Las bibliotecas públicas como nodo de difusión de ideas

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Esta semana se llevan a cabo las 14as Jornadas Catalanas de Información y Documentación , promovidas por el COBDC (Col-legi Oficial de Bibliotecaris-Documentalistes de Catalunya). Coincidiendo con el evento, he repescado la conferencia inaugural de la 13a edición, la que pronunció Steve Coffman…. Sí, ése Steve Coffman, el de la decadencia y muerte del imperio bibliotecario , el mismo que enervó a un buen número de bibliotecarios al sugerir que deberíamos volver a dedicarnos al libro (no sólo enervó, sino que además fue activamente criticado: mis críticas favoritas fueron aquellas provenientes de gurús de la biblioteconomía que tacharon a Coffman de no ser más que un gurú).

No sé si Coffman tiene razón, aunque sus argumentos me parecen sólidos, así que dejaré las cuestiones de futurología para gente más capacitada que yo. Lo que sí creo que podemos concederle a Coffman es que las bibliotecas públicas, a día de hoy, poseen algo que todavía debemos utilizar: colecciones de documentos. Quizá en el futuro eso cambie, pero de momento es lo que hay. Así que no estaría mal centrarnos en darle un uso productivo, más allá de enviarlos a un sótano (o similar).

A mí me gustaría hacer una reflexión relacionada con este punto (con la modestia necesaria que hay que tomar en estos casos). De hecho mi reflexión será doble, puesto que tiene que ver con los dos entornos en los que se desarrollan nuestras vidas actualmente: el entorno digital y el físico. Hoy me gustaría centrarme en el digital, y dejaré mi reflexión sobre el entorno físico para otro post.

Se suele decir que gran parte de la pérdida de legitimidad que han sufrido las bibliotecas públicas ha venido mediada por la explosión de información en Internet. Eso ha desdibujado la misión tradicional de las bibliotecas, y le ha restado relevancia. Más vale apostar por otros servicios, pues. Creo que en cierta manera (y sólo en cierta) esa postura es matizable: las bibliotecas públicas podrían apostar por continuar su labor tradicional en el mundo digital, esto es, la difusión de ideas.

Podemos llarmarlas “ideas”, o “productos culturales”, o “creaciones humanas”, o “conocimiento empaquetado”, pero creo que el término “ideas”, aunque vago, es bastante representativo. Las bibliotecas públicas han sido guardianas del libro como tecnología apta para preservar lo que contienen: ideas. Pero, ¿por qué deberían las bibliotecas seguir preocupándose por difundir ideas de otros, y más en el mundo digital? ¿No sería mejor apostar por servicios innovadores?

Si hay algo que nos enseñan las plataformas que han triunfado llevando a cabo curación de contenidos (o content curation, o como prefieras llamarlo), es que el público que consume cultura es muy, pero que muy amplio, y está más que dispuesto a apropiarse, comentar y difundir ese tipo de información.

No puede ser de otra manera: somos informívoros. No podemos no consumir información, puesto que es la gasolina de nuestro cerebro (para ser más exactos, sería la representación de esa información, pero podemos dejarlo así). La información que consumimos no sólo sirve para nuestra supervivencia: su consumo es en sí mismo un gozo intelectual. Pero es que, además, la información que consumimos también sirve como vínculo que potencia la sociabilidad: su consumo puede ser una marca de estatus y la base de interacciones sociales, puesto que comentamos los contenidos que consumimos, los compartimos, y de nuevo no podemos evitar hacerlo, siendo los animales sociales que somos.

Sin duda, ése era el espíritu sobre el que se apoyaba la idea de la web 2.0. Y sólo teniendo en cuenta ése espíritu se puede explicar el éxito de contenidos tan bizarros como el análisis de la partitura que aparece en el culo de un personaje de un cuadro de El Bosco, por poner sólo un ejemplo. Podemos elaborar un plan de marketing para redes sociales, pero lo cierto es que ningún estudio podría desvelar aparentes necesidades de información como ésa. Lo cierto es que a veces, la realidad puede ser más complicada y a la vez más sencilla: y ello porque, como diría cualquier buen marketer, el contenido en cuestión funciona porque cubre necesidades y tendencias de nuestra naturaleza, social e informívora.

La apuesta por la difusión digital de ideas por parte de las bibliotecas, y no sólo de información administrativa (horarios, actividades,…) tiene, como digo, una buena justificación en el éxito de plataformas que hacen exactamente eso. Esa información, esas ideas, son un vínculo perfecto para publicitar nuestras colecciones, para hacerlas atractivas y visibles a través del mundo digital. A condición, claro, de que sepamos explotarlas y extraer ideas lo suficientemente atractivas como para que el público sienta cierto interés. Además, podemos extraer otra lección relacionada con el éxito de algunos y algunas content curators: en un mundo de sobreabundancia informativa, apostar por la estrategia de la escasez , en lugar de centrarse en combatir la infoxicación, es una iniciativa que rinde. Y, como dice Coffman, nuestras colecciones contienen un buen número de perlas que hasta el momento no están disponibles en Internet, y eso nos deja un amplio margen de actuación en el momento presente (ya veremos en el futuro).

Hay otro aspecto ligeramente desencaminado del argumento de que la compentencia informativa debería hacer que las bibliotecas públicas apuesten por otros servicios y maneras de hacer. Y es que eso implica suponer que el mundo digital está saturado de personas o instituciones que difunden información, y que las bibliotecas públicas, por dejadez, por falta de visión, o por lo que sea, ya han perdido las oportunidades que esa opción suponía. Pero de hecho, puede que ese tren no se haya escapado del todo. Y la razón es que las bibliotecas públicas todavía siguen conservando un activo que en el mundo de las redes es muy preciado: el capital simbólico.

A pesar de que podamos pensar que las redes son instrumentos de democratización de los flujos de información, lo cierto es que en realidad las redes son ámbitos altamente jerárquicos y excluyentes. Puede que el acceso y la difusión de información se puedan llevar a cabo libremente, pero sólo unos pocos nodos de la red (pocos comparados con el total) acaban siendo significativos: son los nodos por los que acaban fluyendo la información que la mayoría consume, y las oportunidades que la mayoría desea. Son auténticos embudos y filtros. Entender esa paradoja me parece muy importante. Aunque no cualquiera puede convertirse en nodo de referencia, las bibliotecas públicas suelen estar muy bien consideradas por la población (siempre habrá excepciones, claro). Y la buena reputación es una baza a jugar para posicionarse en una red como nodo de referencia. Las bibliotecas, así, cuentan con un buen atajo para entrar a jugar en las redes desde una posición de influencia y de poder. Tenemos la mitad del trabajo hecho.

Por supuesto que una estrategia de curación de contenidos digital, de difusión de ideas que puedan relacionarse con nuestras colecciones no va a solucionar los problemas de la biblioteca pública. Pero, en fin, quien tenga la solución milagrosa, que levante la mano.

En un próximo post, mi reflexión sobre la difusión de ideas en el entorno físico. Continuará…

Imagen via Culture2inc

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10 comentarios en “Las bibliotecas públicas como nodo de difusión de ideas”

    1. Muchas gracias P. Me gusta mucho las Idea Store, así que la cosa va por ahí en su vertiente física, aunque más enfocado a difundir la colección. A ver si me puedo poner en breve. Gracias de nuevo por tu visita y por tu comentario 🙂

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