¿Por qué es importante que las bibliotecas divulguen ciencia?

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Gracias a RecBib leo un artículo en Hipertextual titulado ¿Por qué es importante la divulgación científica?

En el artículo se dan cinco razones para responder a la pregunta, que son: ejercita el pensamiento crítico; nos explica cosas asombrosas; nos aleja de la superchería; crea más científicos; conocemos personas “superinteresantes”; la ciencia tiene un compromiso con la sociedad.

A mí la divulgación científica me parece importante y apasionante. Y esas respuestas me parecen adecuadas, pero estoy más de acuerdo con unas que con otras. En concreto, tengo problemas con “ejercita el pensamiento crítico” y “nos aleja de la superchería”. Claro que creo que la divulgación científica tiene ese potencial, pero la cosa es un poco más compleja de lo que parece. Lo resume muy bien el psicólogo Geoffrey Miller, en un ensayo incluído en la obra colectiva The Mind, editada por el prestigioso John Brockman. Dice Miller:

La ciencia es interesante; es potente en lo que hace, pero las personas le asignan un exceso de importancia ideológica. Básicamente, las personas creen lo que quieren creer. Existen incluso pruebas en genética conductista según las cuales, en su mayor parte, las ideologías políticas se heredan genéticamente. Sea cual sea el contexto en que nos criamos, hasta cierto punto el tipo de actitudes y creencias acerca de cuestiones políticas y sociales no parece verse demasiado afectado por el entorno intelectual al que nos vemos expuestos: las personas elegimos las ideas que se ajustan a nuestras ideas preconcebidas y rechazamos las que no lo hacen. Es un gran error otorgar a la ciencia un exceso de importancia en el modelado de actitudes hacia otras personas, hacia las políticas de los gobiernos o hacia las prioridades sociales; una vez sabemos por qué prioridades queremos luchar, la ciencia es muy útil para hallar formas eficaces de hacerlo. Pero es un gran error confundir ciencia con ideología. Los ideólogos siempre seleccionan la ciencia que les parece que mejor se ajusta a su causa, y la distorsionan, la presentan, la apoyan e intentan utilizarla para convencer a otros, pero eso no significa que los científicos deban tratar de autocensurarse por miedo a que sus ideas sean seleccionadas y utilizadas por las personas equivocadas. Estas personas siempre eligen y utilizan las ideas que quieren de forma equivocada. De todos modos, el número de ideas ya es tan grande que la gente buena puede hacer el bien con las ideas de que dispone, y lo mismo para la mala gente.

Por supuesto que divulgar la ciencia es importante. Pero como dice Miller, la divulgación de la ciencia no nos enseña de por sí ni a pensar críticamente ni nos aleja de las supercherías. Si bien la ciencia ha iluminado en los últimos siglos grandes áreas de ignorancia humana, las supercherías siguen campando a sus anchas y el pensamiento crítico brilla por su ausencia en demasiadas cuestiones. Y es que nuestra mente y nuestros genes nos predisponen a creer y a pensar de maneras muy particulares. El artículo de Hipertextual nos dice:

La divulgación científica nos muestra que se debe ser crítico y muy escéptico con lo que se asegura como cierto y lo que se anuncia con bombo y platillo como el fin de nuestros males.

En este sentido, el ejemplo de Miller de la política es muy revelador: las orientaciones políticas suelen estar muy polarizadas, a pesar de que la divulgación científica muestre la influencia de la genética sobre nuestras opiniones políticas, o que la votación es un asunto menos racional de lo que parece.

Nada de esto niega el valor de la comunicación científica. Aunque desafortunadamente muchos ámbitos parecen resistentes a la evidencia, en muchos aspectos vivimos francamente mejor que hace siglos, o incluso décadas, gracias en gran parte al cambio de mentalidad que la ciencia ha fomentado. El motivo lo captó a la perfección otro psicólogo, Steven Pinker, en su obra Los ángeles que llevamos dentro:

La escalera mecánica de la razón tiene una fuente exógena adicional: la naturaleza de la realidad, con sus relaciones lógicas y sus hechos empíricos, que son independientes de la estructura psicológica de los pensadores que intentan captarlos. Como los seres humanos han perfeccionado las intuiciones del conocimiento y la razón y eliminado supersticiones e incoherencias de sus sistemas de creencias, tarde o temprano se sacan algunas conclusiones, igual que, cuando uno domina las leyes de la aritmética, al final seguro que salen sumas y productos. (…) Informes cuidadosamente razonados contra la esclavitud, el despotismo, la totura, la persecución religiosa, la crueldad con los animales, la severidad con los niños, la violencia contra las mujeres, las guerras frívolas o la persecución de los homosexuales no eran sólo palabras vanas, sino mensajes que influyeron en las decisiones de las personas e instituciones que prestaron atención a las polémicas y pusieron en práctica las reformas.

“Informes cuidadosamente razonados” dice Pinker, sobre una realidad que es independiente de nuestra psicología. Esos informes razonados se han ido acumulando gracias al trabajo de mentes dotadas, de gente comprometida, de personas dispuestas a pensar. Por eso es tan importante que las bibliotecas públicas apuesten por divulgar la ciencia, por hacer visibles sus fondos de conocimientos (los grandes perjudicados de las colecciones, junto con la música). Poner ese material a disposición de la gente, mostrarles por qué son documentos valiosos, y qué tienen que ver con nuestras vidas y nuestro mundo.

Puede que en un buen número de personas no se fomente el pensamiento crítico, ni las aleje de las supercherías, por genética, por cultura, o por falta de interés. Y seguramente haya un gran número de personas que accedan a la divulgación científica gracias a Internet, en lugar de a través de la biblioteca. Pero si esos informes de los que habla Pinker no están visibles, las bibliotecas pierden una oportunidad para llevar a cabo una de sus misiones básicas: fomentar la generación de conocimiento en sus comunidades.

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