Las bibliotecas y la “cultura de escaparate”

Hay un artículo sobre bibliotecas que en estos días está levantando cierta polémica en las redes. Hablo del escrito de Peio H. Riaño para el diario El Español titulado Listas de espera de casi un año en las bibliotecas. Con ese título, uno no puede menos que espantarse al pensar en los recortes que muchas bibliotecas del país han sufrido de manera tan brutal. Ciertamente, el artículo describe una situación preocupante… aunque, a mi modo de ver, un título más adecuado quizá hubiera sido éste:

Listas de espera de casi un año en algunas bibliotecas públicas para leer las últimas novelas best-sellers de moda.

Quizá demasiado largo para una noticia, pero mucho más ajustado al contenido del artículo. Y es que Riaño nos habla de las listas de espera que hay en bibliotecas públicas de Madrid y Cataluña (no se nos dice cuáles) para leer obras como Palmeras en la nieve o La chica del tren. Este hecho sirve de pilar para que en el artículo se hablen de los menguados presupuestos con los que se ha dejado a muchas instituciones:

[…] cada vez hay menos presupuesto para comprar novedades y más personas que acuden al préstamo público para no dejar de leer a pesar del bolsillo bajo mínimos.

Ni que decir tiene que los recortes en algunas bibliotecas son algo más que preocupantes, y que con eso no se favorece que nuestras instituciones puedan cumplir su misión de dar servicio a sus usuarios. Pero creo que el punto caliente del artículo no es éste. Más bien lo es las declaraciones de Pedro Valverde, el jefe de la unidad de bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid. Valverde dice al respecto del descenso de compras de novelas del momento:

Somos bibliotecas, no almacenes de libros de éxito. Podríamos comprar cientos de ejemplares con cada lanzamiento editorial, pero debemos atender la necesidad más que la novedad, que en un mes será superada por un nuevo título. Nuestra intención no es quitar libros de ciencia para niños, aunque tengan menos tirón que los best-sellers. ¿A qué se dedica una biblioteca: a la cultura de escaparate o a la de fondo? Yo tengo que preservar el fondo.

Cultura de escaparate. Con esa expresión creo que se resume la tensión siempre presente en las bibliotecas: ¿a qué hay que dedicar el presupuesto de compra?, ¿a lo que supuestamente demanda el usuario, aunque sean documentos con una caducidad elevada?

Como dice Valverde, no es en absoluto una cuestión menor cuando los presupuestos adelgazan. Y es que el dinero destinado a comprar esas novelas para las que hay tanta cola se pierde para otras áreas de la colección, quizá menos demandadas (no creo que exista una lista de espera de un año para un libro infantil de ciencia) pero no por ello menos necesarios.

De hecho, el problema de qué comprar es algo por lo que muchas veces se pasa de puntillas, porque quien declara que según qué libros no valen la pena la inversión puede recibir automáticamente una acusación de elitismo, o algo por el estilo.

Vaya por delante que a mí me parece muy bien que la gente lea best-sellers. Eso es muy respetable, faltaba más. Allá cada cual. Además, las personas que quieren leer esos libros son usuarios a los que la institución no puede dar la espalda. Pero también es cierto que las personas que no quieren leer best-sellers también son usuarios a los que la biblioteca ha de satisfacer, en un principio, sus necesidades de información. Sin duda no hay una solución fácil a esta disyuntiva, especialmente cuando no hay dinero para contentar a todo el mundo.

Lo que sí me parece llamativo es la actitud de algunos usuarios cuando se les dice que esa novela tan nueva y de tanto éxito no está disponible. Muchos se resignan y dan media vuelta para volver por donde han venido… dejan atrás miles de libros que, por qué no, pueden tener una calidad mucho mayor. Por supuesto, no podemos obligar a nadie a que lea lo que nosotros digamos, pero sí podemos sugerir otras lecturas. Esta labor podría formar parte de eso que llamaba erótica bibliotecaria en un post anterior: despertar el deseo hacia nuestros fondos.

Siento cierto reparo ante la manida frase “una crisis es una oportunidad” pero, por qué no, este caso podría representar la oportunidad para desempolvar nuestros estantes y llevar a cabo un poco de prescripción bibliotecaria. Para ello, necesitamos conocer el fondo y ser rápidos de reflejos para proponer alternativas antes de que el usuario se nos escape con un mohín. Repito: no podemos obligar a nadie a que lea lo que no le apetece, pero una sugerencia a tiempo es mucho mejor que nada.

Lo ideal, en mi opinión, sería que ese tipo de prescripción fuera mucho más activa en el quehacer diario de las bibliotecas. Proponer alternativas a los best-sellers por sistema no sólo puede aliviar nuestro cargo de conciencia por no poder comprarlo todo. Además, podemos descubrir a los usuarios obras y editoriales de las que se enamoren. Esa labor de descubrimiento no sólo es necesaria por una cuestión de números (para subir el préstamo, vaya). Lo es además porque la difusión del conocimiento también es una función de las bibliotecas públicas, tan respetable (o más) que velar por tener los máximos ejemplares de novelas del momento.

No quiero terminar el post sin hacer referencia a declaraciones jugosas que Valverde hace a propósito de la falta de novedades. Dicha falta, escribe Riaño, hace que las bibliotecas cada vez ofrezcan más actividades que nada tienen que ver con la lectura. Y a ese respecto, dice Valverde:

No somos una casa de cultura. Nuestro fin es otro y a la hora de repartir el presupuesto estas actividades se llevan mucho de la compra de libros. Un taller de conga siempre será más atractivo que la lectura, pero no debería ser nuestra función… si no tiene como fin el fomento de la lectura.

Son significativas esas afirmaciones, en un momento en que parece que la apuesta de futuro de las bibliotecas públicas pasa por ofrecer precisamente eso, más actividades que no tengan por qué estar directamente relacionadas con la lectura. Creo que en cierto sentido Valverde se equivoca: las actividades culturales pueden ser el puente perfecto para fidelizar al público, para atraerlos al espacio de la biblioteca. Con ello la biblioteca gana visibilidad y relevancia entre el público, cosas muy necesarias para su futura supervivencia. También es cierto en muchas cosas humanas parece haber un movimiento de péndulo: pasamos de un extremo a otro, descartando los puntos medios. Ahí creo que Valverde tiene cierta razón: no vaya a ser que con tanto énfasis en las actividades culturales acabemos olvidando una de nuestras misiones más troncales, la difusión y el fomento de la lectura.

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