¿Deben ser los bibliotecarios buenos lectores?

Una de las preguntas del millón, sin duda. Y es que parece que hay pocas cosas más contradictorias que un o una bibliotecaria a quienes no les guste leer: ¿no se supone que los trabajadores de una institución dedicada, en su mayor parte, a preservar y difundir el gusto por la lectura deberían ser los primeros en practicarla?

Por supuesto, la respuesta instintiva suele ser que sí, que los y las bibliotecarias deben ser buenos/as lectores y lectoras. Por lo general, suelo estar de acuerdo con esa respuesta instintiva, aunque creo que si indagamos un poco quizá hallemos algún matiz interesante.

Y es que, ¿qué es ser un buen lector? Mucho me temo que cuando utilizamos esa expresión, de alguna manera lo que tenemos en mente es que los profesionales de las bibliotecas deben ser buenos lectores de ficción (de narrativa, para más señas). Y es comprensible, creo que por dos motivos.

En primer lugar, el gusto de la mayoría del público se orienta hacia la ficción. Los bibliotecarios y las bibliotecarias pueden ser profesionales, pero también son personas, por lo que es más que probable que su gusto también se oriente hacia la ficción. En segundo lugar, el fondo que más demanda tiene en las bibliotecas públicas suele ser el fondo de narrativa: si la mayoría de las demandas de los usuarios tienen que ver con ese tipo de obras, parece comprensible que los bibliotecarios deban estar al día de las novedades en ese sector, y que sientan un fuerte interés hacia ese tipo de obras.

Hasta aquí, en principio no tengo nada que objetar. No obstante, está claro que las obras de ficción no son, ni mucho menos, el único tipo de obras que podemos encontrar en una biblioteca pública. Una parte nada despreciable de sus fondos están constituidos por los materiales de no-ficción, o como se suele decir, de conocimientos. Preguntémonos, pues: ¿han de ser los bibliotecarios buenos lectores de obras de no-ficción?

Las obras de no-ficción no tienen un público tan numeroso como el de las obras de ficción, pero también puede ser una fracción de lectores nada despreciable. Parece lógico, por tanto, pedir que los profesionales de las bibliotecas sean, también, buenos lectores de ese tipo de fondo.

“¡Claro que sí!”, supongo que podríamos decir. Las bibliotecas son instituciones dedicadas a la cultura, y difundir los productos de la mente humana en cualquiera de sus manifestaciones es una de sus misiones básicas. La mayoría de los y las profesionales de las bibliotecas públicas proceden de estudios de marcado corte humanístico, por decirlo así: historia, historia del arte, sociología,… No sería extraño, por tanto, encontrar profesionales que fueran buenos lectores naturales de ese tipo de obras.

Pero, ¿por qué detenernos ahí? ¿Qué pasa con ese otro gran grupo de obras de no-ficción, el de las ciencias? Ah, aquí la cosa se pone interesante.

Podríamos aplicar los mismos criterios que utilizaba más arriba para defender que los profesionales de las bibliotecas deberían ser buenos lectores de ciencia: en primer lugar, ese tipo de materiales supone una fracción significativa del fondo; en segundo lugar, aunque menos numeroso, esos materiales también tiene su público.

Así que aquí vienen las preguntas incómodas y espinosas. A ver, que levanten la mano los bibliotecarios y las bibliotecarias que en los últimos meses hayan leído obras sobre, así a bote pronto: física cuántica; psicología diferencial y genética; psicología del razonamiento; historia del pensamiento biológico; teoría de la evolución; genética; cosmología; astrofísica; matemáticas; geología y geofísica;…

Y eso por lo que respecta a las ciencias, porque si volvemos a las humanidades quizá también podríamos preguntarnos cuántos bibliotecarios y bibliotecarias han leído últimamente obras sobre: hermenéutica; construccionismo y relativismo epistemológico; historia y filosofía de la ciencia; religión comparada; teoría del discurso;…

Por supuesto no pretendo decir, ni mucho menos, que no haya profesionales de las bibliotecas que tengan entre sus lecturas estos temas. Y tampoco pretendo decir que para ser un buen profesional haya que leer necesariamente obras abstrusas de física cuántica. Lo que sí me gustaría es llamar la atención sobre el sesgo hacia la narrativa en nuestra idea de lo que es ser un buen lector. Y creo que ese sesgo no es nada beneficioso para las bibliotecas, por dos motivos importantes.

Primero, porque esas grandes áreas de la colección acaban en demasiadas ocasiones infrautilizadas. Y es una pena, porque contienen grandes obras a las que el público que sí lee no-ficción quizás estaría encantado de echarle el guante. Un mayor conocimiento de lo que esas obras contienen quizá podría significar una mayor motivación para darle más movimiento a ese fondo, y mejores ideas para su difusión. Segundo, porque querámoslo o no, nuestras sociedades dependen de la ciencia y de sus avances como nunca antes en la historia. Una persona que quiera decirse “educada” o “culta” ya no puede permanecer ajena a lo que la ciencia nos va desvelando sobre cada vez más áreas de la experiencia humana. Y tampoco pueden hacerlo los profesionales de las bibliotecas.

Así pues, ¿qué deberíamos hacer? No podemos pedir a los bibliotecarios que se dediquen a leer obras de todo el fondo de sus centros. Está claro que cada cual tiene su gusto y sus preferencias, como debe ser. Pero, como decía arriba, puede que no debiéramos descartar tan rápido la necesidad de adquirir un conocimiento más amplio sobre las temáticas de los fondos bibliotecarios, porque de esos conocimientos puede depender la mucha o poca difusión que hagamos de esas obras, y lo bien o mal que lo hagamos.

Creo que podemos llegar a una solución de compromiso. Entre no tener ni idea, digamos, de física cuántica y ser capaz de situar la física cuántica en el mapa del conocimiento humano (saber qué es, y por qué es importante), aunque no se sea un gran lector de ese tipo de obras, hay un cambio importante. Porque ese conocimiento nos permite mantener conversaciones significativas, aunque no sean a nivel experto, con personas que quizá sí sientan un interés por ese tema. Y quien dice “personas” dice “usuarios”. Esas conversaciones significativas pueden ser el puente que necesitemos para difundir más y mejor los fondos de las bibliotecarias, para hacerlo de maneras más imaginativas y para llegar cada vez de formas más certeras a diferentes grupos de usuarios según sus intereses y necesidades.

Adquirir el tipo de conocimientos del que hablo no tiene por qué ser un imposible. Como ya he mencionado, nuestras sociedades dependen de y se basan en la ciencia, por lo que abundan las oportunidades para aprender sobre amplias áreas del conocimiento humano. Eso sí: que adquiramos un mayor conocimiento sobre las temáticas de nuestros fondos o no depende del interés, de la curiosidad, y del compromiso con la cultura y del conocimiento que tengamos como profesionales de la información.

Imagen via spreeder

 

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5 comentarios en “¿Deben ser los bibliotecarios buenos lectores?”

  1. Interesante reflexión. Creo que si hiciéramos una encuesta, un alto porcentaje de los bibliotecarios se considerarían lectores, porque sería muy raro trabajar entre libros y que no te gusten. Partiendo de eso, cada uno puede dedicar su tiempo de libre de lectura sea narrativa, libros técnicos, cómics o ciencia ficción. Eso sí, todos deberían tener un conocimiento de los fondos de colección y saber ubicar cada uno en su temática correspondiente teniendo una ligera idea de lo que van.

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    1. Hola Sandra:

      Tienes toda la razón: cada uno es libre de dedicar su tiempo libre a seguir sus intereses, leyendo aquellas obras de su interés. Para mí la cuestión está en determinar cuándo esa ligera idea de la que hablas es demasiado ligera, rozando más el desinterés que otra cosa. No es una cuestión fácil, porque está relacionado con nuestro uso del tiempo libre, aunque no tiene por qué ser un conflicto grave… o eso creo.

      Muchas gracias por tu visita y tu comentario.

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