Las bibliotecas y los límites del pensamiento crítico


El día 21 de febrero los amigos del grupo Baratz publicaban un muy recomendable artículo sobre el papel que las bibliotecas pueden jugar en la lucha contra las fake news. Sin duda que es una cuestión importante, y que aplaudo las posturas que defienden la biblioteca como un agente promotor del pensamiento crítico.

La gente de Baratz tuvo el detalle de enlazar a un artículo que había escrito para este blog sobre lo, a mi juicio, insuficiente de la Alfabetización Informacional (ALFIN) en la lucha contra las noticias falsas. Cosas de la serendipia, también el día 21 encontré un artículo en Magonia que reafirma lo que ya escribí en la entrada sobre la ALFIN, y en general sobre el limitado papel que creo que las bibliotecas están jugando a la hora de combatir la desinformación. 

Magonia es uno de los sitios web más populares en cuanto al fomento del escepticismo y del pensamiento crítico, así como en el combate contra el mundo de las pseudociencias. En el artículo, titulado Engañarnos es muy fácil, se recogen declaraciones de cuatro distinguidos escépticos y defensores del pensamiento crítico sobre una cuestión importante: ¿el fomento del pensamiento crítico es una cuestión de maś educación? Digamos que la conclusión general que se desprende del artículo es que hay que apostar decididamente por el pensamiento crítico, pero que éste por desgracia nunca va a ser suficiente. Recogeré algunas ideas destacables.

Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Lógica y Filosofía de la ciencia en la UNED, apuesta por una mayor presencia del pensamiento crítico en la educación, aunque no está convencido de que una mayor educación sea el antídoto contra la desinformación y las supersticiones. Y es que como señala el filósofo, en las franjas de la población más educadas se sostienen notables ideas erróneas, a pesar de la información disponible sobre ellas, como la resistencia a creer en el potencial sanitario de las vacunas. 

Juan Ignacio Pérez Iglesias, biólogo y titular de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, también cree que el alcance del pensamiento crítico es limitado si tenemos en cuenta el poder de los sesgos sobre la mente humana. Para Pérez Iglesias estos sesgos y el peso de lo emocional son determinantes a la hora de explicar algunos fenómenos, como las tendencias de voto o la insensibilidad ante la corrupción. Zamora Bonilla también apoya esta postura:

Es muy fácil engañarnos. Cuando entran en juego la política y la ideología, es igual de fácil engañar a cien catedráticos universitarios que a cien conductores de autobús.

El economista José Luis Ferreira, profesor de la Universidad Carlos III, parece tener más clara la duda sobre el alcance del pensamiento crítico. De nuevo, Ferreira defiende el fomento del pensamiento crítico en la educación, pero negando algunas de las afirmaciones que se sostienen sobre el poder del pensamiento crítico. Escriben en Magonia:

Frente a quienes sostienen que “los gobernantes nos quieren tontos”, él considera que esa visión conspiranoica carece de sentido. “No hace falta. Está visto que podemos ser educados y votarles de todas maneras. Lo puedo entender en otras épocas y en regímenes autoritarios, donde una élite expulsa de la educación a las mujeres y a las minorías, pero no creo que ningún dirigente quiera algo así en las sociedades democráticas. Ni Rajoy, ni Iglesias, ni Trump, ni Le Pen”.

El artículo de Magonia merece tu atención y que le dediques unos minutos a leerlo por completo. En mi opinión, es interesante por dos motivos:

En primer lugar, porque es importante considerar los límites mismos del pensamiento crítico de una manera abierta. Por desgracia, hay cuestiones en que las personas nunca nos pondremos de acuerdo, a pesar del dicho que sostiene que “hablando se entiende la gente”. Las cosas en las que creemos, aquellas que consideramos esenciales para nuestra identidad, suelen quedar fuera del control consciente, en un lugar al que el pensamiento crítico accede rara vez. Pero no se trata sólo de acceso, sino de regulación: no es imposible controlar la irracionalidad, pero sí que es extremadamente difícil tomar las riendas de mecanismos inconscientes, automáticos y que forman parte de lo que somos y de cómo funciona la mente. 

En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, es significativo que se tenga en cuenta que el poder de la educación también es limitado. Si, como escribía en el párrafo anterior, hay predisposiciones inconscientes, automáticas y enraizadas en la personalidad de cada cual, es obvio que la educación ayuda, y mucho, pero que no lo es todo. Como dicen los entrevistados por Magonia, no es incompatible el alto nivel educativo con opciones de voto irracionales, o con creencias supersticiosas.

Que la educación y la lectura es un arma para luchar contra la ignorancia y los prejuicios es uno de los supuestos básicos de las bibliotecas públicas. Quizá porque se sigue creyendo, como escribió en su día el psicólogo Steven Pinker, que el ser humano es una tabla rasa, que no tenemos una naturaleza determinada y que mediante la educación podemos escribir en la pizarra de la mente aquello que queramos. Pero no es cierto, como un importante y creciente cuerpo de estudios en psicología conductual y en psicología evolucionista se encarga de recordarnos casi cada semana.

Es necesario insistir en que reconocer los límites del pensamiento crítico y de la educación no implica, en absoluto, negar su poder. No hay que ser cínicos en esto. Gracias a la educación y al razonamiento se han conseguido grandes avances sociales, se han acabado con injusticias y tiranías y se ha mejorado el nivel de vida de millones de personas. Pero, de la misma manera que los límites no niegan los avances, los avances tampoco eliminan los límites. ¿Cómo explicar, si no, y con toda la información que tenemos disponible, la pervivencia y la buena salud de ideas infundadas, como por ejemplo: que la evolución “sólo es una teoría”; que existe algo llamado “medicina alternativa”; que las vacunas causan autismo; que el cáncer tiene orígenes emocionales; que la orientación sexual es únicamente producto de una elección; o que la genética no determina en modo alguno nuestro modo de ser? Y por no hablar de las acontecimientos políticos que estamos viviendo, como el triunfo de un misógino, racista e ingnorante politico como Donald Trump, o el auge de la extrema derecha en Europa: ¿no se suponía que los seres humanos aprendíamos de las lecciones del pasado?

Es por ello por lo que escribí que la lucha contra la desinformación y las noticias falsas es una tarea endiabladamente difícil, y que la infografía de la IFLA con unos principios contra las fake news es una iniciativa loable y necesaria, pero ridículamente escasa.

Insisto: no soy un relativista en cuanto al conocimiento, creo en el poder de la educación y en su necesidad. Pero también creo que los problemas complejos necesitan análisis complejos y en esto, como en otras cosas, los bibliotecarios nos quedamos cortos. Esto no sería ningún problema si las bibliotecas no fueran instituciones dedicadas a la educación y al conocimiento, y si los bibliotecarios no creyeran que la lucha contra la desinformación es una de sus tareas. Para ello, bien pudiera ser que tuviéramos que ir bastante más allá. 

En ese sentido, quisiera acabar con una reflexión del filósofo Gregorio Luri en el artículo de Magonia. Dados los límites del pensamiento crítico y de lo psicológicamente costoso que sería vivir observando en todo momento sus principios, Luri cree que una alternativa más razonable sería “vivir con sentido común”:

[…] vivir en una comunidad con sentido común, que, como decía Aristóteles, básicamente se educa mostrando ejemplos de gente con sentido común. Hoy, sin embargo, predominan los de éxito fácil, de famoseo… Ahí hay un riesgo.

Si las bibliotecas y los bibliotecarios quieren comprometerse de verdad con el fomento del pensamiento crítico, quizá harían bien en seguir la alternativa que propone Luri, y por un lado: mostrar tanto en sus fondos como en sus actividades de difusión y de extensión cultural esos ejemplos de gente con sentido común; y por el otro, no comprometerse con teorías del conocimiento o con posturas ante éste de dudosa solvencia.  

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Sobre content curators, bibliotecarios e información sanitaria

En enero de 2017 Paula Traver publicaba un artículo para la reflexión en la revista digital ComeIn. La idea central podría resumirse en: ¿qué hacer para que los profesionales de la información en el sector sanitario sean más visibles para los usuarios? Sin negar que ésa sea la pregunta básica, a mí me parece que lo que encierra su artículo es una iteración más de la ya venerable polémica sobre qué es un content curator y sobre si los bibliotecarios y documentalistas son content curators o no.

Por descontado que no pretendo reactivar la polémica, entre otras cosas porque se ha acabado convirtiendo en una cuestión ideológica: o se cree que efectivamente lo son, o no. Pero, denominaciones aparte, creo que el artículo de Paula es, sin pretenderlo, una especie de estudio de caso de cómo uno de los aspectos centrales de la curación de contenidos fue malinterpretada y mal asumida en su día (o asumida, pero a medias) por bibliotecarios y documentalistas. 

Paula nos narra su experiencia en el debate en Twitter #ffpaciente, “una iniciativa pensada para facilitar la interacción entre los pacientes activos y los profesionales de la salud”. Para llevar a cabo el debate se facilitó unas preguntas, entre las cuales estaba la cuestión de cómo distinguir la información de calidad de la que no lo es. En cuanto a esa pregunta, comenta Paula:

[…] me fijé mucho en detectar las necesidades de información de los profesionales, que básicamente hicieron referencia a la dificultad de filtrar la información en internet, evitar la infoxicación y el ruido, curar contenidos, seleccionar fuentes de información fiables, regular los contenidos de internet, buscar referencias bibliográficas y la validez de las mismas. Incluso hubo quien se preguntó quién podría ser el profesional que hiciera la curación o gestión de contenidos en un centro sanitario y quién marca el camino a los profesionales de la información para encontrar las fuentes de información digitales. 

Ante esas cuestiones, la autora comenta casi con sorpresa:

Se habló de “establecer la figura del curador de contenidos del centro sanitario”, y a pesar de hablar de términos que forman parte tan del día a día de las bibliotecas especializadas en salud como fuentes de información, referencias bibliográficas, mejores evidencias, selección de información, etc. nadie habló de las bibliotecas, ni de los profesionales que trabajan en ellas. Mencioné en cuanto pude la función del bibliotecario/a como curador de contenidos, pero nadie hizo ningún comentario al respecto ni confirmó mi afirmación.

Por descontado que no voy a negar el valor que los bibliotecarios pueden aportar a un centro sanitario. Pero lo que aquí tenemos es un divorcio entre algunas de las necesidades que decían tener los participantes en el debate, lo que suelen hacer los bibliotecarios / documentalistas y lo que se supone que hacen los curadores de contenidos.

Cuando se empezó a hablar seriamente sobre el perfil del curador de contenidos en el ámbito de la información y documentación, no fueron pocas las voces que declararon aquello de “eso ya lo llevamos haciendo nosotros hace mucho tiempo”. Sin duda era una queja comprensible y verdadera en cierto sentido: si los curadores de contenidos se dedican a buscar información, a recopilarla y a ofrecerla, entonces parece obvio que eso es justo lo que hacen bibliotecarios y documentalistas. Pero eso no es lo único que hacen los curadores de contenidos, al menos en el plano teórico: además, a los curadores se le supone la potestad de discriminar entre los contenidos para ofrecer, como se suele decir, sólo los más relevantes del ámbito. Ésa era a mi juicio una diferencia clave entre el papel de los curadores y la tarea que desde siempre han llevado a cabo bibliotecarios y documentalistas (y así lo expresé en una entrada en el blog Dokumentalistas). Para entender por qué, dejadme que explique una experiencia personal.

Hace ya unos años, tuve la oportunidad de trabajar como documentalista en una institución sanitaria. Era un trabajo en un servicio de documentación formado por un equipo de cuatro personas, en las que se recibían peticiones de información por parte de profesionales del sector sanitario. Mi tarea consistía en buscar información en bases de datos especializadas, como PubMed: elaborar ecuaciones de búsqueda, recuperar los resultados y servirlos. Si aplicamos una definición laxa de curación de contenidos, es obvio que entonces me comportaba como curador de contenidos. Pero en ningún momento llevaba a cabo un juicio sobre la calidad de los resultados que obtenía en mi búsqueda; como tampoco entraba a valorar cuáles de esos resultados eran los más relevantes para mis peticionarios. Ésas son tareas en las que, casi por definición, no se espera que el perfil profesional de documentalista tenga nada que decir: son cuestiones que competen sólo al demandante de información. Y, no obstante, éso es justo lo que se espera de un content curator: que discrimine entre la información y, aplicando su criterio personal y ofreciendo valor añadido, ofrezca sólo la más relevante.

Por supuesto que el criterio personal nunca puede ser una subjetividad total, sino que ha de basarse en la evaluación de la información recuperada. Pero ésa es justo la cuestión: para evaluar la información a veces no basta con atender a aspectos formales, como la reputación de la publicación, sino que hay que entrar a valorar aquello que se dice, el contenido propiamente dicho. Y éso es algo que sólo se puede hacer si se posée un considerable dominio de la temática. 

Como digo, sin duda es mucho lo que los bibliotecarios y documentalistas pueden aportar a un centro sanitario, pero por lo que he comentado hay ocasiones en las que lo que hacen puede estar desfasado respecto a lo que pidan los usuarios. Pensemos por ejemplo en la necesidad de información mencionada por Paula “buscar referencias bibliográficas y la validez de las mismas”. ¿Qué implica ese juicio sobre la “validez”?: si el usuario quiere saber si la referencia proviene de una fuente fiable, entonces los bibliotecarios podemos hacerlo; si lo que quiere es saber si la referencia está en sintonía con el conocimiento actual del que se dispone sobre el tema tratado, entonces no necesariamente. Algo parecido, me temo, puede estar tras la percepción de la “dificultad de filtrar la información en internet”: ¿estamos hablando de discriminar entre tipos de fuentes, o de servir la información en base a evaluar la exactitud de su contenido?

Como pasa en estos casos, seguro que la falta de visibilidad de los profesionales de la información en el ámbito sanitario tiene diversas causas. Puede que una de ellas sea ese desfase entre lo que a veces necesitan los usuarios y lo que por lo general estamos capacitados para ofrecer.

Las supersticiones en las bibliotecas públicas: ¿vivas y coleando?

Ésa sería la traducción aproximada del artículo de Miroslaw Kruk The superstitions in public libraries: alive and well?, publicado en el año 2001 en The Australian Library Journal.

Las supersticiones a las que se refiere Kruk son lo que podemos denominar pseudociencias: feng shui, ayurveda, numerología,… y en general la mal llamada “medicina alternativa”. Kruk se pregunta si las bibliotecas deberían tener entre sus fondos obras de ese tipo, aunque la pregunta es más bien retórica: en su opinión dichas obras no deberían tener cabida en las bibliotecas. Y ello en base a la que para Kruk ha sido la misión tradicional de las bibliotecas: contribuir a la educación y la formación de las personas.

Es un artículo contundente, lleno de párrafos duros. En esta entrada voy a recoger, traducidos, algunos de esos párrafos como materia para la reflexión. Te invito a que consultes el artículo completo para tener más contexto, conocer los argumentos al completo y comprobar por ti mismo la veracidad de mis traducciones. 

Como suelo hacer en estos casos me apresuro a puntualizar que no comparto necesariamente el punto de vista de Kruk, no vaya a ser que algún exaltado ponga en mi boca ideas que puedo no apoyar al cien por cien (mi propio punto de vista sobre la cuestión puede leerse aquí).

Para Kruk la presencia de “libros supersticiosos” en las bibliotecas es una señal del irracionalismo que campa por la sociedad, e indica que se ha abandonado la visión de la biblioteca como una institución educativa:

La presencia de libros supersticiosos en las bibliotecas públicas es la señal de un cambio fundamental en su papel. El lector no tiene garantía que los libros de la biblioteca le vayan a hacer más sabio o le hagan adquirir más conocimiento. Su sentido común puede verse asaltado. Los lectores que respetan las bibliotecas públicas y que asumen que las bibliotecas siguen siendo “templos del conocimiento” puede que se sorprendan al encontrar libros que propagan las ideas más bizarras. 

Cómo no, para Kruk los bibliotecarios son responsables de esta situación:

Los bibliotecarios, carentes de un claro posicionamiento ético e influenciados por argumentos populistas dudan sobre qué estándares deberían utilizarse y se resisten a hacer juicios sobre los libros. Se deja a los lectores hacer la elección y evaluar la materia de su lectura. Desde esta perpectiva todos los libros son considerados iguales. Es generalmente aceptado que no se puede negar a los lectores la literatura que demandan incluso si ésta es trivial y vulgar (vulgaris: que pertenece a la multitud) y que interferir en las preferencias lectoras de alguien sería inaceptable. Por tanto, la selectividad en el desarrollo de la colección se está tornando sospechosa, y defender una mayor discriminación a la hora de seleccionar libros para las colecciones de las bibliotecas sería considerado elitista o un golpe de censura.

Kruk contempla este “relativismo” con preocupación en base a sus supuestas consecuencias: la colección podría sufrir por falta de un desarrollo lógico e intencional. Pero, además,…

querer satisfacer a todo lector traería como consecuencia la invasión de libros con cada vez más ideas bizarras […] si junto a una sección con libros sobre ciencia debe haber una colección de materiales pseudocientíficos, y si los libros sobre medicina deben compartir estante con publicaciones de medicina “alternativa”, los bibliotecarios pueden verse bajo la presión de crear colecciones para todo el mundo. Libros sobre Darwinismo tendrían que ser “compensados” con libros escritos por creacionistas; aquellos sobre la Segunda Guerra Mundial tendrían que ser complementados con libros que presentaran la versión nazi de los hechos. 

Y continuando con el deseo de satisfacer a todos los lectores:

El modelo moderno de biblioteca pública que opera como un servicio a los clientes tiene una debilidad fatal. Si los clientes tienen siempre la razón su elección de libros debe ser respetada e implementada en las políticas de colección. Los libros que los clientes quieran les deben ser proporcionados independientemente de su valor intrínseco. Sin embargo, al hacerlo las bibliotecas se exponen a la tiranía del cliente. La calidad de la colección sufrirá en ese caso, aunque el número de usuarios de la biblioteca crezca.

Kruk cree que este último es un dilema serio, y las bibliotecas no están solas en el problema: otras instituciones como las escuelas, las universidades o los museos se enfrentan a disyuntivas parecidas. No obstante, para el autor si tanto las bibliotecas como esas otras instituciones no se han convertido ya en “campos de batalla en nuestras guerras culturales” es porque la mayoría de la gente cree que las ideas tienen pocas consecuencias. Kruk no comparte esa opinión:

Los libros supersticiosos en las bibliotecas públicas tienen un impacto real sobre los lectores. El estatus de la biblioteca entre sus usuarios sigue siendo tal que la disponibilidad de ciertas clases de libros en ella los cualifica como fuentes legítimas de información. Su presencia en las bibliotecas les proporciona credibilidad, especialmente si la biblioteca no ofrece la precaución de que no todos los libros en sus colecciones proporcionan información fiable. 

Pero si se proporcionase una advertencia semejante “ello despertaría preguntas sobre la honradez de aquellos que seleccionan el material para la adquisición”, por lo que para Kruk las bibliotecas se encuentran en una disyuntiva:

O bien vuelven a su noble misión civilizadora o se convertirá en un templo de la ignorancia.

Para Kruk no es factible pensar que los libros “cuya esencia es la falsedad y la desinformación desaparecerán de las bibliotecas en un futuro cercano”, por lo que en su opinión lo mínimo que se puede hacer es discutir estos problemas públicamente:

Los bibliotecarios tienen la obligación social de explicar los motivos para adquirir materiales supersticiosos si deciden gastar el dinero público de esa manera. 

Como puedes ver, y como advertía al comienzo, son unos párrafos duros, incluso diría que excesivos en algunos momentos: uno de los imperativos éticos de los bibliotecarios es no censurar información y velar porque las colecciones presenten una amplia variedad de materiales. Es injusto acusar a los bibliotecarios de querer velar por ese principio. Aun así, el artículo de Kruk es una materia más que jugosa para despertar las propias reflexiones…

Imagen via GuerrillaPop

La reinvención de la… ¿”biblioteca”?

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La necesidad de que las bibliotecas cambien, se reinventen y se adapten a nuevos entornos es uno de los temas candentes en la profesión. Y lo lleva siendo desde hace bastante. Hace poco, y gracias a la serendipia que a veces comporta el navegar por la web, di con un artículo de Annoyed Librarian de 2010 que trata sobre este tema. Pero lo hace en el lenguaje cínico y sarcástico que suelen tener sus entradas (lo cual le ha valido más de una crítica).

Lo que me ha parecido interesante del artículo de Annoyed Librarian (AL para abreviar) es que cuestiona hasta qué punto podemos seguir hablando de una “biblioteca” si ésta lleva a cabo según qué cambios. No estoy necesariamente de acuerdo con las ideas de la entrada, pero sin duda que es un material interesante para incitar a la propia reflexión. Leer más “La reinvención de la… ¿”biblioteca”?”