con la cabeza un poco más fría lo que Llovet escribe.

En teoría de la argumentación existe un principio que se supone que todo buen argumentador debería respetar: el llamado principio de caridad. Según la entrada de la WIkipedia sobre el mismo:

En filosofía y retórica, el principio de caridad demanda que las declaraciones del interlocutor sean interpretadas como racionales y, en caso de disputa, que se considere su interpretación más sólida. En su sentido más estricto, el objetivo de este principio metodológico es evitar atribuir irracionalidad, falacias lógicas o falsedades a las declaraciones de los demás, cuándo es posible realizar una interpretación coherente y racional de las mismas.

Tengo mis dudas de que se haya practido el principio de caridad visto el cuasi linchamiento que se ha practicado con el artículo de Llovet. Y es que Llovet puede haber escrito cosas inexactas, o tendenciosas. Pero, al reaccionar contra un artículo basado en declaraciones de bibliotecarios, lo razonable sería preguntarnos en qué medida esas declaraciones bibliotecarias son parte del problema, y si no pueden ser en sí mismas las causas de la controversia. Es decir: lo razonable sería examinar con atención y con la mayor ecuanimidad posible las declaraciones de Llovet, y refutarlas o no en su totalidad si es necesario.

Pero no es eso lo que ha sucedido. Como Llovet ha dicho cosas que no nos gustan, o que no se ajustan a la realidad, hemos preferido tratarle de ignorante a reflexionar si otras de las cosas que dice tienen cierto fundamento.

Y, en mi opinión, sí hay cierto fundamento. Y lo hay porque Llovet está reduciendo al absurdo algunas de las afirmaciones que con más frecuencia se están repitiendo estos días a propósito de la “nueva biblioteca”.

En particular, la idea de que el nuevo modelo bibliotecario implica que ahora las bibliotecas “han de ser capaces de generar conocimiento a través de la experimentación y la creación”, algo a lo que Llovet replica acertadamente: como si eso no se estuviera haciendo ya con la lectura.

O la idea de que ampliar actividades y funciones es propio de las bibliotecas públicas, en especial si quieren sobrevivir, pero sin que se aclare si eso no implica de facto duplicar funciones con los centros cívicos (una cosa, el duplicar funciones con otros agentes culturales, que cualquier manual de biblioteconomía te puede decir que hay que evitar).

O la búsqueda de nuevas necesidades que satisfacer, sin que nadie se plantee si hay límites a las necesidades que ha de cubrir una biblioteca, y en caso de haberlos cuáles serían, sin que se afirme o se niegue si hay un punto en que una biblioteca deja de ser “una biblioteca”, y si eso no nos lleva de nuevo a la duplicación de funciones con un centro cívico (o con los servicios sociales, ya puestos).

En cierto sentido, incluso podríamos decir que Llovet se ha quedado corto. Los discursos sobre los bibliolabs tienen aun más agujeros, como por ejemplo: suponer que, digamos, aprender a cocinar plátano frito o macramé va a hacer de nadie un ciudadano más informado y comprometido, algo, el ayudar a crear ciudadanos más comprometidos, que no suele faltar en estos discursos; o que la presencia del servicio es suficiente para “crear comunidad”, a pesar de la evidencia psicológica que muestra que es un proceso más complicado de lo que nos gustaría.

Y no menos importante es la cuestión de aclarar qué se supone que se espera de los bibliotecarios en este nuevo escenario. ¿Habrían de trabajar en grupos interdisciplinares?: quizá sería lo más sensato, aunque entonces nos tendríamos que preguntar a qué tipo de intermediación informativa nos tendríamos que dedicar, a través de qué soportes estamos difundiendo conocimiento y por qué esos son los privilegiados y no otros. Ello por no hablar de las resistencias que hay al simple hecho de recomendar lecturas, de las carencias en cuanto a conocimiento del fondo o del simple compromiso de contribuir a difundirlo.

Por supuesto, ante todo lo mencionado podríamos decir que los bibliolabs encajan con las funciones de la biblioteca pública tal y como las define el manifiesto de la UNESCO, y quedarnos tan panchos. Y ello sería cierto, pero también sería cierto que eso no eliminaría las inconsistencias, las indefiniciones y las tensiones de las que he hablado: sólo las escondería debajo de la alfombra.

Se ha acusado a Llovet (entre otras cosas) de no tener ni idea de qué se hace en las bibliotecas públicas, y de haber escrito en consecuencia un artículo desinformado. Ciertamente, si Llovet se hubiera tomado la molestia de informarse sobre ciertos aspectos del trabajo bibliotecario quizá no habría escrito algunas cosas.

Pero, como digo, Llovet estaba reaccionando a las declaraciones de figuras públicas del mundo bibliotecario sobre lo que se supone que es la biblioteca que nos espera. Pedirle a Llovet que haga un trabajo de campo y de investigación para escribir su artículo podría parecer acertado. Pero, a pesar de que es de agradecer (y muy necesario) el esfuerzo que algunos bibliotecarios llevan a cabo para transmitir al público la imagen de una biblioteca renovada, no sería menos acertado pedir que los bibliotecarios mejoráramos nuestros discursos para evitar malentendidos innecesarios. Si es que podemos mejorarlos, claro.

Si no nos esforzamos en ello, estaremos culpando a Llovet (o a quien sea) de no haber entendido lo que nosotros queremos que entienda. En otras palabras, le estaremos culpando de tener una opinión propia formada a partir de lo que nosotros hemos transmitido al público.

En ese sentido, uno de los pocos momentos sensatos en esta polémica provenientes de una representante pública del colectivo bibliotecario ha sido un tuit de Glòria Pérez-Salmerón, en el que dice que “Ante este artículo creo que los bibliotecarios nos hemos de saber explicar mejor”.

Aunque su tuit haya pasado más bien desapercibido en comparación a otros, al menos es un atisbo de autocrítica, algo de lo que los bibliotecarios no parecemos andar sobrados. Tenemos la piel muy fina, como se suele decir. Quizá siguiendo el signo de los tiempos en tantos otras controversias sociales, parece que aquí también tienes que posicionarte única y exclusivamente en un bando: o estás con nosotros o estás contra nosotros. La crítica no es vista como algo normal y hasta saludable, que puede ayudarnos a mejorar lo que hacemos, sino simplemente como el signo de la ignorancia… de la ignorancia ajena, claro.

A pesar de lo que creamos, blindarse ante la crítica dejando todo el peso de la responsabilidad a la otra parte no es defender la profesión. Más bien, es lo que los psicólogos denominan pensamiento de grupo:

El pensamiento de grupo es un fenómeno psicológico que sucede dentro de un grupo de personas en el que el deseo por la armonía o la conformidad resulta en una toma de decisiones irracional o disfuncional. Los miembros del grupo intentan minimizar el conflicto y llegan a una decisión de consenso sin una evaluación crítica de puntos de vista alternativos suprimiendo activamente los puntos de vista discrepantes, y aislándose de las influencias externas.

 

En esta tormenta también he podido leer que el artículo de Llovet simplifica de manera tendenciosa una realidad compleja. Ciertamente, la realidad bibliotecaria es compleja, y justamente por ello deberíamos redoblar los esfuerzos para no transmitir mensajes simplones, fórmulas manidas o tendenciosas.

Critiquemos pues las afirmaciones incorrectas que se hacen sobre la tarea bibliotecaria, pero dejemos un espacio para la autocrítica y para reflexionar si no puede ser que estemos haciendo algo mal. Porque en momentos de inestabilidad y de cambio, el pensamiento de grupo es lo último que necesitamos.

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2 comentarios en “¿Y si la culpa no fuera sólo de Llovet?, o los peligros del pensamiento de grupo”

  1. No sabes cuanto te agradezco tu reflexión, tengo algunas dificultades con el catalán, por lo que no puede entrar de lleno a analizar el dichoso artículo, aunque seguí parte de la polémica gracias al twitter y el tuit de Gloria. Tu post, clarifica e invita a la reflexión y la autocrítica de nuestro colectivo.

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