En las redes, el intermediario está bien vivo: el caso de la música

intermediarios

Hace poco, leía una reseña de la obra de Jeremy Rifkin La Sociedad de coste marginal cero. Según Rifkin, hemos entrado en una etapa económica en la que los costes de producir bienes y servicios se están acercando a cero. Y eso en gran parte gracias a la revolución tecnológica. Rifkin deduce que esta dinámica entraña un peligro mortal para el capitalismo, y abre la puerta a que las personas establezcamos mercados de bienes comunes, algo así como un gigantesco procomún al que todos podremos hacer nuestra aportación y del que todos nos beneficiaremos.

La reseña que leí, publicada en Forbes por Tim Worstall, ponía de manifiesto un error garrafal en la argumentación de Rifkin: los mercados son una cosa, el capitalismo otra muy distinta.

Según Worstall, los precios de algunos bienes pueden caer tanto que dejen de ser bienes económicos, pero esa dinámica no tiene nada que ver con quién controla los medios productivos en una sociedad, o sea, con el capitalismo. Worstall pone un ejemplo curioso:

El coste de mantener en funcionamiento una planta nuclear es cercano a nada. Comparado con el valor de la energía que se produce. Casi todo el coste está en la construcción inicial de la planta, siendo los costes de mantenimiento un mero porcentaje del coste del capital original. El coste marginal de producir una unidad extra de energía es tan pequeño que es esencialmente cero. […] éste no es un mundo en el que diríamos que las plantas nucleares representan una dificultad para el capitalismo.

[The cost of running a nuclear power plant is near nothing. Compared to the value of the energy produced at least. Almost all of the cost is in the initial construction of the plant, running costs being mere percentage points of the cost of that original capital. The marginal costs of producing an extra unit of power are so tiny as to be essentially zero. […] this is not a world in which we say that nuclear power plants show a difficulty for capitalism.]

El caso es que he podido encontrar otro ejemplo recinte en el que parece ser que se había dado otro error garrafal al confundir un mercado de bajos costes de producción con un peligro mortal para el capitalismo: la música. Y ha sido gracias a un articulo escrito para la revista Jot Down por Emilio de Gorgot.

El autor muestra cómo Internet ha supuesto un verdadero batacazo para la industria discográfica. Pero la reflexión interesante tiene que ver con cómo Internet ha afectado a la calidad de la música. Dice de Gorgot:

Lo que la era internet ha puesto de manifiesto es que el público es musicalmente perezoso. YouTube lo ilustra mejor que ninguna otra cosa. En YouTube hay vídeos musicales de muchos artistas de todos los géneros imaginables. […] gracias a esa plataforma he podido escuchar cosas a las que nunca antes había tenido acceso. […] Pero[…] El viejo sueño de que los pequeños artistas se harían más fácilmente famosos se ha quedado en agua de borrajas. En general, los números no engañan: en YouTube la gente escucha sobre todo la música que promocionan las grandes compañías. Y estas se han dado cuenta de que resulta mucho más fácil comercializar estrellas prefabricadas para moldear los gustos del público que confiar, como antaño, en encontrar una pepita de oro en el río. Es cierto que siempre hubo artistas prefabricados y con esto no quiero decir que no tengan ningún talento o cualidad, sino que están dirigidos a un estilo decidido no por el artista sino por la discográfica. Pero lo de rebuscar en busca de talentos con capacidad de sacudir los cimientos del mundo cultural es un arte perdido.

Creíamos que el acceso libre a las redes de información iba a aumentar drásticamente las posibilidades de triunfar, de destacar, de alcanzar el éxito en nuestros proyectos, ya se tratara de nuestra pasión por escribir, por fotografiar, por encontrar el trabajo de nuestros sueños o, en este caso, por hacer música. Pero como comenta de Gorgot, esos casos de éxito han sido los menos, comparados con el enorme caudal de talento disponible. Si ese caudal pretendía que nos regodeáramos en la diversidad, parece más bien haber conseguido lo contrario, al menos para la música:

[…] se ha conseguido el efecto paradójico de que a mayor cantidad de música disponible y gratuita, el público parece aferrarse más a cosas mayoritarias. Quizá porque entre tanto estímulo es casi imposible captar la atención con cosas nuevas. Un grupo pequeño ha de competir en el entorno digital con la publicidad de las grandes compañías, los contenidos virales, con los youtubers, con las series de TV, con los juegos, incluso con la pornografía. Todo en un mismo ámbito. Y la atención del público es limitada. No sé cuánto más se puede agudizar el proceso, pero es muy posible que dentro de varias décadas la gente mire hacia atrás y diga que, terminado el siglo XX, empezó a haber cada vez menos artistas interesantes. Y tendrán razón, porque la maquinaria que antaño los descubría y promocionaba se está viniendo abajo. La industria musical tenía que elegir entre supervivencia y calidad, y ha elegido lo primero. Eh, el público manda, y como se suele decir: el cliente siempre tiene la razón.

Como decía en un post anterior, aunque el acceso a las redes sea democrático, la circulación de la información y los beneficios que ésta puede reportar está fuertemente restringida a unos pocos nodos (comparados con el total). La industria musical puede haber visto recortados sus beneficios de manera espectacular, pero ha conseguido convertirse en un nodo, gracias a la concentración de capital y a base de ofrecer lo que el público mayoritario quiere.

Los efectos paradójicos del exceso de información, de visibilidad que provocan las redes, pueden ser de lo más llamativos. Por ejemplo, también hace poco el diario El País publicaba un artículo en el que comentaba que las escuelas de Sillicon Valley más solicitadas son aquellas que carecen de tecnología. Los empresarios más influyentes del mundo de la tecnología envían a sus hijos e hijas a colegios sin un sólo ordenador. ¿Por qué?:

Habilidades como tomar decisiones, la creatividad o la concentración son mucho más importantes que saber manejar un iPad o rellenar una hoja de Excel, sin contar con que la tecnología que utilizamos ahora, resultará primitiva y obsoleta en el mundo del mañana.

En un mundo en el que la mayoría de las personas pueden acceder a cachibaches tecnológicos, o aprender a programar, esas mismas habilidades dejan de ser una ventaja competitiva. El talento se ha desplazado a otro sitio.

El caso de la música, tal y como lo expone de Gorgot, es un ejemplo muy claro de que los intermediarios, pues, no son triviales, ni sustituibles, sino que juegan papeles muy importantes en el manejo de las redes de información. Supervivencia contra calidad. Para desgracia de nuestros oídos.

 

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3 comentarios en “En las redes, el intermediario está bien vivo: el caso de la música”

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