Sí, los bibliotecarios pueden ser “hipster”

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Ah, los hipsters. Parece que es inevitable: pronunicar la palabra “hipster”, y ver cómo tu interloculor hace una mueca, entre el disgusto, la sorna y la burla. Y es que, ¿a quién le gustan los hipsters, hombres y mujeres que van de elitistas, que parecen querer demostrar a toda costa que ellos y ellas saben lo que es cool, y tú no? Es como si su sóla estética ya te enviara un mensaje: yo molo, tú no. A mí no me gustan los hipsters, todo hay que decirlo.

Gracias a la página de Facebook del Servei de Documentació de Literatura Infantil i Juvenil (SDLIJ), de la biblioteca Xavier Benguerel (Barcelona), he dado con un artículo del blog de Infobibliotecas, escrito por Vicente Funes , que se hacía eco de una controversia (otra más) que circula por el ámbito de las bibliotecas: ¿deberían los bibliotecarios ser hipsters? Confieso que nunca me lo había planteado: ¿por qué demonios ningún bibliotecario debería dejarse la barba y vestir con camisas de leñador? Pero no, no va de eso la cosa…

El tema se puede reducir a esto: ¿deberían ser más elitistas los bibliotecarios a la hora de escoger los materiales que ofrecen al público?; ¿deberían privilegiar unos materiales sobre otros?; ¿deberían diferenciarse? Funes no parece estar de acuerdo (o al menos eso es lo que he creído entender):

Según aseguraba un tweet de la empresa líder en analítica web y marketing online Hubspot a finales del 2015: la personalización será una de las claves para diferenciarse de la competencia en el 2016. Y las bibliotecas como instituciones volcadas en lo digital, no quedan ajenas a esta predicción. Es positivo personalizarse, alejarse de lo estándar, pero por encima de todo hay que seguir siendo populares […]

Un fragmento que refleja la polémica:

Por seguir con los clichés habituales en las industrias culturales: ¿se  potencia lo indie (entendido como lo minoritario con más calidad, lo cual no quiere decir ni mucho menos que todo lo que se etiqueta como indie tenga calidad) o se someten a las leyes del mercado mainstream (que tan lustrosas estadísticas de préstamos dan, y tantos argumentos de cara a los políticos?) ¿a qué público deben mimar para asegurarse su fidelidad: al que muestra inquietudes por una cultura de resistencia al pensamiento único, o al que se deja llevar por las corrientes?

Dice Funes que la tendencia entre los bibliotecarios es buscar una solución de compromiso: buscar un término medio. Pero con los recortes presupuestarios para la adquisición de materiales, eso parece que deja de ser una opción viable.

Así pues, dice Funes:

Está claro que la biblioteca del siglo XXI debe luchar contra la estandarización de los gustos, fomentar alternativas al pensamiento único, ser reducto de disidencia intelectual que enriquezca el páramo cultural al que empujan las multinacionales del entretenimiento. Sin demonizar lo que de bueno hay también en el top de las listas de éxitos, por otra parte. Pero, ¿dónde se pone la linde?

A mí siempre me ha parecido que estas cuestiones reflejan otro problema más profundo: la incomodidad de los bibliotecarios con la idea de dejar de ser neutrales. Y es que, ¿quiénes somos nosotros para decidir qué es en lo que el público debería interesarse? ¿No somos un servicio que ha de estar (valga la redundacia) al servicio de los intereses y necesidades de sus comunidades? ¿Qué problema hay, entonces, si el público pide consumir productos mainstream ? ¿Con qué derecho podemos negarle éso?

Pero enmarcar así la cuestión hace que sea insoluble, porque en realidad es un falso problema. Si nos preguntamos si Harry Potter es mejor obra que el Ulises de Joyce, o si Beethoven es mejor que los Sex Pistols, nos hallaremos en un callejón sin salida, porque no hay manera de contestar a esa pregunta. Y es que, ¿qué quiere decir “mejor”? ¿Quiere decir que entretiene más, que tiene más préstamos, que su estructura compositiva es más compleja, o…?

Todo sería mucho más fácil si pudiéramos definir de una única manera donde acaba la calidad y donde empieza lo chabacano, como Funes parece preguntarse (¿dónde se pone la linde?). Pero puede que no haya una linde única y clara, lo que implica que tampoco hay una respuesta única y clara. Y eso, a la vez, quiere decir que no tenemos por qué elegir entre ser más hipsters o más mainstream. Y eso por dos motivos:

En primer lugar, es cierto que los recortes presupuestarios son una realidad. Pero las bibliotecas de cierto tamaño, o las que trabajen en red, cuentan con un catálogo potencial de miles de documentos. De sobra para encontrar materiales más hipster si eso es lo que queremos. Hay que saber encontrarlos y difundirlos adecuadamente, eso sí. Pero no hay más que pensar en las plataformas digitales que juegan con la idea de exclusividad para darse cuenta de que es una estrategia que rinde, y mucho. Al fin y al cabo, hipster no es sinónimo de minoritario.

En segundo lugar, que creamos que nuestra labor es proporcionar información para el público general (por llamarlo así), no implica que el bibliotecario hipster sea un imposible (como afirma el post de The Annoyed Librarian que menciona Funes). Los gustos de las personas cambian, y la curiosidad es otro de los universales humanos. Nada impide que podamos ser un poco más exigentes y ofrecer materiales un poco más especiales, siempre que sepamos justificar qué tienen de especiales, y no basar nuestras elecciones en un simple argumento de autoridad (“es especial porque lo digo yo, el bibliotecario, que de estas cosas sé mucho”).

Hay otro motivo de peso para ser un poco más exigente con los materiales que ofrecemos. En la clausura de las 14as Jornadas Catalanas de Información y Documentación, Vicent Partal, director de VilaWeb, reclamaba que las bibliotecas fueran más agresivas a la hora de “sacudir” a la sociedad para despertar su conciencia crítica.

Generar conocimiento y conciencia crítica también es una misión de las bibliotecas públicas. Y, francamente, no veo cómo puede llevarse a cabo si nos limitamos a ofrecer siempre lo que la gente pide.

Así que, por qué no, he aquí la paradoja: los bibliotecarios pueden ser un poco más hipsters al fin y al cabo… sin que eso implique dejarse la barba o escuchar a Russian Red.

Imagen via BookRiot

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