Super entusiasmados (con las nuevas bibliotecas)

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De vez en cuando, aunque no muy a menudo, se puede encontrar en los diarios mayoritarios una noticia relacionada con las bibliotecas. La última que he podido leer ha aparecido en el diario El País, con fecha de 24 de mayo, y está escrita por Javier A. Fernández.

En el artículo, a base de mencionar iniciativas que tienen lugar en las bibliotecas actuales, se muestra cómo ha cambiado la concepción de estas instituciones: lugares para estudiar, pero también para reunirse, lugares en los que se llevan a cabo actividades de lo más variadas, como talleres y clubes de lectura, instituciones abiertas a tendencias sociales como los videojuegos o la pasión por los cómics.

Pero al mismo tiempo que podemos celebrar el artículo, también hay frases e ideas que me dan que pensar… y no para bien, precisamente.

Por ejemplo, el subtítulo mismo del artículo:

Estas instituciones [las bibliotecas] han dejado de ser templos del silencio para convertirse en espacios culturales llenos de actividades que ocupan edificios, de nueva construcción y rehabilitados, de gran valor arquitectónico.

En realidad las bibliotecas siempre han sido “espacios culturales”, aunque es obvio que sólo en tiempos recientes se han llenado de actividades. Digo “tiempos recientes” para contrastar ese periodo de tiempo con la dilatada existencia de las bibliotecas, pero está claro que las bibliotecas ya llevan unos cuantos años ofreciendo la mayoría de actividades que se comentan en el artículo.

Mención especial merece la cansina referencia a que las bibliotecas ya no son “templos del silencio”. Quizá no lo sean, pero una parte nada despreciable de los usuarios siguen acudiendo a las bibliotecas por el silencio. Y si es así, ¿qué problema hay con ello? ¿No tienen derecho también a pedir y reclamar silencio?

El conflicto ruido-silencio es una de las eternas cuestiones en el mundo bibliotecario. Está claro que lo ideal sería un equilibrio, en el que pudieran convivir el ruido y el silencio para aquellas personas que así lo deseen. Aunque también está claro que la gestión de ese equilibrio es mucho más difícil de lo que parece y de lo que sería deseable.

¿Se hace referencia en el artículo a los usuarios que reclaman silencio?; ¿o a la necesidad del silencio para ciertos tipos de lectura o de reflexión?; ¿o a la gestión de la convivencia entre ruido-silencio? Pues no, ninguna de esas cuestiones es abordada.

Señalemos otras líneas significativas:

En las dos últimas décadas [las bibliotecas] han pasado de  meros lugares para el préstamo de libros a auténticos centros culturales enclavados en luminosos edificios de nueva construcción y en antiguas fábricas, iglesias e incluso zoológicos reconvertidos en templos de la lectura.

Una buena parte de los usuarios y de los profesionales (quizá la mayoría de éstos) quieren que las bibliotecas sean más que libros, cosa que desde hace tiempo ya son (como apuntaba más arriba). Pero fijémonos en la referencia un tanto denigrante: “meros lugares para el préstamo de libros”. ¿Qué tiene de malo prestar libros? ¿No siguen siendo los libros y la lectura el negocio central de las bibliotecas? Y si es así, ¿por qué utilizar el adjetivo “mero”?

El artículo también recoge declaraciones llamativas, como las de Paola Sobrini, de la Comunidad Autónoma de Madrid, que dice:

Las bibliotecas crean adicción.

Me gustaría creer que sí, pero me parece que ése no es el caso para los dos millones de personas que han dejado de acudir a las bibliotecas públicas del Estado en la primera mitad de esta década, según informaba el diario Bez. De ello no se hace mención en la noticia de El País, por cierto.

Otra declaración llamativa, la de María Cruz Acín, directora de la Biblioteca para Jóvenes Cubit, en Zaragoza, cuyo público objetivo son los jóvenes de entre 13 y 25 años. Según nos explican en El País, dicha biblioteca no tiene ni mesas ni pupitres, los lectores se repatingan en sofás y “hay música todo el tiempo y los usuarios pueden jugar a la videoconsola”. Dice Cruz:

No mencionamos la palabra biblioteca porque nos expandimos más allá de ese concepto

Claro que sí hombre, no vaya a ser que esos jóvenes hagan la relación biblioteca = lectura, se asusten y les dé un patatús…

 

En fin, para qué seguir. Como siempre que se hace alguna crítica de este tenor, conviene hacer las aclaraciones pertinentes: estoy totalmente a favor de expandir el concepto de biblioteca, de incorporar nuevos servicios, intentar atraer a nuevos públicos, y etc.

Discursos como el de la noticia que he comentado son omnipresentes en la profesión en estos últimos tiempos, y creo que son necesarios para recalcar el esfuerzo que se está haciendo por cambiar y proyectar una nueva imagen pública. Pero, también como en el caso de El País, parece que están movidos por un exceso de excitación, o de entusiasmo, que tiene un lado oscuro.

Porque deberíamos preguntarnos si, en realidad, decir que las bibliotecas ya no son  “meros almacenes de libros” nos beneficia, en un momento en el que las bibliotecas se siguen caracterizando por tener libros; si nos beneficia decir que las bibliotecas ya no son templos del silencio, cuando no pocos usuarios siguen demandándolo y vienen a las bibliotecas justo para eso; si nos beneficia decir que las bibliotecas se caracterizan por sus espacios innovadores y flexibles, cuando un buen número de centros carece de ellos.

En resumen: queremos fomentar una nueva idea de la biblioteca innovadora y rompedora cuando todavía contamos con las bibliotecas de siempre (y que conste que ese “de siempre” para mí no tiene necesariamente un matiz negativo). Y esa discrepancia provoca una triple carambola: genera expectativas que muchos centros no pueden cumplir, ningunea la excelente labor “tradicional” de muchos centros para con sus comunidades y nos impide si quiera considerar qué otras cosas podríamos hacer con lo que ya tenemos. Es como pegarse un tiro en el pie, pero a cámara lenta.

 

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