Sobre si las humanidades sirven para innovar y lo que implica para las bibliotecas

ciencia humanidades

Las humanidades llevan mucho tiempo en el punto de mira. No son pocos los “expertos” que consideran que en un mundo regido por la innovación tecnológica estudiar, digamos, filología griega está fuera de lugar. Por eso, y por el avance de la ciencia en cada vez más ámbitos, las humanidades han perdido buena parte del lustre y del prestigio del que gozaron en otros tiempos… un lustre y un prestigio que ahora parece que está volviendo a ser reivindicado por aquellos sectores que parecían querer acabar con ellas.

Eso es lo que explica un artículo del diario El País, en el que se nos pregunta: ¿Y si las humanidades sirvieran para innovar?

Hay algunos párrafos significativos que vale la pena destacar. Por ejemplo:

[…] instituciones decanas en la formación de perfiles técnicos, como el Massachusetts Institute of Technology (MIT), señalan que muchos de los proyectos de ingeniería fallan porque no tienen en cuenta lo suficiente el contexto cultural. Por eso, sus alumnos están obligados a dedicar el 25% de sus horas de clase a asignaturas como literatura, idiomas, economía, música o historia. En una entrevista al diario Boston Globe en 2014, Deborah K. Fitzgerald, decana de la escuela de humanidades del MIT, explicaba que todos los restos que debe resolver la ingeniería, desde el cambio climático a las enfermedades o la pobreza, están ligados a realidades humanas.

Aunque parezca de Perogrullo puntualizar que los proyectos siempre están ligados a realidades humanas, es algo que en las más de las ocasiones se olvida o se ignora por la emoción desmedida y las pasiones que despiertan los productos y las innovaciones tecnológicas en sí mismas.

Hablando sobre uno de los grados pioneros en España que combina tecnología y humanidades, el (ojo al nombre) Grado en Gestión de Sistemas de Información, de la IE University, el artículo de El País nos dice:

Antes de la creación del grado, IE University estudió el perfil profesional de los fundadores de las 100 startups de mayor éxito en los últimos 20 años. En el 79% de los casos, había al menos uno de los miembros con conocimientos STEM [ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas], pero “sus innovaciones no eran el resultado de profundas investigaciones científicas, sino de la aplicación de las ciencias del comportamiento”, señala lee Newman.  “Queremos formar a los futuros líderes, a los que tendrán nuevas ideas y sabrán explicar a los técnicos como desarrollarlas”. El decano de IE University pone como ejemplo compañías como Amazon o Uber. Su intención no es competir con los ingenieros o matemáticos, sino formar a profesionales capaces de innovar entendiendo la parte técnica y de negocio.

Entender la “parte técnica y de negocio”, aplicando las “ciencias del comportamiento” para innovar: una combinación realmente escasa porque como decía más arriba las innovaciones tecnológicas en sí se llevan toda la atención, aunque la capacidad de crear, imaginar y vender las innovaciones atendiendo al comportamiento humano sea lo esencial de todo proyecto.

Puede que esté muy equivocado, pero creo que la combinación de talento para innovar en base a las particularidades humanas es un bien escaso en el ámbito de las bibliotecas y servicios de información.

Sí, ya sé que se supone que eso es lo que precisamente hacemos: innovar teniendo en cuenta las necesidades de los usuarios. Pero la expresión “necesidades de los usuarios” es un cajón de sastre en el que cabe todo lo que queramos imaginar, ya corresponda a necesidades reales o a la idea que nosotros tenemos de lo que puede que sean las necesidades reales. Esa diferencia entre lo que creemos y lo que son de verdad las necesidades es lo que hace que, las más de las veces, equivoquemos el disparo y no saquemos más provecho a los recursos de los que poseemos (que en la mayoría de los casos no son pocos). Y aun más: no hay motivo por el que no se puedan apostar por crear necesidades, en lugar de limitarse a satisfacer necesidades expresas. Todo depende de lo hábiles que seamos comprendiendo qué mueve a las personas, y qué las haría apostar por otro tipo de servicios.

Para remediarlo quizá no es necesario tener conocimientos enciclopédicos en historia, geografía, literatura,… Pero sí me parece imprescindible la buena disposición a aprender más sobre otras materias, en especial en lo que hace al comportamiento informacional (psicología de la información) y a las buenas técnicas de comunicación y de creación de contenidos.

Para acabar, me váis a permitir la inmodestia de citarme a mí mismo. Hace mucho tiempo, en el primer post que escribí para BiblogTecarios, explicaba que a mi entender la Información y Documentación tenía que apostar por un auténtico trabajo transdisciplinar, atendiendo a las tres dimensiones básicas de ese ámbito: las dimensiones cognitiva, social y tecnológica. Uno de los últimos párrafos del post era éste:

[…] se necesitan conocimientos ámplios, de diversas fuentes y áreas, para hacer propuestas realmente innovadoras. Y ésta es una responsabilidad que comparten todos los implicados en el mundo de la documentación: docentes, editores, estudiantes y profesionales.

No hay atajos para la innovación: se innova aprendiendo más, y no menos, sobre nuestra naturaleza humana y sobre las realidades sociales que compartimos.

 

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