No será Internet quien mate a las bibliotecas públicas

En estos últimos días me he dedicado a releer algunos argumentos sobre la, se dice, futura muerte de las bibliotecas públicas. He creado algunos esbozos al vuelo que quizá tomen una forma más extensa en el futuro. De momento, en este post me gustaría ofreceros de forma apresurada algunas reflexiones sobre el la cuestión del peligro que la existencia de Internet supone para las bibliotecas.

Desde que se empezó a generalizar su uso, uno de los argumentos recurrentes que se han utilizado para mostrar el peligro que Internet supone para las bibliotecas es: ¿quién va a acudir a las bibliotecas, si ahora tenemos todo el conocimiento del mundo a nuestro alcance? A mí siempre me ha parecido un argumento un poco raro.

Como usuario intensivo de Internet y de las bibliotecas, no veo por qué han de ser mundos excluyentes. Por supuesto que yo no soy el ombligo del mundo, pero me da que el argumento sobre el peligro de Internet se parece en su forma lógica a esto:

Ahora que la gente puede cocinar en casa lo que quiera, los restaurantes tienen los días contados.

Afirmar eso sería no entender que cocinar en casa no excluye automáticamente la existencia de los restaurantes, porque éstos ofrecen experiencias que no son reproducibles en casa. Lo mismo sucede con las bibliotecas e Internet. Dado que las experiencias de lectura no son iguales, Internet y las bibliotecas bien pueden coexistir, al menos en teoría.

Ese “al menos en teoría” es más importante de lo que parece, porque los que postulan la muerte de las bibliotecas a manos de Internet no suelen admitir ningún tipo de escenario intermedio: Internet matará a las bibliotecas, punto.

En mi opinión, consumir contenidos en Internet no es necesaria ni lógicamente incompatible con la existencia de las bibliotecas. Cada vez que descubro un contenido interesante en Internet, doy gracias por la existencia de la red y porque podamos utilizarla en libertad. Pero los contenidos que encontramos en las bibliotecas, especialmente en forma de libros, me ofrecen otra experiencia, otra aprehensión y otra comprensión. Ni mejor ni peor: diferente y, por ello, complementaria.

Lo que sí que es de esperar, y eso es justo lo que está sucediendo, es un duro reajuste en la utilización de los materiales de las bibliotecas y de sus servicios. No podía ser de otra forma, dadas las oportunidades para consumir contenidos de todo tipo que la red ofrece.

Y esas oportunidades de nuevo consumo se enmarcan en un clima social en el que lo nuevo y lo digital es venerado con los más rimbombantes adjetivos a costa de otras instituciones, como las bibliotecas, que son asociadas a imágenes más propias de otras épocas.

Aquí, por supuesto, el colectivo bibliotecario tiene parte de la responsabilidad: es necesario hallar nuevas maneras de cambiar la percepción social de las bibliotecas y de difundir sus contenidos y servicios. Y todo ello sin perder el tren del cambio y la innovación.

Aun cuando esto es indudable, sigue siendo cierto (y permíteme que me haga pesado) que consumir contenidos en Internet no es necesaria ni lógicamente incompatible con la existencia de las bibliotecas. La lucha por la percepción del valor de las bibliotecas en el imaginario colectivo es un problema de psicología social, no de que la existencia y el uso de Internet anule automáticamente el valor de las bibliotecas y sus contenidos. Creo que es necesario saber ver la diferencia para poder argumentar de manera convincente sobre las virtudes de las bibliotecas públicas y la posibilidad de una coexistencia con lo digital.

Hay otro argumento relacionado con Internet que ha dado y da mucho de qué hablar: según algunos críticos, los contenidos que consumimos en la red están alterando nuestro cerebro, haciéndonos más superficiales y menos capaces de concentrarnos en actividades sostenidas, como leer un libro. Esteban Hernández critica certeramente esta idea en El Confidencial, poniendo de relieve dos problemas:

En primer lugar, porque demuestra escasa confianza en nuestras capacidades, como si la época nos hubiera convertido en personas mucho más limitadas de forma irreversible. En segundo, porque la anima una visión sorprendentemente elitista. Del mismo modo que hace décadas se decía que no se podían publicar determinados libros porque el lector era poco menos que analfabeto, y que como máximo podía leer novelas del oeste o románticas (cuando lo que se quería decir es que era conveniente para el sistema franquista un tipo concreto de obras) hoy se llega a un lugar similar sólo que revestido de un supuesto diagnóstico neurocientífico: la gente tiene demasiada información, no puede absorberla y ya no es capaz de concentrarse, por lo que debemos ofrecerle contenidos muy simples y a poder ser visuales.

 

¿Matará Internet a las bibliotecas públicas? Bien puede ser que sí, pero si lo hace no será culpa de la existencia misma de Internet, sino de una mezcla de clima social, torpeza bibliotecaria y mensajes facilones de los gurús de lo nuevo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s