¿Estamos sobrevalorando la conversación?

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Esta entrada es casi un corolario a la última entrada del blog, sobre si WhatsApp acabará representando una nueva iniciativa frustrada por parte de las bibliotecas (entrada que redacté a cuento del artículo de la compañera en BiblogTecarios Sandra Clemente sobre el uso de WhatsApp en las bibliotecas universitarias). Como en aquel caso, también aquí quiero hacer algunas reflexiones breves y un tanto desordenadas.

Quizá “sobrevalorar” no sea el verbo más adecuado: por supuesto que creo que la conversación es necesaria. Lo que sucede es más bien que hemos puesto demasiado fe en en ella. Lo hemos hecho, o lo estamos haciendo, porque es lo que toca: si queremos conseguir centros más cercanos y eficientes es lógico apostar por la conversación con los usuarios. Pero no estaría de más que en algún momento nos planteáramos algunas cuestiones en torno a la conversación.

La primera de ellas, y no la menos interesante, es qué hemos de entender por conversar. A nivel intuitivo todos sabemos de qué estamos hablando: un intercambio de información bidireccional entre dos agentes. Si es así, ¿un “me gusta” cuenta como conversación?; ¿y un retuit? Puede que sí, y seguro que son formas útiles de interacción.

No obstante, se apuesta por la conversación como medio para alcanzar diversos fines, como por ejemplo: fidelizar usuarios, captar nuevos públicos, crear planes de desarrollo de la colección participativos, crear comunidad,… Creo que estaremos de acuerdo en que para algunos de esos fines de alto nivel (los más programáticos o de estrategia) las interacciones en redes sociales son muy insuficientes. Es un primer paso, claro. Si no diéramos la opción de establecer comunicación, no podríamos pensar en objetivos posteriores.

Pero, como digo, no me parece obvio que de un like o un RT se pase a un desarrollo participativo de las colecciones, o a crear una comunidad. Y es que son cuestiones que parecen demandar mucho más por parte tanto de las bibliotecas como de los usuarios: nivel de compromiso con los bienes públicos, redes de confianza y de afinidad preexistentes, cultura colaborativa,… Es decir, se necesita un amplio abanico de motivaciones y de razones abstractas. Podríamos ver lo que digo contemplando las palabras de Michael Gorman sobre el argumento que reza que los nuevos servicios bibliotecarios son una manera de atraer al público joven hacia la lectura:

El argumento de que esa gente joven vendrá a jugar a videojuegos y pensarán, “Oh, por cierto, debo llevarme en préstamo ese libro de Dostoyevski”, me parece absurdo.

En nuestro caso, yo no diría que es una idea absurda, pero sí que se requiere bastante más que interacciones en redes sociales. Siempre habrá bibliotecarios que constaten que a ellos la estrategia les ha funcionado. Como ya escribí en su día, analizar los casos de éxito puede ser muy instructivo y útil, pero también una trampa muy destacable si nos los tomamos al pie de la letra, sin considerar las particularidades de cada caso concreto.

Y hablando de interacciones digitales. Mucho se remarca que es necesario evaluar la respuesta de las iniciativas en redes sociales, aunque mucho menos se menciona que la gran mayoría de usuarios de las redes no interacciona con los emisores: se limitan a escuchar y a consumir contenidos. Eso no quiere decir que no debamos ser cuidadosos con nuestros mensajes, que no debamos evaluar o que no valga la pena estar en redes. Lo que quiere decir es… bueno, que es más probable que los usuarios no interaccionen que sí que lo hagan.

Podríamos decir que si no conseguimos interacciones, o no las suficientes para dar por conseguido el objetivo que perseguíamos, lo que debemos hacer es dejar de llevar a cabo esa acción y pasar a otra cosa. En este punto podríamos hacer una consideración que ya apunté en otra entrada de este blog:

Determinados tipos de contenidos funcionan mucho mejor en las redes sociales que otros. Pero, los contenidos que consiguen menos interacciones, ¿son menos buenos o menos válidos?; ¿deberíamos, digamos, dejar de hablar de poesía o de física (si es que lo hacemos) porque despiertan menos interacciones? Otra manera de plantearlo podría ser ésta: ¿hasta qué punto el rendimiento de una institución pública comprometida con la educación y el conocimiento ha de ser evaluada con los mismos parámetros que una institución privada?

El tema del silencio por parte del usuario también podría llevarnos a pensar en una posibilidad obvia: quizá es que el usuario, simplemente, no quiere hablarnos. En este caso se suele decir que los bibliotecarios estaremos haciendo algo mal, como si no pudiese ser que los usuarios no quisieran conversar (recordemos que conversar no tiene por qué ser necesariamente un like o un RT). Así que se nos invita a revisar nuestros contenidos, nuestro plan de marketing, nuestro estilo de comunicación,… Vale, y si después de que lo hayamos hecho, seguimos sin conseguir que nos hablen, ¿entonces qué?

De nuevo, lo que acabo de decir no debería ser un salvoconducto para la lasitud, la inercia o la falta de planificación, o ni siquiera un motivo para abandonar las redes y las aplicaciones: puede que los usuarios no quieran hablar, pero nosotros podemos seguir comunicando unidireccionalmente para transmitir una imagen, una historia. Lo que más bien quiere decir es que, al fin y al cabo, no toda la responsabilidad tiene por qué ser siempre y en todo momento del bibliotecario. ¿No sería una idea razonable dejar de fustigarnos con un látigo de siete colas?

Algunas de las reflexiones que he hecho hasta aquí bien podrían ser aplicables al énfasis que está tomando la idea de que es necesario apostar por la biblioteca como un espacio físico de conversación y de intercambio con el usuario. Se suele loar la conversación, la interacción cara a cara, y se suelen ensalzar sus virtudes, en ocasiones al rebufo de análisis como el de Sherry Turkle en su libro En defensa de la conversación: una defensa de las interacciones cara a cara y del silencio, cosas que estamos perdiendo (según la autora) a causa de nuestro excesivo apego a las nuevas tecnologías.

No puedo hacer ningún análisis sofisticado de la obra de Turkle, pero sería instructivo considerar hasta qué punto lo que Turkle propone es una idealización sin fundamento (o con poco). Y es que una cosa es la asunción muy razonable de que un uso excesivo de las nuevas tecnologías puede dañar interacciones cara a cara, y otra muy distinta es presentar una imagen solamente positiva de estas últimas: sí, las conversaciones en persona tienen indudables virtudes, pero también son el espacio que paradójicamente crea la incomprensión mutua, que desata los juegos de poder y que muestra los prejuicios de cada cual.

Apostar por la conversación es necesario, y en el caso de las bibliotecas lo es mucho, pero quizá no deberíamos hacerlo a costa de idealizarla de una manera injustificada. Como en el caso de las interacciones online, hay conversaciones y conversaciones, y una buena conversación suele requerir más que las ganas o la posibilidad de conversar (aunque obviamente sin esos requisitos no sería posible).

 

 

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