Sobre el futuro de las bibliotecas: ¿un largo rodeo?

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Ya se han cumplido 10 años desde que comencé mis estudios en Biblioteconomía y Documentación (cuando todavía se llamaban así) en la Universidad de Barcelona. Aparte de hacerme sentir viejo, es un tiempo que me viene a la memoria con frecuencia en este presente al leer lo que se dice sobre el futuro de la biblioteca pública.

Cuando estudiaba el ambiente era de una no disimulada inquietud: ¿dónde quedarían las bibliotecas con el auge de las nuevas tecnologías? Sin duda que había variedad de opiniones, pero las más difundidas coincidían en que los bibliotecarios debían ponerse las pilas en lo referente al conocimiento y al uso de las nuevas tecnologías.

Recuerdo que no eran pocos quienes decían que tareas como la catalogación y el análisis de contenido pasarían a mejor vida. Había que centrarse en la web 2.0 y en las posibilidades de la biblioteca digital. En ese sentido, casi parecía que no eras nadie si no sabías montar un servidor, o no sabías crear una página con HTML y CSS. Eso era el futuro, así que no se podía dejar de estar ahí.

Pero ahora resulta que no, que no era eso, que el futuro de la biblioteca pasa por otras cosas. No es que se niegue el valor de la tecnología, ni mucho menos. Pero en estos tiempos se incide casi sin descanso en el valor social que puede aportar la biblioteca y en la vertiente social del bibliotecario: hay que crear comunidades, ser uno más en una conversación siempre en marcha, acompañar a los usuarios en la gestión colectiva del conocimiento. Hay que saber conectar con el público, ganarnos a los diversos grupos de nuestras comunidades para ofrecerles justo lo que quieran encontrar en nuestros centros.

Y hay que hacer todo ello porque es una cuestión de supervivencia para las bibliotecas y porque el modelo de difusión de la información está anticuado: no podemos competir en ese aspecto en el actual panorama informativo. Hay que centrarse en otras misiones de la biblioteca que son, se dice, más valiosas que conservar y difundir información.

Francamente, en ocasiones estas cosas me causan un cierto enojo. Me pregunto por qué será que no podemos competir en cuanto a difundir información. Puede que sea por la aparición de Internet. Claro que también podría ser porque como bibliotecarios al menos nos hemos pasado 20 años taladrando al personal con el tema de que, en el futuro, las habilidades “tradicionales” de los bibliotecarios no tendrían cabida. Han sido 20 años prácticamente desperdiciados en ese aspecto, un periodo en el que podríamos haber intentado posicionar a las bibliotecas como un agente más de difusión activa de la información, del conocimiento y de la cultura (y no me refiero sólo a crear guías de lectura).

La prueba de lo honda que ha sido esa huella son los reparos que todavía a estas alturas muchos profesionales sienten a la hora de “prescribir” cultura, incluso utilizando el término mucho más inocuo e inofensivo de “recomendar”. Cómo no, es una buena noticia la aparición de algo como el Postgrado de Prescripción Lectora de la Universitat de Barcelona, que en el momento de escribir esto está celebrando su primera edición. Me quedé con las ganas de poder participar (no fui seleccionado). Como digo su aparición es una buena noticia, aunque llega nada más y nada menos que 102 años (¡102!) después de la aparición de l’Escola de Bibliotecàries, la precursora de la Facultat de Biblioteconomia de la Universitat de Barcelona.

Supongo que hasta ahora se pensó que no hacía falta que los bibliotecarios conocieran sus colecciones, o que tuvieran conocimientos de literatura. O quizá se daba por hecho el que ya los poseían. En cualquier caso, si hemos de creer algunas opiniones, ¿para qué molestarse?: ya llegamos tarde.

Curiosa también la manía por lo comunitario y la vertiente social. Como siempre que tengo la ocasión de hacer, reitero que creo que las funciones sociales de la biblioteca pública son muy necesarias, y pueden aportar cosas valiosas a un buen número de personas. Pero puestos a quejarme, tengo dos puntualizaciones.

La primera es que, de forma parecida a lo que sucedía con el conocimiento de la herencia cultural, hasta hace no demasiado en los planes de estudio no era fácil encontrar asignaturas que tuviesen algo que ver con la atención directa al usuario, la resolución de conflictos o las estrategias de comunicación y negociación. Esas materias se veían como algo antediluviano, casi superfluo. Lo que de verdad molaba era aprender código y crear wikis. Mira por donde, ahora son habilidades de lo más necesarias y casi que no pasa semana en que alguien nos lo recuerde. Tarde otra vez.

Por supuesto que es injusto pasarnos la vida culpando a los responsables de los planes de estudio de nuestras carencias (reales o supuestas). Los planes de estudio son un reflejo de las preocupaciones y de las tendencias del momento. Tampoco parece justo culpar a esas tendencias de cualquier desaguisado, porque ni que decir tiene que conocer el futuro es imposible. Pero ése es precisamente el punto: en un ámbito en que la certeza no existe, es muy fácil mezclar el conocimiento con la simple ideología, con aquello que creemos, que esperamos o deseamos. Una tendencia muy natural y humana de la que todos pecamos, pero que puede producir consecuencias imprevistas.

La segunda puntualización es que resulta un tanto extraña la insistencia en rebajar la importancia de la difusión de información, y poner a esa actividad por debajo de la cuestión social. Sí, ya sabemos que llegamos tarde a la competición (¿por qué será?), pero contraponer la difusión de información a lo social es una falsa dicotomía: es como si las funciones sociales no se llevaran también a cabo en base a la información y al conocimiento, como si en la alfabetización informacional, la animación a la lectura y en esa cosa misteriosa que es la “creación de comunidades” no se produjeran intercambios de información y conocimiento.

La difusión del conocimiento es sólo una de las funciones de las bibliotecas, claro que sí. Pero es una actividad sin la que el aprendizaje y la educación no tienen ningún sentido. Desterrar a una categoría inferior a esta actividad no ayuda en nada a cumplir los objetivos de la biblioteca. Y es más: hasta es dudoso que si lo hiciéramos, una biblioteca siguiera siendo una “biblioteca”. Por descontado que las bibliotecas no son los únicos lugares en los que se intercambian información y conocimiento, pero por mucho que nos empeñemos ésta sigue siendo la actividad definitoria de lo que es ser una biblioteca. Sin ella la biblioteca puede ser un estupendo centro social, de reunión, un centro cívico que lleve a cabo importantes funciones. Pero ya no será una “biblioteca”.

Quizá puedas decir que esto último es sólo una cuestión semántica. Quizá puedas decir que ese cambio sólo respondería a la evolución natural de estas instituciones. Pero no sería del todo cierto. Los bibliotecarios hemos tenido (algunos más que otros) una responsabilidad activa a la hora de contribuir a definir lo que las bibliotecas son y serán, por medio de nuestros discursos y de nuestras expectativas sobre el futuro. Hagamos autocrítica y aprendamos tanto de aciertos como de errores, e intentemos no repetir estos últimos.

Imagen via The Shifted Librarian

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