Sobre María Moliner y cómo mantener el entusiasmo: una versión libre

 

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María Moliner trabajó duro para formar a los bibliotecarios rurales, a los que dedicó sus Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas. El documento incluye un prólogo que no tiene desperdicio, y del que me voy a servir descaradamente para hacer algunes reflexiones sobre la labor actual de los bibliotecarios y las bibliotecarias.

Dice Moliner que:

El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir, y en la eficacia de su propia misión para contribuir a ese mejoramiento.

La intención de Moliner es sacudir las consciencias de sus compañeros de profesión para que no se dejen vencer por la falta de respuesta del público hacia las bibliotecas.

No será buen bibliotecario el individuo que recibe invariablemente al forastero con palabras que tenemos grabadas en el cerebro, a fuerza de oírlas, los que con una misión cultural hemos visitado pueblos españoles: “Mire usted, en este pueblo son muy cerriles; usted hábleles de ir al baile, al fútbol o al cine, pero… ¡a la biblioteca!”.

Y es que está convencida del deseo de cultura latente del público, de que de alguna manera percibe la necesidad de cultura, porque sin ella:

[…] no hay posibilidad de liberación efectiva, que sólo ella ha de dotarles de impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados; sienten también que la cultura, que a ellos les está negada, es un privilegio más que confiere a ciertas gentes, sin ninguna superioridad intrínseca sobre ellos, a veces con un valor moral nulo, una superioridad efectiva en estimación de la sociedad, en posición económica, etc. Y se revuelven, contra esto que vagamente comprenden, pidiendo cultura, cultura,…

Moliner cree que aunque el deseo de cultura es real el público no sabe expresarlo, concretarlo. Y aquí es donde entra en juego el bibliotecario y la bibliotecaria:

[…] y ahí radica precisamente tu misión: en conocer los recursos de tu biblioteca y las cualidades de tus lectores, de modo que aciertes a poner en sus manos el libro cuya lectura les absorba hasta el punto de hacerles olvidarse de acudir a otra distracción.

Sin duda, una concepción que no ha pasado de moda: conocer las necesidades de los usuarios (lectores, dice Moliner) y los recursos del centro, para ofrecerles justo lo que los usuarios necesitan.

Aunque esta labor sigue vigente, no sé si podríamos decir lo mismo sobre la necesidad de cultura que Moliner creía detectar en el pueblo. Por supuesto, es cierto que seguimos consumiendo cultura, a un ritmo y con unas proporcionas nunca vistas. A nadie se le escapa que Internet es en gran parte responsable de ese consumo, y que éste es uno de los factores que hace que las bibliotecas se encuentren en dificultades. Pero no sólo es cuestión de acceso. Moliner comenta que el pueblo no sabe que

[…] el camino de la cultura es áspero.

Sí, sin duda el camino de la cultura es áspero, y nuestras sociedades y nosotros como público nos hemos acostumbrado a transitar por senderos más amables: el consumo rápido, el entretenimiento inocuo, los contenidos fáciles de comprender y más aún de digerir. Gran parte de culpa de este panorama la tiene la devaluación que ha sufrido el conocimiento, gracias en especial al posmodernismo de la década de 1980. Tampoco ayuda la dinámica de la nueva economía, en la que se privilegia el conocimiento técnico, el reciclaje rápido, la hiperespecialización. Otro factor que no ayuda: la creencia de que sobre gustos no hay nada escrito, que la cultura popular no tiene nada que envidiar a la “alta cultura”, y que nadie es quien para decirnos qué debe gustarnos y qué tiene la calidad suficiente.

Creo que esos cuatro hechos de los que hablo, el consumo rápido, la crítica a la ciencia y al conocimiento, la nueva economía, y la crítica al elitismo tienen aspectos positivos. Por ejemplo: el entretenimiento es necesario (¡y divertido!); el consumo rápido abre nuevas posibilidades de creación de conocimiento; la crítica a la ciencia permite bajarla de su pedestal y comprender mejor su labor; la nueva economía crea nuevos campos de investigación y de creación de bienes y servicios; fomentar la cultura popular hace que nuestros referentes culturales sean más ricos y diversos.

Pero también hay aspectos negativos. Y para la profesión bibliotecaria, creo que el peor es la aparición de ese desánimo contra el que quiere prevenir Moliner: ¿qué le vamos a hacer si la gente prefiere Internet a la biblioteca?; ¿qué le vamos a hacer si la colección de conocimientos no interesa?; ¿qué le vamos a hacer si nuestros CDs son ignorados?; ¿qué le vamos a hacer si…?

El desánimo afecta directamente a la segunda cosa en la que según Moliner se ha de creer para poner entusiasmo en nuestra tarea: que la misión de los bibliotecarios y las bibliotecarias es eficaz para el mejoramiento “espiritual” de la gente.

La segunda cosa en que necesita creer el bibliotecario es en la eficacia de su propia misión. Para valorarla, pensad tan sólo en lo que sería nuestra España si, en todas las ciudades, en todos los pueblos, en las aldeas más humildes, hombres y mujeres dedicasen los ratos no ocupados por sus tareas vitales a leer, a asomarse al mundo material y al mundo inmenso del espíritu por esas ventanas maravillosas que son los libros. ¡Tantas son las consecuencias que se adivinan, si una tal situación llegase a ser realidad, que no es posible ni empezar a enunciarlas…!”

Tras un rodeo de décadas, y con un cambio de contexto social brutal, en ocasiones seguimos cayendo en el desánimo contra el que Moliner quería luchar. No es para menos, todo hay que decirlo. La situación no es fácil, y en ocasiones el trabajo duro no recompensado pasa mucha factura. Además, aunque Moliner piense que para valorar la eficacia de nuestra misión basta con imaginar las consecuencias sociales de su cumplimiento, lo cierto es que la imaginación a veces no es suficiente.

Pues si la imaginación no es suficiente, pasemos a los datos duros. Por ejemplo, el pasado 2015 el siempre inquieto y excelente Julián Marquina reseñaba un informe realizado por la Gerencia del Servicio de Bibliotecas y la Dirección de Estudios y Prospectiva de la Diputación de Barcelona: El valor de las bibliotecas en la sociedad: el caso de la Red de Bibliotecas Municipales. Nos dice Julián que de dicho informe se desprende que:

por cada 1 euro que la Administración pública invierte en las bibliotecas de la Red de Bibliotecas Municipales se generan 2,25 euros de beneficio directo y 4,25 euros en beneficios indirectos.

Además, continúa la reseña, las bibliotecas tienen un impacto en 4 ejes: el cultural (fomento de la lectura, acceso al conocimiento,…), el social (inclusión de diversos colectivos, dinamización del espacio público), económico (inclusión laboral,…) y educativo / formativo (alfabetización digital,…).

Puede que la realidad de muchos de esos factores se nos escape debido al ritmo de nuestro quehacer diario, y a la impersonal figura del “usuario” y de la “usuaria”. Además, los informes como el que reseña Julián son difíciles de producir, de consumir y de interpretar, por lo que perdemos de vista sus conclusiones en el día a día.

También creo que hay otro factor que potencia que perdamos de vista el impacto real que tienen las bibliotecas: la mayoría de nosotros hemos podido acceder la educación (básica y superior) y a la cultura. Y eso quizá hace que no valoremos en su justa medida este tremendo logro, si tenemos en cuenta que para muchas personas de las generaciones anteriores ese acceso fue imposible.

Pero los ejes de impacto de las bibliotecas públicas siguen estando ahí. Además, por mucho que el conocimiento pueda haber perdido atractivo en la sociedad del espectáculo, sigue siendo cierto que el conocimiento es un factor clave en el éxito de los individuos, en la creación de oportunidades, en la mejora de la vida de la gente.

Con lo dicho, me vais a permitir pues que acabe esta reflexión parafraseando el párrafo de Moliner:

El bibliotecario y la bibliotecaria, para no perder el entusiasmo en su tarea, debe saber (y no olvidar) estas dos cosas: que la cultura nos hace más felices, más inteligentes y crea más oportunidades para que las personas vivan una vida digna; que aunque las bibliotecas ya no sean el único medio de acceso a la cultura, su labor sigue conservando el poder para cambiar la vida de las personas.

 

Imagen via LinkedIn

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