Respetar al público, o ¿habría que darle a la gente sólo lo que quiere leer?

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“Las bibliotecas deben darle a sus usuarios aquello que quieren”; “Hay que satisfacer las demandas de los usuarios”; “Los bibliotecarios no somos quien para juzgar el consumo cultural de los usuarios”;… Son ideas recurrentes que suelen aparecer en la también recurrente cuestión de si las bibliotecas han de formar sus fondos con los documentos que demanden (o parezcan hacerlo) los usuarios o si han de apostar por algo más. Es decir: el problema de si hay que privilegiar la demanda sobre la calidad.

Me he tropezado con un interesante artículo de hace ya unos años de Bob Usherwood, profesor emérito de la University of Sheffield que trata sobre este dilema. En realidad, la postura de Usherwood es bien clara (una postura que desarrolla en extenso en su libro Equity and Excellence in the Public Library: Why Ignorance is Not our Heritage), y vale la pena recoger aquí algunos fragmentos que hablan por sí solos (los fragmentos son una traducción propia del original inglés).

Puede que lo que voy a decir me sitúe en el lado equivocado de la moda actual, pero no puedo estar de acuerdo con la sugerencia de que las bibliotecas públicas deberían centrarse en “libros populares y actuales” al considerar la compra de obras. […] “Sabemos que es una basura pero es lo que la gente quiere” […] Yo espero de los responsables de la bibliotecas que rechacen esas ideas filisteas y condescendientes y ofrezcan al público una imagen más profunda y valiente de la biblioteca pública. Quiero que combatan la cultura de la ignorancia porque la ignorancia es el enemigo de la igualdad y la amiga del prejuicio. La ignorancia excluye a la gente de una participación plena den una sociedad democrática. En una época en la que podemos ver en todas partes los peligros de la cultura de la celebridad y dels consumo los bibliotecarios públicos tienen la responsabilidad de proporcionar y promover materiales más valiosos [worthwhile]. Los bibliotecarios deberían ser influenciadores en lugar de seguir servilmente las tendencias populares. Ésta no es, como algunos críticos sostienen, una posición elitista sino una que aumentará el gozo de la gente y que les abrirá nuevas oportunidades y experiencias.

 

Los buenos bibliotecarios también elevan las expectativas. Sólo almacenar libros que reflejan el gusto asumido del público es un acto condescendiente y que refuerza los valores superficiales del mercado y de los medios. Es un insulto a la inteligencia de la gente de todo tipo de orígenes que son, como muestra la historia, más que capaces de disfrutar de obras de excelencia. En una democracia, el papel de las bibliotecas públicas es proveer igualdad de acceso a colecciones y servicios de primera clase. […] los bibliotecarios públicos no deberían sólo dar a la gente lo que quiere, porque la gente se merece más que eso. Deberíamos respetar al público y no tratar a los usuarios como si tuvieran aspiraciones intelectuales limitadas. Deberíamos animarles a experimentar y a probar algo diferente, y quizás experiencias lectoras más difíciles.

 

Los bibliotecarios públicos deberían estar preparados, en todos los sentidos de la palabra, para seleccionar y gestionar sus colecciones sobre la base de decisiones profesionales en lugar de en base a alguna dudosa técnica de marketing o de una fórmula matemática. Deben tener la seguridad para hacer juicios fundados en su conocimiento de sus comunidades y del material disponible. Para conseguirlo necesitarán educación y entreno en desarrollo de colecciones y en gestión del stock. Deberán ser animados, de hecho obligados, a leer como parte de su desarrollo profesional.

 

Si la biblioteca pública tiene que sobrevivir y permanecer fiel a su propósito público necesitará proteger y promover la buena escritura, ya sea ficción o no-ficción, y la provisión de información de confianza y rigurosa. Al proveer información y servicios de imaginación necesitará poner a disposición de todos “lo mejor que haya sido pensado y dicho”. […] Si los bibliotecarios se centran sólo en comprar lo que aquello sobre lo que la gente ya sabe, actuarán en contra de la adquisición de materiales de alta calidad aunque menos de moda que enriquecerán las colecciones bibliotecarias y en última instancia a los lectores y las comunidades que los usan.

 

Párrafos con los que seguro no estarán de acuerdo todos los bibliotecarios, pero que seguro dan que pensar. Lee el artículo completo de Bob Usherwood para conocer toda su argumentación.

 

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