Las supersticiones en las bibliotecas públicas: ¿vivas y coleando?

Ésa sería la traducción aproximada del artículo de Miroslaw Kruk The superstitions in public libraries: alive and well?, publicado en el año 2001 en The Australian Library Journal.

Las supersticiones a las que se refiere Kruk son lo que podemos denominar pseudociencias: feng shui, ayurveda, numerología,… y en general la mal llamada “medicina alternativa”. Kruk se pregunta si las bibliotecas deberían tener entre sus fondos obras de ese tipo, aunque la pregunta es más bien retórica: en su opinión dichas obras no deberían tener cabida en las bibliotecas. Y ello en base a la que para Kruk ha sido la misión tradicional de las bibliotecas: contribuir a la educación y la formación de las personas.

Es un artículo contundente, lleno de párrafos duros. En esta entrada voy a recoger, traducidos, algunos de esos párrafos como materia para la reflexión. Te invito a que consultes el artículo completo para tener más contexto, conocer los argumentos al completo y comprobar por ti mismo la veracidad de mis traducciones. 

Como suelo hacer en estos casos me apresuro a puntualizar que no comparto necesariamente el punto de vista de Kruk, no vaya a ser que algún exaltado ponga en mi boca ideas que puedo no apoyar al cien por cien (mi propio punto de vista sobre la cuestión puede leerse aquí).

Para Kruk la presencia de “libros supersticiosos” en las bibliotecas es una señal del irracionalismo que campa por la sociedad, e indica que se ha abandonado la visión de la biblioteca como una institución educativa:

La presencia de libros supersticiosos en las bibliotecas públicas es la señal de un cambio fundamental en su papel. El lector no tiene garantía que los libros de la biblioteca le vayan a hacer más sabio o le hagan adquirir más conocimiento. Su sentido común puede verse asaltado. Los lectores que respetan las bibliotecas públicas y que asumen que las bibliotecas siguen siendo “templos del conocimiento” puede que se sorprendan al encontrar libros que propagan las ideas más bizarras. 

Cómo no, para Kruk los bibliotecarios son responsables de esta situación:

Los bibliotecarios, carentes de un claro posicionamiento ético e influenciados por argumentos populistas dudan sobre qué estándares deberían utilizarse y se resisten a hacer juicios sobre los libros. Se deja a los lectores hacer la elección y evaluar la materia de su lectura. Desde esta perpectiva todos los libros son considerados iguales. Es generalmente aceptado que no se puede negar a los lectores la literatura que demandan incluso si ésta es trivial y vulgar (vulgaris: que pertenece a la multitud) y que interferir en las preferencias lectoras de alguien sería inaceptable. Por tanto, la selectividad en el desarrollo de la colección se está tornando sospechosa, y defender una mayor discriminación a la hora de seleccionar libros para las colecciones de las bibliotecas sería considerado elitista o un golpe de censura.

Kruk contempla este “relativismo” con preocupación en base a sus supuestas consecuencias: la colección podría sufrir por falta de un desarrollo lógico e intencional. Pero, además,…

querer satisfacer a todo lector traería como consecuencia la invasión de libros con cada vez más ideas bizarras […] si junto a una sección con libros sobre ciencia debe haber una colección de materiales pseudocientíficos, y si los libros sobre medicina deben compartir estante con publicaciones de medicina “alternativa”, los bibliotecarios pueden verse bajo la presión de crear colecciones para todo el mundo. Libros sobre Darwinismo tendrían que ser “compensados” con libros escritos por creacionistas; aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial tendrían que ser complementados con libros que presentaran la versión nazi de los hechos. 

Y continuando con el deseo de satisfacer a todos los lectores:

El modelo moderno de biblioteca pública que opera como un servicio a los clientes tiene una debilidad fatal. Si los clientes tienen siempre la razón su elección de libros debe ser respetada e implementada en las políticas de colección. Los libros que los clientes quieran les deben ser proporcionados independientemente de su valor intrínseco. Sin embargo, al hacerlo las bibliotecas se exponen a la tiranía del cliente. La calidad de la colección sufrirá en ese caso, aunque el número de usuarios de la biblioteca crezca.

Kruk cree que este último es un dilema serio, y las bibliotecas no están solas en el problema: otras instituciones como las escuelas, las universidades o los museos se enfrentan a disyuntivas parecidas. No obstante, para el autor si tanto las bibliotecas como esas otras instituciones no se han convertido ya en “campos de batalla en nuestras guerras culturales” es porque la mayoría de la gente cree que las ideas tienen pocas consecuencias. Kruk no comparte esa opinión:

Los libros supersticiosos en las bibliotecas públicas tienen un impacto real sobre los lectores. El estatus de la biblioteca entre sus usuarios sigue siendo tal que la disponibilidad de ciertas clases de libros en ella los cualifica como fuentes legítimas de información. Su presencia en las bibliotecas les proporciona credibilidad, especialmente si la biblioteca no ofrece la precaución de que no todos los libros en sus colecciones proporcionan información fiable. 

Pero si se proporcionase una advertencia semejante “ello despertaría preguntas sobre la honradez de aquellos que seleccionan el material para la adquisición”, por lo que para Kruk las bibliotecas se encuentran en una disyuntiva:

O bien vuelven a su noble misión civilizadora o se convertirá en un templo de la ignorancia.

Para Kruk no es factible pensar que los libros “cuya esencia es la falsedad y la desinformación desaparecerán de las bibliotecas en un futuro cercano”, por lo que en su opinión lo mínimo que se puede hacer es discutir estos problemas públicamente:

Los bibliotecarios tienen la obligación social de explicar los motivos para adquirir materiales supersticiosos si deciden gastar el dinero público de esa manera. 

Como puedes ver, y como advertía al comienzo, son unos párrafos duros, incluso diría que excesivos en algunos momentos: uno de los imperativos éticos de los bibliotecarios es no censurar información y velar porque las colecciones presenten una amplia variedad de materiales. Es injusto acusar a los bibliotecarios de querer velar por ese principio. Aun así, el artículo de Kruk es una materia más que jugosa para despertar las propias reflexiones…

Imagen via GuerrillaPop

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