¿Neutralidad, o sólo falta de criterio?

libros prohibidos

Entre los pasados 24 y 26 de mayo tuvo lugar en el Born Centre de Cultura de Barcelona la Setmana de la Cultura Prohibida. Seguro que a estas alturas ya sabes que en ese marco tuvo lugar la jornada Nihil Obstat sobre censura en las bibliotecas. La jornada ha dado pie a reflexiones profesionales que apoyan los usuales puntos de vista sobre la estricta necesidad de no censurar ningún material y de mantener la neutralidad bibliotecaria.

A mí también me gustaría decir la mía sobre la cuestión. Para que quede claro: por supuesto que estoy de acuerdo con la necesidad de mantener la biblioteca como un lugar de acceso libre a la información. Pero creo que cuando la neutralidad es mal entendida y mantenida a toda costa como un ideal, los bibliotecarios son los primeros perjudicados.

La jornada Nihil Obstat sobre censura en las bibliotecas dio para escribir artículos jugosos. Uno de ello fue el  artículo de El País:

prohibimos ese libro

En él se pregunta a Daniel Gil, presidente del Col-legi Oficial de Bibliotecaris-Documentalistes de Catalunya (COBDC), sobre la posibilidad de crear “un consejo que pudiera intervenir y marcar pautas”. Gil responde que “No nos lo habíamos planteado pero se propondrá ya en la próxima junta”. El día 1 de junio el COBDC publicaba en su página web una editorial (en catalán) en la que sostenía que está dispuesto a tomar partido:

Aceptamos este reto, abiertamente, y lo queremos hacer acompañando a todos los profesionales que se puedan encontrar en estas situaciones […] Creemos que lo tenemos que hacer mediante una Comisión de Deontologia que impulse, siempre desde el más pulcro respeto a la autonomía y la libertad de cada biblioteca, protocolos y ámbitos de actuación para poder afrontar con las máximas garantías legales y de seguridad los posibles casos de censura que se planteen en las bibliotecas. Sabemos que se trata de un tema delicado y que va hasta la médula, hasta el mismo ADN de nuestra profesión: y es precisamente por eso por lo que queremos estar presentes.

[Entomem aquest repte, obertament, i ho volem fer acompanyant tots els professionals que es puguin trobar en aquestes situacions […] Creiem que ho hem de fer mitjançant una Comissió de Deontologia que impulsi, sempre des del més pulcre respecte a l’autonomia i la llibertat de cada biblioteca, protocols i àmbits d’actuació per poder afrontar amb les màximes garanties legals i de seguretat els possibles casos de censura que es plantegin a les biblioteques. Sabem que es tracta d’un tema delicat i que va fins el moll de l’os, fins l’ADN mateix de la nostra professió: i és precisament per això que volem ser-hi presents.]

Gil también comenta en el artículo de El País que en el COBDC les consta que existen presiones para censurar obras en las bibliotecas públicas. Según el presidente del COBDC, las quejas se afrontan

a partir de la autorregulación, del buen criterio de los profesionales, que tienen meridianamente claro que han de ser neutrales, no vetar nada, ofreciendo libremente información al ciudadano para que sea este el que decida; el marco es todo lo que quede dentro de la ley.

Acto seguido el artículo presenta un momento un tanto surrealista:

Y se la juega, dice [Gil], afirmando sin haberlo comprobado antes: “Seguro que el Mein Kampf de Hitler no está en la red de bibliotecas”. En efecto: de cuatro ejemplares, por ejemplo, en el catálogo de la red de bibliotecas municipales de la Diputación de Barcelona, tres están “excluidos de préstamo” y un cuarto consta en una “estantería de reserva”.

No sé qué entenderán en El País por “no está en la red de bibliotecas”, pero juraría que la existencia de cuatro volúmenes de Mein Kampf, uno de ellos disponible para el préstamo (como muestra el estado de “estantería de reserva”) desmiente la afirmación de Gil más que la apoya. Pero ése es un detalle menor. Lo que debería hacernos pensar está relacionado con la idea de que todo cabe en la biblioteca, y que los bibliotecarios no deben vetar nada.

Estamos de acuerdo en que hay temas que se consideran polémicos porque no tienen una resolución clara. Es decir, es imposible resolver las disputas en base a algo así como una ecuación o un experimento. Incluso en las cuestiones en las que sí es posible llevar a cabo experimentos y hacer ecuaciones, las disputas pueden estar lejos de quedar zanjadas de manera definitiva. Es por eso, creo, por lo que la neutralidad se erije como un valor de máximos: ante la duda, se opta por ofrecer contenidos diversos para que sea el usuario “el que decida”.

Pero no todos los temas son polémicos. Por ejemplo: en teoría, podríamos dedicarnos a adquirir documentos que sostengan que el ser humano convivió con los dinosaurios, que EEUU nunca llegó a la Luna, que la actividad humana no tiene nada que ver con el cambio climático o que las características biológicas de una célula cancerígena corresponden exactamente a las características psicológicas de una persona enferma de cáncer. La libertad de expresión y de prensa amapara dichas expresiones intelectuales (que yo sepa). Caben dentro de la ley, como dice Gil. Pero que quepan no las convierte en más ciertas: siguen siendo ideas falsas.

La cuestión de la verdad o falsedad de una idea no depende del marco jurídico de un país. Tampoco depende del criterio del bibliotecario, claro. Para eso ya están los comités expertos, las publicaciones expertas y las críticas expertas. Es a las instancias expertas a las que habría que recurrir para determinar si un material debe o no debe estar en la biblioteca.

De hecho, recurrir a esas instancias de las que hablaba es lo que debería ocurrir en la práctica normal de los bibliotecarios. Y es que se supone que las bibliotecas cuentan con políticas de adquisición, con criterios que guían la adquisición de materiales en base, por ejemplo, a la actualización de los contenidos con respecto al estado actual de la cuestión particular. Y cuando seleccionamos dejamos de ser neutrales.

Seleccionar no es un capricho: es una necesidad, puesto que los presupuestos y el espacio son reducidos. Pero no sólo es una necesidad práctica. También es una necesidad teórica que concierne a qué es el conocimiento: las bibliotecas también son instituciones dedicadas al conocimiento, y por ello es necesario aplicar criterios de selección. En ese sentido, defender la neutralidad como un valor a toda costa puede acabar convirtiéndose en un signo de pereza intelectual, más que en una virtud.

Lo que acabo de comentar se refiere a los materiales de no-ficción, pero en lo que hace a los materiales de ficción también se selecciona. No sólo es por una cuestión de espacio y de presupuesto: también se hace en base a criterios que buscan estipular la calidad de las obras, o su relevancia cultural. De nuevo, cuando seleccionamos dejamos de ser neutrales.

Por supuesto que los bibliotecarios pueden equivocarse a la hora de hacer la selección. No pasa nada, todos somos humanos. Pero seleccionar, dar preferencia a unos materiales sobre otros, es una de las dinámicas propias de las bibliotecas, forma parte de su rutina diaria. Podría discutirse los criterios sobre los que se basa la selección, pero negar la necesidad misma de la existencia de criterios me parece poco realista, y además peligroso.

Peligroso porque esa negación encierra una curiosa paradoja. Defender la neutralidad bibliotecaria no puede acabar transformándose en la manida acusación al bibliotecario: “¿y quién eres tú para decirle a los usuarios lo que deben leer”? Y es que las bibliotecas no sólo aspiran a ser depósitos de obras. Además se confía en ellas, y cada vez más, para llevar a cabo prescripción de cultura. Las bibliotecas tienen una brutal competencia en miles de servicios de Internet que recomiendan libros, música, películas, herramientas digitales, y prácticamente cualquier cosa que quepa imaginar. Todos esos servicios se precian de separar el grano de la paja. Y cuando se separa el grano de la paja también se deja de ser neutral.

Es importante que la prescripción se base en buenos criterios y que sean claros y transparentes, para disminuir la posibilidad de favoritismos o de malinterpretaciones. Dicho esto, si tiramos la toalla antes de empezar, si coartamos la posibilidad de una prescripción activa, estamos poniendo otra piedra en el camino de la supervivencia de las bibliotecas. Un camino que ya tiene muchas piedras, por cierto.

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